Creí que podía dejarlo en la oficina. Esa fue mi primera mentira.
El ascensor descendió lento, como si también dudara en devolverme a la ciudad. Cuando salí a la calle, el ruido del tránsito me golpeó con violencia, pero no logró disipar la sensación que me había quedado adherida a la piel. Él seguía allí, aunque ya no estuviera. En mi espalda. En mi nuca. En ese lugar exacto donde el miedo se parece demasiado al deseo.
Caminé sin rumbo unas cuadras antes de darme cuenta de que temblaba..No era frío. Era memoria.
Mi departamento me recibió con un silencio distinto, menos hostil, pero igual de denso. Cerré la puerta con doble llave, un gesto automático que no cuestioné. Dejé el bolso sobre la mesa, me quité los zapatos y apoyé la frente contra la pared del pasillo. Respirá. Ya pasó.
No pasó. Nunca pasa..La luz del baño fue demasiado blanca. Me miré en el espejo y vi algo que conocía bien: esa rigidez en la mandíbula, los hombros tensos, los ojos atentos como si esperaran un golpe invisible. Me incliné sobre el lavabo y abrí la canilla. El sonido del agua siempre ayudaba.
Hasta que no lo hizo. Porque en el reflejo, por un segundo, no vi mi rostro..Vi otra habitación. Otra puerta cerrándose. Otro silencio.
Mis dedos se aferraron al borde del lavabo cuando la escena regresó con la precisión cruel de siempre. No había gritos. Nunca los hubo. Solo palabras dichas en voz baja. Firmes. Convincente.
Es lo mejor.
No tenés opción.
Confiá en mí.
Yo confié. Ese fue mi pecado..El recuerdo no venía completo, nunca lo hacía. Era fragmentado, como si mi mente se negara a revivirlo todo de una vez. Una firma. Un documento. Un nombre que no debía haber escrito. Una decisión tomada por miedo y sostenida por cobardía. Alguien pagó por eso. Yo sobreviví.
Me enderecé bruscamente y cerré la canilla. El silencio volvió, más pesado. Me abracé el torso con fuerza, como si pudiera contener algo que se desbordaba por dentro.
Por eso acepté ese trabajo.
Por eso no pregunté demasiado.
Por eso no huí cuando sentí el peligro en él.
Porque la culpa reconoce la oscuridad ajena. Me dejé caer en la cama sin cambiarme. El techo parecía demasiado alto, demasiado vacío. Cerré los ojos, pero su voz regresó.
No me gustan las personas curiosas.
Y entonces lo entendí. No era solo intimidación. Era advertencia. Él no era como los demás hombres que había conocido. No necesitaba imponer nada. Observaba. Esperaba. Y cuando hablaba, lo hacía con la certeza de quien ya ha visto lo peor y ha aprendido a vivir con ello. Como yo.
El celular vibró sobre la mesa de luz. El sonido me sobresaltó. Un mensaje. Número desconocido.
Mañana necesito que llegue quince minutos antes.
— A.
El corazón me golpeó el pecho con fuerza. No era una orden explícita. No había amenaza. Pero mis dedos se cerraron alrededor del teléfono como si lo fuera..No respondió a nada que yo hubiera dicho.
Porque yo no había dicho nada. Se giró algo dentro de mí. Una alerta antigua. Familiar.
Él sabía. No qué. Pero sabía que había algo. Y en lugar de huir, sentí esa atracción oscura, peligrosa, crecer con más fuerza. Porque si alguien podía ver mi culpa sin juzgarla, era un hombre como él.
Me giré de lado, con el teléfono aún en la mano, y comprendí algo que me heló la sangre y me encendió al mismo tiempo.
No me había elegido por casualidad. Y yo tal vez tampoco lo había elegido a él por casualidad.