La Deuda De Las Sombras

Ensayo para una caída

La noche anterior a la reunión no dormí..No porque tuviera pesadillas, sino porque no me atreví a cerrar los ojos. Cada vez que lo intentaba, mi mente se adelantaba al día siguiente: una mesa, una voz desconocida, una sonrisa que no prometía nada bueno. Me levanté varias veces, caminé por el departamento como si pudiera gastar el miedo con los pasos.

No funcionó. Cuando amaneció, ya estaba cansada. Él llegó temprano. No llamó antes. No avisó. La cerradura giró con un sonido seco y controlado que me sobresaltó incluso cuando ya lo esperaba. No me preguntó cómo había dormido. No me ofreció consuelo. No era ese tipo de cuidado el que traía consigo.

—Tenemos poco tiempo —dijo apenas entró—. Y mucho que ajustar.

Llevaba una carpeta bajo el brazo y el gesto tenso, concentrado. No parecía el hombre que imponía silencio con solo caminar por un pasillo. Parecía alguien que sabía que estaba a punto de perder algo… o de ganar demasiado.

—¿Ajustar qué? —pregunté.

—Tu reacción —respondió— Tu postura. Tu silencio.

Dejó la carpeta sobre la mesa del comedor y abrió una silla frente a mí.

—Sentate.

Obedecí.

—Hoy no vamos a hablar de él —continuó— Vamos a hablar de vos.

La frase me incomodó más de lo que esperaba.

—No soy yo la que va a atacar —dije.

—No —coincidió—. Sos la que va a ser provocada.

Se sentó frente a mí. No demasiado cerca. La distancia justa para observar.

—Escuchame con atención —dijo—. Mañana va a intentar tres cosas.

—¿Cómo lo sabés?

—Porque siempre lo hacen —respondió—. Primero va a minimizarte. Después va a intentar confundirte. Y, si eso falla… va a querer herirte.

Tragué saliva.

—¿Herirme cómo?

—Con palabras —respondió—. Con verdades a medias. Con fragmentos de tu pasado.

Mi espalda se tensó.

—No puede saber tanto.

—Sabe lo suficiente —corrigió—. Y lo que no sabe lo va a inventar.

Abrió la carpeta y sacó una hoja. No tenía texto. Solo una línea vertical trazada en el centro.

—Esto sos vos mañana —dijo, señalando el lado izquierdo—. Y esto… —marcó el derecho— es lo que él quiere que seas.

—¿Y qué diferencia hay?

—El control —respondió sin dudar—. Él va a intentar arrebatártelo. Yo necesito que no se lo entregues.

—¿Cómo?

Se inclinó apenas hacia adelante.

—No defendiéndote.

Fruncí el ceño.

—Eso no tiene sentido.

—Sí lo tiene —dijo—. Defenderte lo confirma. Justificarte lo fortalece. Explicarte… lo alimenta.

—Entonces ¿qué hago?

—Nada —respondió—. Escuchás. Respirás. Y cuando te mire esperando una reacción… no se la das.

—Eso es más difícil de lo que suena.

—Por eso estamos acá.

Se levantó y rodeó la mesa. Se detuvo detrás de mí.

—Cerrá los ojos.

Dudé. Pero lo hice.

—Ahora —dijo—, imaginá que estás sentada frente a él. Te sonríe. No es una sonrisa amable. Es una que pretende conocerte.

Mi estómago se cerró.

—Habla —continuó—. Dice tu nombre. Lo pronuncia despacio. Como si fuera una posesión.

Respiré hondo.

—Ahora te dice algo que solo alguien con acceso a tu pasado podría saber.

Un recuerdo me atravesó sin permiso. Sentí el pulso acelerarse.

—¿Qué sentís? —preguntó.

—Rabia —admití—. Vergüenza.

—Bien —dijo—. Ahora no hagas nada con eso.

—¿Cómo?

—Dejala pasar.

Su mano se apoyó de pronto en el respaldo de la silla. Firme. Anclándome.

—No te muevas —ordenó—. No frunzas el ceño. No aprietes los labios.

—No soy una estatua —murmuré.

—Mañana sí.

Abrí los ojos y me giré hacia él.

—Esto es inhumano.

—Es supervivencia.

—¿Y vos? —pregunté—. ¿Qué vas a hacer mientras tanto?

—Mirar —respondió—. Y esperar.

—¿Esperar qué?

—El momento exacto en que él crea que te tiene.

Me estremecí.

—¿Y entonces?

—Entonces va a cometer el error.

Se alejó y volvió a sentarse frente a mí.

—Vamos a practicar —dijo.

—¿Practicar qué?

—Tu silencio.

Pasamos la siguiente hora en una especie de juego cruel. Él lanzaba frases al azar, cuidadosamente elegidas. Algunas vagas. Otras demasiado precisas.

—“¿Sabías que no todos los errores se perdonan?”
—“¿Te sentís orgullosa de lo que hiciste?”
—“¿Creés que alguien podría quererte si supiera quién sos de verdad?”

Cada frase era una aguja.

Cada silencio, una herida abierta.

—No bajes la mirada —ordenaba cuando mis ojos flaqueaban—. No le regales culpa.

—Esto no es justo —susurré en un momento.

—No —admitió—. Pero funciona.

En algún punto dejé de responder incluso con gestos. Mi cuerpo empezó a entender lo que mi mente rechazaba. El silencio se volvió una forma de defensa. Una muralla invisible.

—Bien —dijo al fin—. Eso es.

Me observó con atención. Algo en su expresión cambió.

—¿Qué? —pregunté.

—Estás aprendiendo —respondió—. Y eso me preocupa.

—¿Por qué?

—Porque ya no te veo como alguien que necesita protección constante —dijo—. Te veo como alguien capaz de resistir.

—¿Y eso no es bueno?

Guardó silencio unos segundos.

—Lo es —dijo al fin—. Pero también significa que estás entrando más profundo.

Me levanté y caminé hacia la ventana. Necesitaba aire. Espacio.

—Todo esto —dije— me está cambiando.

—Sí.

—No sé si me gusta en quién me estoy convirtiendo.

Se acercó despacio. Se detuvo a mi lado.

—Nadie sale ileso de un juego de poder —dijo—. La diferencia está en quién decide las reglas.

—¿Y yo decido alguna?

Me miró.

—Cada vez más.

Eso no me tranquilizó.

—Mañana —continuó—, cuando termine la reunión, nada va a volver a ser como antes.

—¿Eso es una amenaza?

—Es una advertencia.

Me giré hacia él.

—Decime la verdad —le pedí—. ¿Qué pasa si algo sale mal?

Me sostuvo la mirada, sin esquivar.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.