La Deuda De Las Sombras

El hombre al otro lado de la mesa

El lugar era exactamente lo que él había descrito. Neutral. Demasiado pulcro. Demasiado silencioso.

Un restaurante privado, de esos que no aparecen en búsquedas comunes. Salones separados por paneles de vidrio esmerilado, mesas amplias, iluminación baja. Un sitio pensado para conversaciones que no deben oírse pero sí recordarse. Llegué sola.

O al menos, eso parecía. Él no caminaba a mi lado, no abrió la puerta, no pidió la mesa. Pero sentí su presencia desde el primer paso. Como una sombra firme detrás de cada decisión, como una red invisible que sabía que estaba allí incluso sin verla.

—Señorita —dijo el anfitrión—. La esperan.

Asentí y lo seguí. Cada paso fue un latido. Cuando entré al salón, lo vi.

Estaba sentado de espaldas a la pared, como alguien que no teme ser observado. Traje oscuro, corte impecable. No era particularmente llamativo, pero había algo en su postura que reclamaba atención: la quietud calculada de quien sabe que el otro va a reaccionar primero..Alzó la vista cuando me acerqué. Sonrió.

—Por fin —dijo—. Me preguntaba si tendría el valor.

No respondí..Tomé asiento frente a él, recordando cada indicación. Espalda recta. Manos visibles. Silencio.

—Te ves distinta —continuó—. Más… contenida.

No reaccioné.

—Eso suele pasar cuando alguien cree que tiene respaldo —añadió, ladeando la cabeza— ¿O me equivoco?

Lo miré a los ojos por primera vez. No vi locura.. No vi furia. Vi algo peor: curiosidad.

—No vine a hablar de suposiciones —dije, con voz calma—. Usted pidió esta reunión.

Su sonrisa se amplió apenas.

—Y viniste —respondió—. Eso dice mucho.

—Dice que escucho —corregí—. No que obedezca.

Rió suavemente.

—Interesante —murmuró—. Él te entrenó bien.

El pulso me golpeó en las sienes, pero no dejé que se notara.

—No estamos hablando de él —dije.

—Siempre estamos hablando de él —respondió—. Incluso cuando no lo nombramos.

Se inclinó apenas hacia adelante.

—Decime —continuó—. ¿Te contó cómo empezó todo?

—No es asunto suyo.

—Claro que lo es —replicó—. Yo estaba ahí.

El silencio se tensó.

—No como enemigo —añadió—. Como socio.

Sentí un frío recorrerme la espalda.

—¿Socio de qué? —pregunté.

—De una idea —dijo—. De poder sin ruido. De control sin sangre.

Sus ojos brillaron apenas.

—Éramos muy buenos juntos.

Respiré hondo.

—No vine a escuchar nostalgias.

—No —admitió—. Viniste a entender por qué te elegí.

Eso sí me sacudió.

—Yo no lo elegí a usted —dije.

—Pero yo sí a vos —respondió—. Y eso es lo que importa.

Me observó con atención, como si buscara una grieta.

—¿Sabías que no fuiste la primera? —preguntó de pronto.

No respondí.

—Claro que no —continuó—. Él tiene debilidad por ciertos perfiles. Personas con pasado. Con heridas. Con silencios largos.

—Está equivocado —dije—. No soy un perfil.

Sonrió.

—Eso es exactamente lo que él cree.

La frase quedó suspendida entre nosotros.

—Decime algo —dijo, apoyando los antebrazos sobre la mesa—. ¿Te sentís protegida?

La pregunta era una trampa. Lo supe al instante.

—Me siento consciente —respondí.

—Qué respuesta tan… aprendida —comentó—. Antes eras más impulsiva.

—Usted no me conoce.

—Te conozco más de lo que creés —replicó— Conozco tu archivo. Conozco los errores que no figuran en él. Y conozco el miedo que te despierta la idea de perderlo.

Mi corazón dio un salto, pero mi rostro permaneció inmóvil.

—No vine sola —dije.

La frase cayó como un corte limpio.

Su sonrisa se detuvo.

—No —corrigió—. Viniste visible.

El aire se volvió pesado.

—Decime —continuó, con voz más baja—. ¿Sabés lo que sos para él?

No respondí.

—Sos un límite —dijo—. Y los límites siempre se cruzan.

—No todos —repliqué—. Algunos se defienden.

—¿Y quién te defiende? —preguntó—. ¿Él?

La forma en que pronunció esa palabra no fue casual.

—Él te usa —continuó—. Te exhibe. Te coloca donde duele más.

—Usted no sabe nada de nuestra relación.

—Sé que no te ama —dijo con suavidad—. Y eso te va a destruir más que cualquier amenaza mía.

El silencio se cerró como un puño.

—Está intentando provocarme —dije al fin.

—Claro —respondió—. Porque todavía no reaccionaste.

—Eso no significa que no lo haga.

Su mirada se endureció.

—¿Sabés por qué quise verte sola? —preguntó—. Porque él no confía en vos.

Sentí la punzada, pero la dejé pasar.

—Si confiara —continuó—, no necesitaría vigilar cada paso que das.

—Eso no es control —dije—. Es protección.

—Decilo las veces que quieras —respondió—. Pero tarde o temprano vas a preguntarte si sos algo más que una pieza bien cuidada.

Mi respiración se volvió más lenta.

—Usted no me quiere libre —dije—. Me quiere confundida.

—Quiero que elijas —replicó—. Y no lo hiciste.

—Sí lo hice.

Me sostuvo la mirada.

—Entonces decime —dijo—. Si mañana te pidiera que te alejaras de él… ¿lo harías?

El silencio se alargó. No respondí. Y esa fue la respuesta. Su sonrisa volvió, satisfecha.

—Eso pensé.

Se reclinó en la silla.

—La reunión terminó —dijo—. Ya obtuve lo que quería.

—¿Qué? —pregunté.

—Confirmar que sos el punto exacto donde puedo hacerle daño —respondió—. Y que él va a reaccionar.

—No va a ganar —dije.

—No —admitió—. Pero tampoco va a salir limpio.

Se levantó.

—Esto recién empieza —añadió— Y ahora que sé cómo mirarte… sé exactamente cómo romperte.

Se giró para irse, pero se detuvo un segundo.

—Ah —dijo— Decile algo de mi parte.

—¿Qué cosa?

Su sonrisa fue lenta.

—Que eligió mal esta vez.

Se fue. Me quedé sentada, inmóvil, con el pulso golpeándome el pecho..Un segundo después, sentí la vibración en el bolso. Un solo mensaje.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.