El cambio se sintió antes de verse.
Apenas crucé la puerta de su despacho y salí al pasillo, algo en el aire era distinto. No supe explicarlo al principio. No había gritos, ni carreras, ni caos. Solo una tensión nueva, densa, como si el edificio hubiera contenido la respiración. Las personas me miraban. No con curiosidad abierta. Con cautela.
Caminé hacia mi escritorio con la espalda recta, fingiendo que no lo notaba. La tarjeta ya no estaba en mi bolso; él se la había quedado. Y, sin embargo, no me sentía menos protegida. Todo lo contrario. Era como si algo invisible me rodeara, como si cada paso estuviera acompañado por una advertencia silenciosa.
Me senté. Encendí la computadora. Abrí correos. Intenté trabajar. No pasaron ni diez minutos cuando una sombra se detuvo frente a mi escritorio.
—¿Te llamó? —preguntó una voz femenina, baja.
Levanté la vista. Era Clara, del departamento legal. Me observaba con una mezcla de preocupación y algo más.miedo.
—¿Quién? —pregunté.
—El director —respondió—. Te buscó hace un rato. Personalmente.
No era una pregunta. Era una confirmación.
—Sí —dije—. Estoy trabajando con él hoy.
Clara parpadeó. Luego miró alrededor, como si temiera ser escuchada.
—Tené cuidado —susurró—. No suele… exponer a nadie.
—¿Exponer? —repetí.
Ella dudó.
—Nunca lleva a nadie a su piso —dijo al fin— Y mucho menos a plena luz del día.
Antes de que pudiera responder, una figura apareció al fondo del pasillo.
Él.
Caminaba con paso firme, acompañado por dos hombres que no reconocí. Seguridad. No hablaba. No necesitaba hacerlo. A su paso, las conversaciones se apagaban, las miradas se desviaban. Era como si el edificio mismo supiera que debía apartarse.
Mi pulso se aceleró. No vino directo hacia mí. Pasó de largo, se detuvo frente a un grupo de ejecutivos, intercambió un par de frases breves. Nada llamativo. Nada fuera de lugar.
Pero antes de seguir caminando.giró la cabeza. Me miró. No fue una mirada casual. Fue un anclaje..Sostuvo mis ojos durante dos segundos. Los suficientes para que todos los que estaban cerca lo notaran. Los suficientes para que entendieran algo sin necesidad de palabras.
Luego continuó su camino. Clara tragó saliva.
—Dios —murmuró—. ¿Qué hiciste?
No respondí. Porque yo tampoco lo sabía del todo..Una hora más tarde, mi teléfono vibró.
Suba. Ahora.
Me levanté sin discutir. Varias miradas me siguieron mientras caminaba hacia el ascensor. Nadie preguntó nada. Nadie se atrevió.
Las puertas se cerraron y el ascensor comenzó a subir. Mi reflejo en el espejo me devolvió una imagen distinta a la de días atrás. No más fuerte. No más segura..Más consciente..Cuando las puertas se abrieron, él ya estaba allí, esperándome, como si hubiera calculado cada segundo.
—Sígame —ordenó.
No entramos a su despacho. Entramos a la sala de reuniones principal. Vidrio. Luz natural. Una mesa larga rodeada de sillas vacías excepto por cuatro personas que ya estaban sentadas. Ejecutivos. Directivos. Gente que no solía verme ni saludarme..Todos levantaron la vista al mismo tiempo.
—Llegás tarde —dijo uno de ellos, con tono neutro.
Él no respondió. Caminó hasta la cabecera de la mesa y apoyó ambas manos sobre la superficie.
—Empezamos ahora —dijo—. Con ella presente.
Cuatro pares de ojos se volvieron hacia mí. Sentí un nudo en el estómago.
—¿Ella? —preguntó otro—.Pensé que esta reunión era confidencial.
Él giró la cabeza apenas, lo suficiente para que su mirada se clavara en el hombre que había hablado.
—Lo es.
Silencio.
—Y ella —continuó— es parte de mi equipo directo desde hoy.
Mi corazón dio un salto violento.
—¿Desde hoy? —intervino una mujer—.No estaba en la agenda.
Él se incorporó despacio.
—Ahora sí.
Me indicó con un gesto que me sentara a su derecha. No a un costado. No detrás. A su lado. Cada paso que di resonó en la sala. Me senté con las manos juntas sobre el regazo, consciente de cada mirada.
—Quiero dejar algo claro antes de continuar —dijo él— Toda la información que se trate aquí pasa por ella. Toda comunicación, toda decisión operativa, todo archivo sensible.
Uno de los hombres frunció el ceño.
—¿Eso es prudente?
Él giró la cabeza hacia mí por un instante. Luego volvió a mirarlos.
—Es definitivo.
La palabra cayó como un martillo.
—¿Alguna objeción? —preguntó.
Nadie habló.
—Bien.
La reunión continuó, pero yo apenas escuchaba. Mi mente estaba fija en una sola cosa: la forma en que él se inclinaba apenas hacia mí cuando hablaba, cómo su brazo rozaba el respaldo de mi silla, cómo cada vez que alguien me dirigía la palabra, él observaba con atención quirúrgica.
No interrumpía. No corregía. Pero estaba allí. Marcando territorio. En un momento, uno de los ejecutivos me preguntó algo técnico. Respondí con voz firme, agradecida de que mi cuerpo no me traicionara. Él no dijo nada. Solo apoyó su mano sobre la mesa, más cerca de la mía. El gesto fue mínimo. El mensaje, brutal.
Cuando la reunión terminó, los ejecutivos se levantaron uno a uno. Ninguno me miró directamente al despedirse. A él sí. Con respeto. Con cautela. Cuando la sala quedó vacía, me quedé inmóvil.
—Eso fue innecesario —dije al fin, en voz baja.
Él me miró.
—Fue inevitable.
—Me expusiste.
—Te blindé.
—No es lo mismo.
Se acercó despacio.
—Para vos, no —admitió— Para ellos, sí.
—¿Y qué soy ahora para “ellos”? —pregunté— ¿Tu secretaria? ¿Tu asistente? ¿Tu debilidad?
Su mirada se endureció.
—Mi límite.
La palabra me atravesó.
—A partir de hoy —continuó—, nadie va a intentar nada sin saber que cruza una línea.
—¿Y si eso provoca exactamente lo que quieren? —insistí.
Se inclinó hacia mí, apoyando una mano a cada lado de la mesa, encerrándome sin tocarme.