La desaparición de Helena Sharp.

Último día (mañana)

Así que… aquí estamos. En el que nunca pensé que sería el último día del caso. Todo comenzó como una desaparición. Y ahora todo parecía una especie de película macabra donde yo era uno de los personajes principales.

Una sacudida me sacó de mis pensamientos. Catalina manejaba como una psicópata. Una de las malas.

Me moví dentro del maletero. He visto mejores espacios en féretros. Los muertos se van al más allá acolchados y con una buena almohada; yo iba camino al más allá junto a un extintor que me golpeaba en mis costillas y herramientas en un horrible estado. También había un olor, pero sabrá quién a qué se asemejaba.

Una radio resonó en mi oído. El diminuto transmisor que O’Brien me facilitó era increíble. El sonido era nítido, excelente alcance y, lo mejor de todo, indetectable.

—¿Cómo va todo allá atrás? ¿Listo para combatir?

El plan era sencillo: ingresar a la casa de Beltcroft, sin importar los métodos. No teníamos orden, no teníamos refuerzos más allá de O’Brien y otros dos oficiales no influenciados y algunas armas de fuego. Necesitábamos ser inteligentes, precavidos y, más importante, impredecibles.

—Listo. ¿Qué tal tú?

—Nervioso. Mala espina —dijo, siendo escueto—. Estoy comprometido con todo esto.

—¿Y eso a qué viene?

—Cuando estudiaba fuera de la ciudad andaba con esta chica. Ella me sobreprotegía, pero en el buen sentido; me ayudaba cuando lo necesitaba. No la volví a ver hasta que su cara apareció en los carteles de búsqueda…

—No lo sabía.

—Ni yo —se unió Catalina—. Lo siento.

—No hablo de mi vida muy seguido —dijo de mejor ánimo—. Así que, sí, estoy comprometido a no dejar que una vida se pierda.

—Supongo que vale la pena perder el trabajo por una vida inocente —dijo uno de los oficiales conectados.

—Ya preparé mi currículo el día de ayer —dijo el otro.

No sonreí ante ninguna de las bromas. Acaricié el revólver en mis manos como si fuese un perro. Nunca usé una, y no se me ocurrió pensar que ese día sería el primero. Pero me hacía sentir algo más tranquilo. Puedes ser parte de una secta, pero una bala te frena como a cualquier ser vivo. Solo necesitaba ser listo y saber cuándo usarla.

—Muy bien, equipo uno acaba de adentrarse en el barrio alto —dijo Catalina.

—Equipo dos está en posición.

—Perfecto —finalizó ella misma.

El automóvil volvió a sacudirse en un giro. Di de lleno contra una de las paredes metálicas. Se detuvo.

—Henry, debes estar atento.

—No te preocupes. Ve.

—Equipo dos…

—Listos, jefa.

La puerta del lado del conductor se abrió y se cerró con un golpe seco. Catalina mantenía el micrófono abierto, por lo que cada paso que daba sobre la nieve era audible como si yo mismo los estuviese dando. Abrí un poco la cajuela con el método que se nos ocurrió a mí y a mi amiga. La vi, avanzando hasta esa lujosa puerta. Volví a cerrar. Solo me quedaba esperar mi parte.

La puerta resonó en mi oído. Todos esperamos atentos. Un segundo golpe, esta vez con insistencia. Reconocí la voz de la mujer. No parecía haber mejorado de su estado de ánimo, y mucho menos de su aversión por nosotros.

—¿Está su esposo? —preguntó Catalina.

—Sí, pero no tiene tiempo para una estúpida. ¿Por qué no deja de molestar a mi familia y se mete en algo importante? Tienen niños perdidos allí en la nieve, ¿y quiere molestar a mi marido con sus charlas banales? Váyase de aquí.

Escuché cómo Catalina le daba un golpe con su palma a la madera. Incluso escuché el susto de la mujer cuando dejó salir el aire ante una mujer que sí podía mostrarse intimidante.

—¿Por qué no le va a preguntar? —preguntó, aunque era más una amenaza disfrazada—. Si su esposo decide no tener tiempo para mí, la dejaré en paz. ¿Trato?

La mujer soltó una risita burlona. Estaba segura de ganar.

—Espere aquí.

La puerta se cerró. Era mi momento.

Abrí la cajuela y volteé hacia todos lados. Ese día una tormenta llegó durante la madrugada. El viento levantaba la nieve en una especie de cortin. Si antes era horrible, ahora todo era un cataclismo. Y aquello era perfecto.

Me moví hasta unos arbustos cubiertos de nieve. La figura de cada animal se podía distinguir incluso con ese ropaje blanco. Veía las luces de la casa a lo lejos. La silueta de Catalina seguía esperando mientras se frotaba las manos.

Luego, ya habiendo refugiado parte de mi cuerpo, me adentré en dirección a unos árboles. Todos sin hojas y de un color gris, junto a una pequeña barda que delimitaba el perímetro de la mansión. Desde mi posición tenía una vista privilegiada del costado del hogar. Veía sombras que se movían de un lado para el otro, asustadas; o quizás contra el tiempo. ¿Por qué? En cualquier caso, los sirvientes estaban alterados.

Llegué hasta la barda con algo de esfuerzo. La nieve actuaba como una especie de arena movediza, pues cada paso hundía mis botas hasta mis rodillas. Pero no iba a rendirme, no tan cerca de mi objetivo. El trabajo debe hacerse bien, y debe hacerse hasta el final.

Con todo mi cuerpo me impulsé hacia arriba, saltando sobre la protección y cayendo de espaldas por el otro lado. La nieve amortiguó todo mi peso.

Me encontré con un patio enorme. A lo lejos vi un jardín junto a un invernadero enorme. No podía ver lo que se encontraba dentro por mi visión limitada. Había muchas sillas plegables de un color azulado en un patrón de líneas; todas juntas a una piscina sin agua. A lo lejos también había una pérgola, una similar a la de la mansión de Blacksmith. Me hubiese gustado seguir admirando ese espacio, pero no había tiempo.

Avancé hasta unas escaleras de mármol. Estas se hacían más pequeñas a medida que se acercaban a unas puertas dobles. Subí cada escalón en silencio, aun a pesar del viento que rugía contra todo y todos. Mi mirada se dirigió contra el cristal. Nada del otro lado. Mi mano fue a dar al picaporte. El giro fue lento, temeroso.



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En el texto hay: misterio, horror, terror

Editado: 31.12.2025

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