La desaparición de Helena Sharp.

Último día (noche)

Todos estábamos reunidos dentro del automóvil de Catalina. El motor rugía. Y el indicador de gasolina iba en descenso. Quizás… nos quedaban unas pocas horas, porque en cuanto la oscuridad venciera la débil barrera de luz que nos protegía…

Ya no sabía qué pensar. Ya no sabía en qué creer. ¿Alguna vez pensaron en la vida después de la muerte? Yo sí, cuando era un crío. En ese tiempo, mi miedo a la muerte era enorme. Muchas veces incluso tenía miedo de salir al parque o a algún sitio abierto. Un automóvil podía atropellarme, podía caerme del columpio y romperme el cuello, podían dispararme y cientos de otros pensamientos oscuros. Sí, no era el niño más feliz; mientras todos pensaban en divertirse, en jugar, en vivir aventuras imaginarias, yo tenía miedo. A medida que fui creciendo, ese miedo fue enterrado; dejé de creer en Dios, dejé de creer en las religiones y dejé de creer en todo lo que no fuese visto por mis ojos. Y ahora, una vez más, tenía miedo. ¿Alguna vez lo han pensado? Digo, ¿y si Dios existe? Porque, de ser así, me aterraba morir y saber que iba a ir a parar a un sitio horrible, donde cada pecado que cometí me perseguiría. ¿Lo han pensado? ¿Han pensado en que quizás todo lo que creímos era en verdad falso, y que nos equivocamos al escoger un camino? Y no solo eso, en que no hay forma de remediar nuestras decisiones. Tal vez no sea muy difícil de responder; para muchos es un simple «no». Para muchos será un simple: «La ciencia dice que no». ¿Y si se equivoca? Porque delante de mí, de lo que presencie, sabía que la vida no es tan sencilla como decir que no. Y eso me aterraba.

Me acomodé en mi asiento. Nadie se movió. Fuimos derrotados. Y íbamos a morir.

Miré a Jennifer. Sus ojos no podían ser más rojos en esos momentos. O bueno, quizás sí, si aún le quedaran lágrimas para llorar. Perder a un hijo debe ser devastador; y hablo de esos casos donde sí lo quieren. Jennifer arriesgó su vida por salvar a ese algo querido. No solo eso. Ella también fue una de las que disparó. Fue una sola bala. A lo menos eso fue lo que susurró cuando estuvimos a salvo.

El resto… Solo éramos almas apretadas en un automóvil desfasado.

Observé la oscuridad. Era… brutal. No había otra forma de describirla. Cuando apagas las luces y te vas a dormir, no se compara. La oscuridad fuera de las ventanas estaba viva. Sí, como pueden leer, viva. No necesitaba una prueba o algo, lo intuía, sabía que era cierto. Y si estaba equivocado y no estaba viva, pues, algo había dentro, y aquello sí lo estaba.

—Oye… Henry —dijo Catalina, sacando a todos de su trance.

—¿Sí? —pregunté en voz baja.

—Nada… Solo quería hablar.

La observé. Arriesgo mucho por una niña. Así era ella.

—¿Recuerdas la vez que ese gato cayó en las obras cerca del centro?

—Sí… —dijo ella con una leve sonrisa llena de esperanza.

—Fuiste la primera en saltar debajo de la excavadora.

—El profesor encargado de la visita me regañó todo el viaje de vuelta.

—A mí también. Por defenderte.

—Lo recuerdo. Fuiste el único en ver la vida del gato como algo importante.

—Suena a que tienen muchas historias juntos —se unió O’Brien.

—No tantas, en verdad —dije yo—. La mayoría son historias comunes por ser parte del mismo colegio. Nada más.

—Siendo sincera, me hubiese gustado pasar más tiempo contigo…

—A mí también me gustaría pasar más tiempo con ustedes —dijo O’Brien, matando todo el ánimo.

Nos callamos, conscientes de la situación.

Me volteé para ver hacia un lado. ¿Hasta dónde llegaría la oscuridad? A lo lejos creí divisar una luz. Pero no…

—¿No deberíamos poder ver las luces de la ciudad? —pregunté.

—No… Hoy había un mantenimiento programado por parte de la alcaldía y la empresa encargada —respondió Catalina.

Ellos habían pensado en todo. Beltcroft…

Y la recordé.

—¿Y la mujer de Beltcroft? ¿Creen que haya dejado morir a su esposa?

—Es probable que ella esté viva, o al menos a salvo —infirió Catalina—. De alguna forma…

Lo que no entendió Catalina era un elemento que estaba olvidado en mi memoria.

Saqué el libro. Catalina se giró en su asiento para ver las páginas. Su mueca fue evidente.

—Ella me dio este libro. Dijo que lo iba a necesitar.

—¿Crees que haya una solución a lo que está ocurriendo?

—Solo hay una forma de averiguarlo.

El libro era desproporcionado. El cuero era de un café oscurecido con imperfecciones que se unían entre sí en pliegues, como si la portada y su parte posterior hubiesen sido reconstruidas varias veces a lo largo de la historia. Siguiendo con lo anterior, entre cada pliegue había una especie de óxido similar a la sangre, aunque ni siquiera cercana a esta en cuanto a sus propiedades. En sus esquinas mostraba pequeños detalles en un color plateado, el cual se debía a su avanzado estado. Más allá de eso, no poseía un nombre en algún lugar o alguna marca que permitiera atribuir una autoría. Las páginas, el elemento central, se mostraban similares a la ceniza en cuanto al tacto; incluso se mostraban de un color similar al que deja algo chamuscado por las brasas. En definitiva, era un milagro que el libro resistiera.

Giré la primera página tomando el libro por una de sus solapas. Mis dedos sintieron algo invasivo al hacerlo. Algo se adentró en mí, sin saber con toda exactitud de lo que se trataba. Dudé en seguir avanzando. Pero no me quedaba de otra. Las primeras páginas estaban en blanco. Solo vi páginas manchadas de una forma desagradable. A medida que iba avanzando, letras fueron apareciendo. Eran caracteres, similares a letras, pero que no guardaban relación con los idiomas que manejaba o que conocía. Vaya, si tengo que describirla de mejor manera, eran como dibujos rupestres que se asemejaban a una letra antigua y sin mucho sentido. Avancé un poco más, y distintos lenguajes aparecían, todos sin una clase de relación entre sí; hasta que llegué a uno que sí podía entender: el latín. Ahora, cuando digo que podía comprender, me refiero a un modo meramente cognitivo. Conozco cómo es el latín, mas no puedo leerlo, salvo por las palabras sencillas. Continúe leyendo, y de repente, idiomas comunes comenzaron a aparecer. Notaciones en francés, inglés, español, portugués e incluso japonés aparecieron ante mis ojos. Al parecer, el libro pasó de mano en mano entre varios individuos, los cuales fueron asimilando conocimiento y plasmándolo en estas páginas.



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En el texto hay: misterio, horror, terror

Editado: 31.12.2025

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