Llegué quince minutos antes..No porque quisiera complacerlo, sino porque no hacerlo me parecía una provocación innecesaria. El edificio aún estaba medio vacío; la recepción, silenciosa; el ascensor, obediente. Todo parecía igual al día anterior, y sin embargo yo no lo era.
Había dormido poco. Demasiado consciente de cada sonido, de cada pensamiento que insistía en volver a él. Cuando entré a la oficina, su puerta ya estaba abierta..Él estaba sentado detrás del escritorio, revisando unos documentos. No levantó la vista cuando me acerqué. Ese detalle, la espera, fue el primer movimiento.
—Buenos días —dije.
—Cierre la puerta —respondió, sin mirarme.
Lo hice. El sonido fue seco. Definitivo.
—Siéntese.
Obedecí otra vez, aunque esta vez algo dentro de mí se tensó. No era miedo puro. Era anticipación.
—Llegó temprano —observó, por fin alzando la mirada.
—Usted lo pidió.
—No —corrigió— Yo lo sugerí.
Sostuvo mis ojos durante unos segundos. Los suficientes para que entendiera la diferencia.
—Aquí nadie hace nada porque yo lo pida —continuó— Lo hacen porque entienden lo que conviene.
Tragué saliva.
—¿Estoy haciendo algo incorrecto?
Sus labios se curvaron apenas.
—Todavía no.
Deslizó un sobre delgado sobre el escritorio, empujándolo hacia mí con dos dedos.
—Revíselo.
Lo tomé. Dentro había copias de documentos antiguos. Contratos. Fechas. Firmas. Nombres que no reconocía, excepto uno. El mío. La sangre me abandonó el rostro.
—Esto —mi voz se quebró—. Esto no debería estar aquí.
—Nada llega a mi escritorio por error —dijo con calma—. Usted sabe eso mejor que nadie.
El mundo se estrechó. El aire se volvió denso. Sentí el impulso de levantarme, de huir, pero mis piernas no respondieron.
—No entiendo qué quiere de mí —logré decir.
Se inclinó hacia adelante, apoyando los antebrazos en el escritorio.
—Quiero saber si puedo confiar en usted.
—Yo no hablé con nadie —me apresuré a decir— Nunca. Cumplí con el acuerdo.
—Lo sé.
Esa respuesta fue peor que una acusación.
—Entonces ¿por qué?
Sus ojos se oscurecieron apenas. No con ira. Con algo más frío.
—Porque la culpa deja rastros —respondió— Y usted los carga como una sombra.
El silencio que siguió fue insoportable.
—Aquí no juzgamos el pasado —añadió— Pero sí evaluamos riesgos. Y usted es un riesgo interesante.
—¿Eso es una amenaza?
Se recostó en la silla, observándome como si midiera cada reacción.
—Es una oferta.
—¿De qué tipo?
—De las que no se escriben —dijo—. De las que exigen lealtad absoluta.
Mi corazón latía con fuerza. Sabía que estaba cruzando una línea invisible, aunque aún no sabía hacia dónde conducía.
—Si acepta —continuó— su pasado seguirá siendo exactamente eso: pasado. Nadie volverá a mencionarlo. Nadie volverá a buscarla.
—¿Y si no?
Sus ojos no se apartaron de los míos.
—Entonces no puedo garantizar nada.
El mensaje fue claro. Brutal. Elegante.
—¿Qué espera de mí? —pregunté, apenas.
—Silencio —respondió sin dudar— Disponibilidad. Y que recuerde siempre algo.
Se levantó. Rodeó el escritorio con pasos tranquilos, controlados. Se detuvo demasiado cerca de mí. Pude sentir su presencia, el calor contenido, la amenaza invisible que emanaba de él.
—Yo no soy el enemigo —susurró— Pero tampoco soy su salvación.
Alzó una mano y, sin tocarme, acomodó un mechón rebelde de mi cabello detrás de mi oreja. El gesto fue íntimo. Calculado. Devastador.
—Piénselo —dijo, volviendo a su lugar— Tiene hasta el final del día.
Me levanté con las manos temblorosas. Caminé hacia la puerta sin atreverme a mirarlo otra vez.
Justo antes de salir, habló:
—Ah… y una cosa más.
Me detuve.
—Si decide quedarse —dijo con voz tranquila— será porque lo quiere. No porque la obligue.
Cerré la puerta detrás de mí. Recién en el pasillo entendí la magnitud de lo que acababa de ocurrir.
No me había amenazado.
No me había tocado.
No me había ordenado nada.
Y aun así, ya estaba atrapada. Porque lo más aterrador no era su poder. Era que una parte de mí quería aceptar.