La respuesta no llegó esa noche. Llegó a la mañana siguiente. Un ramo de flores me esperaba en recepción..Rosas blancas. Perfectas. Carísimas. Inofensivas a simple vista. La tarjeta tenía solo una línea:
Ahora sí te veo.
El estómago se me hundió. No las toqué. No pregunté. Subí directo a su despacho.
—Llegó esto —dije, dejándolas sobre su escritorio.
No pareció sorprendido.
—¿Hora? —preguntó.
—Hace diez minutos.
—¿Quién las entregó?
—Mensajería privada. Sin nombre.
Las observó largo rato. Luego tomó la tarjeta, la leyó y sonrió. Pero no era una sonrisa amable.
—Cometió un error —dijo.
—¿Cuál?
—Creer que puede acercarse sin consecuencias.
Levantó el teléfono.
—Activen protocolo gris —ordenó—. Ahora.
Se giró hacia mí.
—Escuchame con atención —dijo—. Lo que viene no va a ser agradable.
—¿Qué va a pasar?
—Va a probarme —respondió—. Y va a usar lo único que cree que puede debilitarme.
—Yo.
Asentí, temblando.
—No voy a dejar que me use —dije.
—No —corrigió— No va a poder.
Se acercó, colocó ambas manos sobre mis hombros. Firme. Anclándome.
—Pero tenés que entender algo ahora —añadió— Desde este momento, no es solo mi enemigo.
—¿Qué querés decir?
Su voz bajó.
—Es el nuestro.
El teléfono volvió a sonar. Esta vez, él contestó.
—¿Sí?
Pausa.
—No —respondió—. No negocies conmigo.
Otra pausa. Más larga.
Su expresión se endureció.
—Tocarla es cruzar un límite —dijo— Y vos sabés lo que pasa cuando alguien cruza mis límites.
Colgó..El silencio fue absoluto.
—¿Qué dijo? —pregunté.
—Que quiere verte —respondió—. Que cree que sos el punto débil.
—¿Y vos qué le dijiste?
Me miró.
—Que sos el punto final.
Sentí un escalofrío.
—Esto se está saliendo de control.
—No —corrigió—. Recién ahora empieza a mostrarse.
Se apartó, tomó su saco.
—A partir de hoy —dijo—, nada de movimientos innecesarios. Nada de decisiones impulsivas. Y nada de soledad.
—¿Eso es una orden?
Me sostuvo la mirada.
—Es una promesa.
Cuando salió del despacho para enfrentar lo que venía, me quedé sola, con las flores aún sobre el escritorio y una certeza ardiendo en el pecho.
El juego había cambiado. Ya no se trataba de control. Ni de protección. Ni siquiera de obsesión. Se trataba de resistencia. Y yo estaba en el centro.