La Deuda De Las Sombras

La grieta

No me fui a casa esa noche. No porque no pudiera. Sino porque él no me dejó..La orden llegó disfrazada de sugerencia, como siempre.

—Es más seguro que se quede —dijo, sin levantar la voz, mientras cerraba su teléfono— Al menos hasta mañana.

No pregunté seguro para quién..Ambos sabíamos la respuesta. El edificio ya estaba casi vacío cuando me indicó que lo siguiera.

Las luces del pasillo se atenuaban automáticamente a nuestro paso, como si el lugar reconociera su autoridad incluso cuando nadie más estaba presente. Me condujo hacia una zona que no había visto antes, lejos de las oficinas comunes, lejos de cualquier rastro de rutina. Un departamento privado. Minimalista. Oscuro. Silencioso.

—Aquí —dijo, abriendo la puerta.

Entré con cautela..El lugar no tenía nada personal a la vista. Ni fotografías. Ni recuerdos. Ni rastros de vida cotidiana. Solo líneas limpias, colores neutros, superficies frías. Un espacio diseñado para no dejar huella o para no permitir que nadie más la deje.

—Puede usar la habitación del fondo —indicó— Hay ropa limpia. Nada suyo fue traído sin permiso.

Ese detalle me golpeó. No me había traído allí para poseerme. Me había traído para controlarme sin cruzar la línea visible.

—¿Usted no duerme? —pregunté sin pensar.

Se detuvo apenas, de espaldas a mí.

—A veces —respondió—. Cuando es necesario.

No supe qué decir..Me refugié en la habitación que me indicó. Cerré la puerta con suavidad. El silencio era absoluto, distinto al de mi departamento. Aquí no había ruidos de vecinos ni autos lejanos. Era un silencio contenido. Vigilado.

Me senté en la cama sin cambiarme. Mis manos aún temblaban. Todo el día parecía un recuerdo distorsionado, como si hubiera pasado demasiado rápido o demasiado lento..Pensé en la foto. En el mensaje. En la forma en que él había dicho ya no la sigue.

No quise imaginar qué significaba eso..Un golpe suave en la puerta me sobresaltó.

—¿Sí? —respondí.

—Venga a la cocina —dijo su voz desde afuera—. Necesita comer algo.

No fue una pregunta..Salí. Estaba de pie frente a la encimera, sirviendo café. El saco había desaparecido. La camisa estaba desabrochada en el cuello, lo justo para hacerlo parecer más humano o más peligroso. No levantó la vista cuando me acerqué.

—Siéntese.

Me senté frente a la mesa. El café humeaba entre nosotros.

—No tiene que confiar en mí —dijo de pronto—. Pero sí necesita estar lúcida.

Tomé la taza con ambas manos. El calor me ancló un poco a la realidad.

—¿Cuánto sabe de mí? —pregunté, en voz baja.

Esta vez sí me miró.

—Lo suficiente.

—Eso no es una respuesta.

—Es la única que puedo darle sin mentirle.

Apreté los labios.

—¿Por qué yo? —insistí— Podría haberme despedido. Podría haberme hecho desaparecer de su vida. En cambio —mi voz se quebró apenas— me trajo aquí.

Se tomó unos segundos antes de responder. Caminó hasta la ventana, observando la ciudad desde lo alto, como si buscara las palabras en ese vacío iluminado.

—Porque cuando la vi entrar por primera vez a mi oficina —dijo— supe que no estaba allí solo por trabajo.

Me tensé.

—¿Cómo?

—Nadie entra a ese lugar con la mirada que usted tenía —continuó—. No era ambición. No era necesidad común. Era alerta.

Se giró hacia mí.

—Usted vive esperando que algo la alcance.

Sentí un nudo en la garganta.

—No tiene idea de lo que está diciendo.

—Sí la tengo —respondió con calma— Porque yo vivo igual.

El silencio que siguió fue distinto. No fue una amenaza. No fue una estrategia. Fue una confesión mínima. Una grieta.

—¿Por qué? —pregunté.

Se apoyó en la mesa, sin sentarse.

—Porque hay cosas que no se olvidan —dijo— Decisiones que te marcan incluso cuando crees haberlas enterrado.

Mi corazón latía con fuerza.

—Usted habla como si… —me detuve.

—Como si supiera —completó— Y sí. Sé.

No se acercó. No invadió mi espacio. Y aun así sentí que estaba más cerca que nunca.

—No voy a preguntarle qué hizo —continuó— No necesito saberlo. Lo que importa es que alguien más lo sabe. Y quiere usarlo.

—¿Para qué?

—Para llegar a mí.

Mi sangre se heló.

—¿Yo soy… un medio?

—No —dijo con firmeza—. Usted es el mensaje.

Me levanté de golpe.

—No quiero estar en medio de esto.

—No lo está —respondió—. Ya estaba. Antes de conocerme.

Mi respiración se aceleró.

—Usted no entiende —dije—. Yo no soy fuerte. No como usted. No puedo…

—No subestime su capacidad de sobrevivir —me interrumpió—. Lo ha hecho hasta ahora.

Mis ojos ardían.

—Sobrevivir no es vivir —murmuré.

Por primera vez, algo cambió en su expresión. No fue dureza. Fue cansancio.

—Lo sé.

Se sentó frente a mí. Esa simple acción alteró el equilibrio. Ya no era una figura dominante de pie. Era un hombre sentado, con los codos apoyados en la mesa, las manos entrelazadas como si contuviera algo.

—¿Sabe por qué no duerme tranquila? —preguntó—. No es por miedo a lo que hizo. Es porque nadie le dijo nunca que podía seguir adelante.

Lo miré, sin aliento.

—¿Y usted va a decirme eso?

—No —respondió—. Yo no ofrezco absoluciones.

Se inclinó apenas hacia adelante.

—Ofrezco control.

Algo en su tono me atravesó.

—Eso no es consuelo.

—No —admitió—. Pero es estabilidad.

El silencio volvió a envolvemos. Esta vez no era hostil.

—No debería confiar en mí —dijo al fin—. Y sin embargo, está aquí.

—No sé por qué me quedé —confesé.

Su mirada se sostuvo en la mía.

—Sí lo sabe.

Bajé la vista. Mis dedos jugaban con el borde de la taza.

—Porque cuando me mira —dije—, no me veo como una víctima. Ni como un error.

No respondió de inmediato.

—¿Y cómo se ve? —preguntó al fin.

Tragué saliva.

—Como alguien que todavía importa.




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