No fue el almuerzo lo que me quebró. Fue el después. La forma en que el restaurante entero pareció notar nuestra entrada sin que nadie se atreviera a mirarnos de frente. La manera en que él eligió la mesa más visible, no por ostentación sino por estrategia. La naturalidad con la que pidió por mí, como si conociera mis gustos, como si ese derecho ya le perteneciera.
No hubo gestos románticos. No hubo caricias. No hubo palabras dulces. Y aun así, todos entendieron. Yo era suya. No en el sentido ingenuo que solía venderse en historias bonitas. No como promesa de amor. Sino como territorio marcado, como algo que no se toca sin consecuencias.
—Estás tensa —observó, cuando el camarero se alejó.
—¿Te sorprende? —respondí.
—No. Me preocupa.
Alzó la mirada apenas, recorriendo el lugar con atención. No estaba mirándome. Estaba vigilando.
—Desde hoy —dijo—, cada espacio público va a sentirse así.
—¿Así cómo?
—Como si todos supieran algo que vos no terminás de aceptar.
Apreté los dedos bajo la mesa.
—Esto no era parte del trato.
—Nunca hablamos de esto como un trato —corrigió—. Hablamos de elecciones.
—Elegí trabajar contigo. No convertirme en el centro de atención.
—Eso es una consecuencia, no una intención.
El silencio que siguió no fue incómodo. Fue pesado. Lleno de pensamientos que no quería formular. Cuando regresamos al edificio, el efecto fue peor. Las miradas. Los murmullos apagados. La distancia súbita. Nadie me habló como antes. Nadie se acercó con naturalidad. No por desprecio, sino por prudencia.
No te acerques demasiado. No preguntes. No mires. Eso decían sus gestos. En el ascensor, él permaneció a mi lado sin tocarme. No hizo falta. Su sola presencia era un muro.
—Esto va a aislarme —dije, apenas.
—Sí.
—¿Y te parece aceptable?
Me miró entonces. No con dureza. Con algo más honesto.
—No —respondió—. Pero es inevitable.
—¿Por qué?
—Porque quien se acerca a mí… pierde el anonimato.
Sentí un nudo en la garganta.
—Yo no pedí esto.
—No —admitió—. Pero tampoco huiste cuando aún podías.
No supe qué responder. El resto del día fue una sucesión de escenas pequeñas, crueles en su sutileza: reuniones en las que ya no me invitaban a sentarme, correos que llegaban con copia directa a él, conversaciones que se detenían cuando yo pasaba. No era hostilidad..Era precaución..Y eso dolía más.
Al caer la tarde, me refugié en el baño del piso. Cerré la puerta y me apoyé contra el lavamanos. Me miré al espejo. No veía a una mujer protegida..Veía a alguien marcada. La puerta se abrió suavemente.
—Sabía que estarías acá —dijo su voz.
Me giré de golpe.
—¿Me estás siguiendo incluso aquí?
—Te estoy cuidando —corrigió—.Y sí. Incluso aquí.
Me crucé de brazos.
—Esto no es vida —susurré—. Esto es encierro con paredes invisibles.
Se apoyó contra la pared opuesta, manteniendo distancia.
—¿Creés que no lo sé?
—Entonces ¿por qué lo haces?
Guardó silencio unos segundos.
—Porque el mundo que se te vino encima no se combate con amabilidad —dijo— Se combate con presencia.
—¿Y qué pasa conmigo? —pregunté—¿Dónde quedo yo en todo esto?
Sus ojos se clavaron en los míos.
—Quedás viva.
La respuesta fue brutal.
—Eso no siempre es suficiente.
—Para mí, sí.
Salí del baño con el pecho apretado. No volví a mi escritorio. No pude concentrarme. Cuando el día terminó, él me acompañó hasta el auto sin decir una palabra. Ya no pregunté si era necesario. Esa noche, sola en mi departamento por primera vez en días, entendí el verdadero costo. No era el miedo. No era el peligro.
Era la dependencia silenciosa. Porque cuando el teléfono vibró por un ruido en el pasillo mi primer impulso no fue llamar a la policía. Fue llamarlo a él. Y ese pensamiento me aterrorizó.