No dijo cuándo..Eso fue lo primero que me inquietó. Solo dijo que la reunión iba a ocurrir. No como posibilidad. No como amenaza. Como un hecho inevitable que ya estaba en movimiento, aunque yo todavía no pudiera verlo.
—No vas a hablar con él todavía —dijo—. Primero tenemos que preparar el escenario.
—¿Prepararlo cómo? —pregunté.
Estábamos en su despacho. Las persianas bajas. El vidrio opaco. El mundo reducido a ese espacio donde cada decisión parecía pesar más de lo normal.
—Como se prepara cualquier encuentro peligroso —respondió— Quitándole al otro la ilusión de control.
Se acercó al escritorio y activó la pantalla táctil. Apareció un archivo. No tenía título. Solo fechas, nombres en clave, diagramas que no comprendía del todo.
—Él cree que esta reunión es un pedido —continuó— Que está marcando límites. Que te está obligando a elegir.
—¿Y no es así?
Me miró con atención, como si midiera si estaba lista para escuchar la respuesta.
—No —dijo—. Es una provocación.
—¿Entonces por qué aceptarla?
—Porque rechazarla lo empodera —explicó— Y porque aceptarla en nuestros términos… lo expone.
Caminó hasta quedar frente a mí.
—Pero para eso —añadió—, necesito que entiendas algo muy importante.
—¿Qué?
—Esta reunión no es para que hables —dijo— Es para que observes.
Sentí un escalofrío.
—¿Observar qué?
—Cómo miente. Cómo manipula. Y, sobre todo cómo te mira.
—¿Por qué eso importa?
Su voz bajó apenas.
—Porque él cree que te conoce. Y está equivocado.
Me crucé de brazos.
—No voy a ser un cebo.
—No lo sos —respondió—. Sos el espejo.
El silencio se extendió.
—No me gusta esto —dije al fin—. Todo esto se siente como una trampa… también para mí.
—Lo es —admitió sin rodeos—. Pero no una que te vaya a destruir.
—¿Cómo podés estar tan seguro?
Se apoyó en el borde del escritorio.
—Porque yo ya estuve ahí.
Lo miré con atención.
—¿Con él?
No respondió enseguida.
—Con alguien como él —corrigió—. Y cometí el error de subestimarlo.
La confesión fue mínima. Pero real.
—¿Qué pasó? —pregunté.
—No viene al caso —dijo—. Lo que importa es que no pienso repetirlo.
Se enderezó.
—Escuchame bien ahora —continuó—. Si aceptamos esta reunión, hay reglas.
—¿Para mí?
—Para ambos.
Tomó una carpeta y la abrió frente a mí.
—Primero —dijo—: no vas a responder provocaciones. Ninguna.
—¿Y si dice algo sobre mi pasado?
—Especialmente entonces.
—Segundo: no vas a prometer nada. Ni siquiera silencio.
—¿Y si me presiona?
—Me mirás —respondió—. Yo voy a estar allí.
Fruncí el ceño.
—Dijiste que no ibas a estar presente.
—No voy a estar visible —corrigió—. Es distinto.
El pulso me dio un salto.
—Eso no me tranquiliza.
—No tiene que hacerlo —dijo—. Tiene que mantenerte viva.
—Tercero —añadió— si en algún momento sentís que estás perdiendo el control… la reunión se termina.
—¿Cómo?
Se acercó y apoyó dos dedos sobre la mesa, marcando un punto.
—Decís una sola frase.
—¿Cuál?
Sus ojos se clavaron en los míos.
—No vine sola.
El aire se volvió denso.
—Eso es todo —continuó— No explicaciones. No aclaraciones.
—¿Y qué pasa después?
Su expresión se endureció apenas.
—Después yo actúo.
Me quedé callada.
—¿Esto es negociable? —pregunté.
—No —respondió—. Pero tu participación sí.
—Entonces decime la verdad —dije, mirándolo de frente— ¿Qué pasa si me niego?
No respondió de inmediato. Caminó hacia la ventana, observó la ciudad unos segundos.
—Entonces él va a buscar otra forma —dijo— Y no va a ser tan cuidadoso.
—¿Estás diciendo que esta reunión es… contención?
—Estoy diciendo que es el menor de los males.
Sentí una mezcla de rabia y miedo.
—Esto no debería recaer sobre mí.
Se giró.
—No debería —coincidió—. Pero ya lo hace.
—¿Y si algo sale mal?
Se acercó despacio. Se detuvo frente a mí. Esta vez no invadió mi espacio. No fue posesivo. Fue honesto.
—Entonces —dijo—, no voy a pedir permiso para protegerte.
La frase me atravesó.
—Eso no es una garantía —murmuré.
—No —admitió—. Es una advertencia.
El silencio volvió a envolvernos.
—¿Cuándo? —pregunté al fin.
—Pronto —respondió—. Lo suficiente para que él crea que ganó algo.
—¿Dónde?
—Un lugar neutral —dijo—. Elegido por él.
—Eso es peligroso.
—Por eso vamos a aceptarlo.
Suspiré.
—¿Hay algo que no me estés diciendo?
Me observó largo rato. Luego habló:
—Sí.
—¿Qué?
—Que esta reunión no es el verdadero objetivo.
Mi corazón se aceleró.
—Entonces ¿qué es?
Su voz fue baja, firme.
—Es el cebo para que cometa un error más grande.
Sentí un escalofrío recorrerme.
—¿Y si no lo comete?
—Lo hará —respondió—. Porque ya cruzó una línea que no sabe cómo desandar.
Se acercó un paso.
—Y porque ahora cree que te tiene a vos.
—No me tiene —dije.
Sus ojos se oscurecieron.
—Eso es lo que vamos a demostrar.
El teléfono vibró sobre el escritorio. Él lo miró. No contestó.
—Es él —dijo—. Confirmando hora y lugar.
—¿Y qué vas a responder?
Tomó el teléfono.
—Que aceptamos.
Levantó la vista hacia mí.
—¿Estás segura?
La pregunta me sorprendió.
—¿Importa?
—Sí —respondió—. Porque a partir de ahora, cada paso que des te va a cambiar.
Respiré hondo. Pensé en Clara. En los documentos. En las flores. En la llamada. Pensé en el miedo y en algo más oscuro que empezaba a mezclarse con él.
—Acepto —dije.
Su mirada no mostró alivio. Mostró resolución.
—Bien —respondió— Entonces vamos a prepararte.
—¿Prepararme cómo?