El golpe no fue directo. Fue inteligente. Eso fue lo que más me asustó. No hubo llamadas. No hubo mensajes. No hubo flores ni amenazas veladas. La mañana transcurrió con una calma tensa, casi irreal, como si el mundo hubiera decidido contener la respiración.
Hasta que no lo hizo. Estaba revisando un informe en mi escritorio cuando Clara apareció frente a mí. No se acercó del todo. Se quedó a dos pasos, como si temiera cruzar una línea invisible.
—¿Tenés un minuto? —preguntó.
Su voz no era la de siempre. No había curiosidad ni cautela profesional. Había miedo.
—Claro —respondí, levantándome— ¿Pasa algo?
Miró alrededor antes de hablar.
—¿Podemos ir a la sala chica?
Asentí. Caminamos en silencio hasta una de las salas de reuniones secundarias. Cerró la puerta apenas entramos. No trabó el pestillo, pero el gesto fue automático, defensivo.
—Decime —insistí.
Clara respiró hondo.
—Hoy a la mañana —empezó—, alguien envió un paquete al departamento legal. A mi nombre.
El pulso me dio un salto seco.
—¿Un paquete?
—Sí. Sin remitente.
—¿Lo abriste?
—No —dijo rápidamente—. Lo abrió seguridad.
Se quedó callada.
—¿Y? —pregunté, sintiendo cómo algo frío empezaba a deslizarse por mi espalda.
—Era un sobre con copias de documentos —continuó—. Expedientes antiguos. Casos cerrados hace años.
—¿Casos tuyos?
Negó con la cabeza.
—Tuyos.
El aire se me fue de los pulmones.
—Eso es imposible —susurré—. Nadie más debería tener acceso a eso.
—Alguien los tiene —respondió— Y no solo eso.
Sacó el teléfono y me mostró una foto..Era una captura de pantalla de un correo interno. Un mensaje enviado desde una dirección anónima a varios buzones del departamento legal.
Revisen quién trabaja realmente con ustedes.
Debajo, adjuntos. Mi nombre. Mi historial. Mi pasado fragmentado, pero reconocible. Sentí que el suelo se inclinaba.
—Esto no puede circular —dije—. No así.
—Ya circuló —respondió Clara—. No oficialmente. Pero lo suficiente.
Me miró con algo que no era reproche. Era dolor.
—¿Es verdad? —preguntó—. ¿Todo eso… pasó?
No supe qué decir. El silencio fue mi respuesta. Clara cerró los ojos un segundo.
—No voy a juzgarte —dijo—. Pero necesitaba saberlo. Porque desde que empezaste a trabajar directamente con él —se detuvo— nos están mirando distinto a todos.
El peso de la culpa me cayó encima como una losa.
—Esto no tenía que tocarte a vos —murmuré— Ni a nadie más.
—Ya lo hizo —respondió— Y eso significa que alguien quiere que duela.
Asentí, con la garganta cerrada.
—Tenés que decírselo —añadió—. Ahora.
No lo dudé. Salí de la sala sin despedirme. Caminé directo a su despacho, ignorando miradas, ignorando murmullos. Golpeé una sola vez antes de entrar.
—Tenemos un problema —dije.
Él ya estaba de pie. Como si hubiera sentido el impacto antes que yo.
—Lo sé —respondió.
Me detuve en seco.
—¿Cómo?
—Porque no atacan así sin avisar —dijo— Y porque no sos la única a la que están tocando.
—Clara recibió documentos —dije— A su nombre. Del departamento legal.
Sus ojos se endurecieron.
—Eso no estaba en mis cálculos.
—Entonces esto se te está yendo de las manos.
—No —corrigió—. Se está ampliando.
Caminó hasta su escritorio, tomó su teléfono y marcó un número.
—Corten accesos externos del ala legal —ordenó—. Ahora. Y localicen el punto de fuga interno.
Colgó y me miró.
—Escuchame con atención —dijo—. Esto es exactamente lo que quiere.
—¿Qué?
—Que te sientas culpable —respondió—. Que empieces a aislarte sola. Que dudes.
—¡Porque está funcionando! —exploté—. Clara no tenía por qué verse involucrada. Nadie tenía que pagar por esto.
Se acercó despacio.
—El que paga es el que está cerca —dijo—. Siempre fue así.
—Entonces dejame ir —solté—. Sacame de acá. Terminemos con esto.
El silencio fue inmediato.
—No —respondió.
—¿Por qué?
Su voz bajó.
—Porque eso confirmaría que sos el punto débil.
—¡Pero ya lo soy! —dije, con la voz quebrada— Ya lastimaron a alguien por mi culpa.
Sus manos se cerraron en puños.
—No fue por tu culpa —dijo—. Fue por mi decisión de protegerte.
—Entonces asumí las consecuencias —respondí— No las cargues sobre otros.
Se quedó mirándome, como si algo en mis palabras hubiera alcanzado una grieta.
—Eso es exactamente lo que estoy haciendo —dijo al fin— Y por eso esto acaba de cambiar otra vez.
—¿Cómo?
Se giró hacia la ventana.
—Hasta ahora, él jugaba a mostrarte —explicó— A rodearte. A marcar territorio.
Volvió a mirarme.
—Ahora empezó a lastimar lo que te rodea.
Un escalofrío me recorrió.
—¿Y eso qué significa?
—Que va a intentar algo más —respondió— Algo que te obligue a elegir.
—¿Elegir qué?
Se acercó, se detuvo frente a mí, y su mirada fue brutalmente honesta.
—Entre salvar a los demás… o salvarme a mí.
El corazón me dio un golpe seco.
—No me pongas en ese lugar —susurré.
—No lo hago yo —dijo—. Lo hace él.
Se acercó un paso más.
—Pero tenés que saber algo ahora —añadió— No voy a permitir que use a nadie más para llegar a mí.
—¿Qué vas a hacer?
Su voz se volvió peligrosa.
—Cerrar el círculo.
—¿Eso implica violencia?
No respondió de inmediato.
—Implica límites —dijo al fin—. Y consecuencias.
—Prometeme que nadie más va a salir herido.
Sus ojos se clavaron en los míos.
—Prometo que nadie que no haya elegido estar en este juego va a pagar el precio.
Tragué saliva.
—¿Y yo?
Su respuesta fue inmediata.
—Vos ya elegiste.
El teléfono vibró sobre su escritorio. Mensaje entrante. Lo leyó. Algo cambió en su expresión.