El timbre sonó con insistencia. Olivia Carusso, el ama de llaves, se dirigió a la puerta y su sorpresa fue mayúscula: en ese preciso instante llegaban, al mismo tiempo, el detective Christopher Gull y el jefe de seguridad Jorge Fleury, escoltados por una decena de hombres fuertemente armados, como si se prepararan para una guerra. Casi al mismo tiempo, el señor Smith estacionaba su vehículo y, por otro lado, varias camionetas de los medios de comunicación comenzaban a detenerse frente a la propiedad.
—¿Qué pasa? ¿Por qué todas estas personas? —se preguntó Olivia, alarmada.
Fleury y el detective Gull ingresaron rápidamente a la residencia. Zafiro Smith, que los aguardaba en el vestíbulo, se acercó a ellos con el rostro desencajado.
—¿Qué está pasando? —preguntó ella—. Díganme, por favor, ¿ya encontraron a mi pequeña Perla?
—Sí, señora Smith —respondió Gull con firmeza—. Ya la encontramos. La secuestró la señorita Luisa; la tiene en su casa bajo el cuidado de una enfermera mientras ella trabaja.
—¡Quiero ver a mi hija! ¡Lléveme de inmediato! —exclamó Zafiro entre sollozos—. ¿Y si llegamos y ya se ha ido con mi pequeña?
—No se preocupe —la tranquilizó el detective—. Eso no sucederá. Tengo a dos personas de mi equipo vigilando la casa desde ángulos diferentes para no levantar sospechas; la zona está totalmente controlada.
—Mis hombres ya saben cómo proceder —dijo el jefe de seguridad, Jorge Fleury—. No sabemos si ella cuenta con cómplices, así que iremos preparados. Analicemos el plano de la casa para ingresar justo en el momento en que llegue Luisa Jeins; de lo contrario, se nos escapará.
—Ella llega a su casa a las 5:30 p. m. —añadió el detective Gull—. ¡Nos queda poco tiempo! Son las 5:12. ¡Vamos! Le pido, señora Smith, que mantenga la calma para no entorpecer el rescate.
—Sí, sí... haré lo que usted me pida —respondió ella entre sollozos—, pero no sé cómo reaccionaré en ese momento.
El detective Gull insistió con firmeza:
—Hemos trabajado semanas para este momento y la pista es sólida. Sé que quieren gritarle al mundo que ya sabemos dónde está Perla, pero el silencio es nuestra mejor arma ahora. Si los secuestradores ven un despliegue mediático o escuchan algo en las noticias, podrían intentar escapar. Por favor, mantengan la compostura frente a las cámaras. El próximo mensaje que den al público será con su bebé en brazos, se los prometo. ¡Listo, vámonos!
Mientras se dirigían a los vehículos, un reportero ignoraba la presencia de la familia y hablaba apasionadamente ante la cámara:
—¡Estamos en vivo desde la residencia Smith! El ambienter aquí es de total incertidumbre.
Vemos salir al jefe de seguridad y al detective principal con rostros desencajados. La madre de Perla guarda silencio, pero la urgencia en sus pasos sugiere que el operativo de rescate está por comenzar. ¡No se retiren, ampliaremos en breve!
—¡Señora Smith! ¿Confía en que Perla regresará a casa hoy? —gritó un reportero, rompiendo el cordón policial.
Ella no respondió. Se limitó a apretar la manta que llevaba en las manos y a bajar la mirada, refugiándose tras el hombro del detective, mientras los flashes de las cámaras convertían la tarde en una serie de estallidos blancos que cegaban la visión.
El jefe de seguridad, Jorge Fleury, alzó la voz por encima del bullicio:
—¡Señores, por favor, den espacio! No habrá declaraciones por el momento.
—Oficiales, hasta que la seguridad de la menor esté garantizada, nadie entra. Entiendan la delicadeza del momento —ordenó el jefe de seguridad.
Christopher Gull, ya a bordo del vehículo en dirección a la casa de Luisa Jeins, recibió una llamada. Era Damián, miembro de su equipo, quien ya se encontraba en el lugar.
—Ya estoy aquí, apresúrense —dijo Damián—. ¿Alguna novedad? ¿Han visto algún movimiento extraño?
—Para nada, todo aquí está tranquilo. Estaremos ahí en cinco minutos —respondió Gull.
—¡Espera! —exclamó Damián de pronto—. Ya escucho el sonido de las sirenas.
El estruendo de las sirenas desgarró el silencio del lugar, seguido casi de inmediato por el chirrido de los neumáticos contra el pavimento cuando los vehículos de seguridad bloquearon las salidas de la residencia.
—Las puertas de las camionetas se abrieron de par en par y el equipo del jefe de seguridad se desplegó con mucha precisión. Armas largas, chalecos antibalas y luces rojas de láser comenzaron a barrer las paredes de la estructura.
—¡Policía! ¡Al suelo ahora! el grito del detective retumbó, haciendo vibrar los vidrios de las ventanas.
En el rincón de la habitación, sentada en una silla vieja junto a la cuna improvisada, Luisa Jeins se quedó petrificada. Tenía solo 28 años, pero en ese momento, bajo la luz cegadora de las linternas, parecía una sombra frágil y desorientada. No hubo resistencia, ni armas, ni cómplices. Solo ella.
—No... no puede ser —susurró Luisa Jeins, levantando las manos lentamente, mientras las lágrimas empezaban a correr por su rostro—. ¿Cómo me encontraron? No dejé rastro... se supone que nadie debía saberlo.
—El detective Gull se acercó, manteniendo la guardia, mientras el jefe de seguridad Fleury confirmaba por radio: "Objetivo localizado. La menor está a salvo". Al escuchar esas palabras, la frialdad de Luisa Jeins se rompió por completo.
—¡Ustedes no lo entienden! —gritó ella de repente, su voz quebrándose en un sollozo lleno de odio y frustración. ¡Ella lo tiene todo! La familia perfecta, el dinero, los viajes... y ahora esa bebé. ¡Esa niña que todos celebran como si fuera un milagro!