Nos adentramos en un estacionamiento rústico en medio del bosque. Al parecer, en instancias normales, era una zona de descanso apartada de la ciudad. No voy a decir que era horrendo, un poco desgastado, pero lindo. De no ser por mi trabajo, hubiese disfrutado de un buen paseo por esos lares. Qué va, incluso me hubiese quedado a acampar y ver las estrellas durante toda la noche.
El equipo dos esperaba dentro de su propio vehículo. Cuando nos vieron llegar, salieron a recibirnos.
—¿Qué hace ella aquí? —preguntó un oficial.
Y sí…, pasamos a recoger a Jennifer. ¿Por qué? Lo pensé mucho, pero dejarla con su esposo era un error. Y me fue difícil convencerla de que Hernando Castillo, su adorable y querido compañero, era alguien en quien no debía confiar. Por suerte, Catalina le hizo entrar en razón. Supongo que ella fue más eficaz que yo a la hora de apelar a los sentimientos de alguien.
Jennifer esperaba en el asiento trasero del automóvil de Catalina, aunque estaba atenta a lo que se desarrollaba.
—Ya les explicaré —dijo Catalina—. ¿Cuál es la situación?
O’Brien dudó. Les echó una mirada de desconfianza a ambos de sus compañeros.
—Creo que más de la mitad de la ciudad está en el bosque.
—Desde la llegada de Beltcroft, miles se han adentrado —dijo uno de los oficiales.
Guardamos silencio.
—¿Qué haremos? —pregunté.
Volvimos a guardar silencio.
—No podemos quedarnos aquí —dije una vez más. Opciones existían pocas. Una ciudad contra cinco rebeldes. Entendía la incomodidad que invadía el corazón de todos.
Pensé unos segundos mientras veía los árboles que eran empujados por el viento. Lo recordé.
—Tengo un plan, un poco caricaturesco, pero un plan.
—¿Qué tienes en mente? —preguntó Catalina.
—Cuando estuve en la mansión de Beltcroft, unos imbéciles con disfraz aparecieron —les comenté a O’Brien y a sus compañeros.
—Dada la magnitud de todo, debe haber gente patrullando la zona —contempló Catalina.
—Podemos abatir a uno —se sumó O’Brien—. Digo, podemos abatir a uno, jefa.
—Deja los formalismos para después… Tenemos algo grande entre manos.
O’Brien asintió, preocupado, pero aceptando la orden.
—En marcha.
Cuando dije aquello, la puerta que resguardaba a Jennifer se abrió. Ella descendió sin ocultar su espanto y sus miedos.
—Yo también voy…
—Ni loca —dijo Catalina. Yo me adherí a su opinión.
—Estarás a salvo aquí. Tienes calefacción para varias horas —argumenté.
—Pero… ¿y si la encuentran? —se quejó O’Brien.
—Mi hija está ahí, donde sea que sea. Además… —dijo, sacando algo de un pequeño bolso de mano que llevaba—. Tengo esto. —La pistola era pequeña, una de esas de defensa personal de poca fuerza. En su mano parecía un juguete, como en las de cualquiera—. Mi primer esposo me la dio. Fue unos días después de que entraron a robar durante la noche.
—En cualquier caso, sigue siendo peligroso.
—¡No me importa, mi hija está ahí! —protestó, dejando salir su tristeza.
Catalina y yo meditamos la situación. Nuestro problema era uno: el tiempo.
—Muy bien —aceptó Catalina, leyéndome la mente.
—No se despegue en ningún momento de nosotros.
—Haré lo que me pidan. No se preocupen —dijo Jennifer, preparándose para partir.
Dejamos todo detrás. Los autos encendidos, aunque no sabíamos si era necesario.
Los bosques aledaños se componían de árboles de troncos gruesos, en su mayoría rectos y con ramas sin hojas, letreros que explicaban la fauna y flora de la zona y senderos de tierra cubiertos por nieve. Como dije, en un buen día hubiese sido un lugar agradable para pasar el rato.
Eso sí, todos nos sentíamos como intrusos. En el aire rondaba una especie de aura densa. Me hizo recordar a la cueva. En ese momento inferí que ambos lugares debían estar conectados de alguna forma. No sabía cómo lo intuí, pero me aferraba a creer que era cierto. Cuando llegué a la ciudad, todo era un solo caso más; todo se deformó demasiado rápido.
Mientras pensaba en todos los sucesos que me llevaron hasta ese punto del tiempo, no podía evitar creer que todo era cosa del destino. Mi talento, mi inteligencia sensorial y mi astucia, todo me llevaba a este maltrecho momento. Sentía que cada paso que di durante mi vida no fue cosa mía, sino de cuerdas invisibles que guiaron cada decisión tomada. Esta intriga mía por saber la verdad, por investigar y por ser quien soy me llevaba a un final fatal, y no solo a mí, también al resto de los que me rodeaban en esos fríos árboles. Y aun con todo, sabiendo lo que sé en ese momento, no me detendría. Tuve la oportunidad de marcharme; ellos me la dieron después de todo, y seguía aquí, rodeado de un misterio que pensaba poder manejar. Sí, si alguien me hubiese contado, de cualquier forma, todos los acontecimientos hasta este punto, mis decisiones hubiesen sido las mismas.
Alguna vez, mientras estaba en la escuela, cerca de mi último año, alguien robó algo. Era una mochila, una sosa y olvidable mochila de una compañera de aula. Recuerdo que los insultos y amenazas comenzaron de inmediato. El profesor, del cual ya ni siquiera recuerdo su nombre, llamó a la dirección. La directora llegó enfurecida, empujando la puerta de la sala de clases con pocos modales, indigna de su puesto. Poco después, las amenazas iban dirigidas a llamar a nuestros padres, suspensión e incluso expulsión. ¿Nosotros? Todos nos mirábamos confundidos. Creo que fue en este entonces donde me di cuenta de mis talentos. Me puse de pie. Sin casi esfuerzo, armé una lista de sospechosos. La víctima de antaño era odiada por solo dos personas: su exnovio y su nueva novia. Mi línea de tiempo concordaba, pues ambos fueron los únicos en quedarse cerca del aula mientras el resto vagaba por la escuela. Resultado: ellos eran los culpables. Lo negaron, varias veces y casi llorando, pero encontraron la mochila escondida poco tiempo después de su confesión. La historia es un tanto complicada, pero en resumen fue así. Recuerdo con algo de risa el motivo del crimen: dinero para un regalo. Si alguna vez piensan que hacer cualquier cosa por su persona amada es un gesto de cariño, déjenme decirles que no es así, es solo una muestra de estupidez. Ninguno de los dos culpables entendía la gravedad, y no podíamos culparlos. Eran jóvenes, estaban enamorados y eran imbéciles (lo normal con aquella edad).
Editado: 31.12.2025