Nunca me intimidaron los hombres poderosos..Hasta que conocí a mi jefe.
El primer día llegué diez minutos antes, como siempre. No por disciplina, sino por costumbre: llegar temprano me daba la ilusión de controlar algo, aunque fuera mínimo. El edificio era demasiado grande para una empresa que nunca aparecía en los titulares, demasiado silencioso para un lunes por la mañana. Mármol negro, cristales oscuros, una recepción sin flores ni sonrisas.
Todo allí parecía diseñado para que nadie se sintiera cómodo.
—El señor no tolera retrasos —me dijo la mujer de recursos humanos sin mirarme a los ojos—. Tampoco errores.
No pregunté a qué señor se refería. Ya lo sabía..Había escuchado su nombre en susurros, en advertencias disfrazadas de consejos.
Brillante, exigente, reservado.
Nadie decía cruel. Nadie decía peligroso. Pero había silencios que hablaban más que las palabras..Subí al ascensor sola. El reflejo del espejo me devolvió una imagen que no reconocí del todo: traje oscuro, cabello recogido, labios tensos. Parecía segura. No lo estaba. Hacía meses que no lo estaba.
Cuando las puertas se abrieron en el último piso, el aire cambió. No sabría explicarlo de otra forma. Era más denso, más frío. Como si ese lugar no perteneciera del todo a la ciudad que se veía desde los ventanales..Su oficina estaba al fondo del pasillo..Toqué la puerta.
—Pase.
Su voz no fue fuerte. No fue autoritaria. Fue peor. Calma absoluta.
Entré.
Él estaba de pie, de espaldas, observando la ciudad. Alto. Impecable. El tipo de hombre que parecía hecho de líneas rectas y decisiones definitivas. Cuando se giró, entendí por qué nadie hablaba demasiado de él..Era hermoso. De una forma peligrosa.
No sonrió. No extendió la mano. Me miró como si ya supiera exactamente quién era yo y eso me estremeció.
—Usted es la nueva secretaria —dijo.
No fue una pregunta.
—Sí, señor.
Odié cómo mi voz se tensó. Odié que lo notara. Sus ojos recorrieron mi rostro con lentitud, no con descaro, sino con precisión. Como si buscara algo que no estaba escrito en mi currículum. Sentí el impulso absurdo de cubrirme, aunque llevaba ropa formal y correcta.
—Siéntese —ordenó, señalando la silla frente a su escritorio.
Obedecí.
—Aquí no trabajamos con improvisados —continuó—. Necesito discreción, eficiencia y silencio. Mucho silencio.
Asentí.
—Y le advierto algo más —añadió, inclinándose apenas hacia adelante—. No me gustan las personas curiosas.
La frase fue suave. El mensaje, no. Tragué saliva.
—¿Alguna pregunta?
Había muchas. Ninguna segura.
—No, señor.
Sus labios se curvaron apenas. No fue una sonrisa. Fue algo más oscuro.
—Bien. Empezamos hoy.
Así de simple. Las horas siguientes transcurrieron como una prueba constante. Correos, llamadas, documentos confidenciales. Todo pasaba por mí. Todo parecía medido, calculado, como si cada movimiento tuviera consecuencias invisibles. Y él siempre estaba ahí.
No levantaba la voz. No se alteraba. Pero su presencia pesaba. A veces sentía su mirada en mi nuca mientras trabajaba, y no era deseo lo que me provocaba. Era alerta. Instinto. Como si mi cuerpo supiera algo que mi mente se negaba a aceptar.
Al final del día, cuando pensé que había superado la prueba, me llamó a su despacho.
—Cierre la puerta.
Lo hice.
—Quiero que entienda algo desde el principio —dijo, mirándome fijamente—. Aquí no hay espacio para errores, ni para mentiras.
Mi corazón dio un golpe seco.
—Yo no miento —respondí sin pensar.
Él sostuvo mi mirada durante un segundo más de lo necesario.
—Todos lo hacen —contestó—. La diferencia está en quiénes son conscientes de ello.
Algo en su tono me atravesó. Como si hablara de mí. Como si supiera.
—Puede retirarse —dijo finalmente—. Mañana la espero a la misma hora.
Me levanté. Caminé hacia la puerta con pasos firmes que no sentía propios. Antes de salir, lo escuché.
—Una cosa más.
Me detuve.
—No confunda mi confianza con indulgencia.
Asentí sin mirarlo y salí. Cuando las puertas del ascensor se cerraron, recién entonces respiré. Mi reflejo volvió a aparecer en el espejo, pero ya no era el mismo.
Había algo nuevo en mis ojos. Miedo, sí.
Pero también algo peor. Atracción..Y supe, con una claridad que me heló la sangre, que trabajar para él no sería solo un empleo.
Sería una caída.