No pasó una hora. Eso fue lo más inquietante.
El auto avanzaba por la avenida con una normalidad casi ofensiva, como si la ciudad no supiera o no quisiera saber que algo acababa de romperse. Yo miraba por la ventana sin ver realmente nada, repasando cada palabra, cada gesto, buscando el momento exacto en que había cedido sin notarlo. Él conducía en silencio.
No era un silencio de calma. Era un silencio de cálculo. El teléfono vibró en la consola central. Una vez. Luego otra. No lo miró.
—¿No vas a contestar? —pregunté.
—No —respondió—. Si es lo que creo, no quiero hacerlo frente a vos.
—Eso no me tranquiliza.
—No debería.
El auto se detuvo frente a mi edificio. No bajó. Tampoco apagó el motor.
—Escuchame —dijo— Subí. Cerrá la puerta. No prendas luces innecesarias.
—¿Qué está pasando?
Me miró por fin. Su expresión era dura, contenida.
—Está respondiendo —dijo—. Más rápido de lo que esperaba.
—¿Cómo?
No respondió. Me abrió la puerta.
—Andá.
Subí con el corazón en la garganta. Cerré la puerta del departamento con cuidado excesivo, como si el ruido pudiera delatarme. Dejé el bolso sobre la mesa, respiré hondo, intenté convencerme de que nada había cambiado. Entonces sonó el timbre. Me quedé inmóvil. Sonó otra vez.
—¿Quién es? —pregunté, acercándome sin abrir.
—Mensajería —respondió una voz masculina—. Entrega urgente.
Miré el reloj. Tarde. Demasiado tarde.
—No pedí nada.
—Está a su nombre —insistió— Firma requerida.
Mi pulso se aceleró. Tomé el teléfono y escribí rápido.
Hay alguien en la puerta. Dice ser mensajería.
La respuesta llegó al instante.
No abras.
El timbre volvió a sonar. Más insistente.
—Voy a llamar a seguridad —dije en voz alta.
Silencio.
Luego, pasos alejándose..Esperé un minuto. Dos. Me acerqué con cuidado y miré por la mirilla. El pasillo estaba vacío. Solté el aire de golpe. El teléfono vibró de nuevo.
¿Te dejó algo?
—No —murmuré— No dejó nada.
La respuesta tardó esta vez.
Entonces no era un mensajero.
Sentí el frío instalarse en el estómago.
—¿Qué quiere? —susurré—. Ya habló conmigo.
Quiere que tengas miedo sin que yo pueda impedirlo.
Me senté en el borde del sillón, abrazándome los brazos.
—Está funcionando.
No. Funciona cuando te paraliza.
El teléfono vibró otra vez. Esta vez, no era él. Número desconocido. Mi respiración se cortó.
—No contestes —me dije.
El teléfono dejó de vibrar. Un segundo después, llegó un mensaje.
Te ves cansada.
El corazón me dio un golpe seco.
Demasiadas emociones para un solo día.
Mis dedos temblaban.
¿Ya estás sola?
El teléfono vibró en mi mano.
—No —susurré—. No, no, no…
Escribí rápido.
Está escribiéndome. Ahora.
La respuesta fue inmediata.
Bloquealo.
—Ya lo hice —murmuré—. Pero…
Otro mensaje entró, como si se burlara del gesto.
Bloquearme no cambia nada.
Me puse de pie de golpe.
Sabías que ibas a hacerlo. Sabías que ibas a mirarme aunque dijeras que no. Eso también es una elección.
Sentí que el aire se volvía pesado, espeso.
—Decime qué hacer —escribí—. Por favor.
La respuesta tardó apenas un segundo.
No respondas. Voy para allá.
El timbre sonó otra vez. Grité.
—¡No abras! —me dije—. ¡No abras!
Me alejé de la puerta, con el teléfono apretado contra el pecho.
No estoy en el pasillo —llegó otro mensaje—
Todavía.
Sentí que las piernas me fallaban.
Quería comprobar algo antes. Quería saber si corrías hacia él. Y lo hiciste.
La puerta del edificio se cerró con un golpe seco en algún piso inferior. Escuché pasos. Mi teléfono vibró con una llamada entrante. Él. Contesté sin pensar.
—Estoy llegando —dijo—. Abrí solo cuando escuches mi voz.
—Está acá —susurré—. Me está escribiendo.
—Lo sé —respondió—. Y ahora escuchame con atención.
Los pasos se acercaban.
—No te muevas —continuó—. No respondas. No mires por la mirilla.
—¿Por qué?
—Porque quiere que lo veas —dijo—. Quiere existir para vos.
El teléfono vibró una vez más.
Si abrís, prometo no tocarte.
—Mentira —susurré.
—Exacto —dijo él al otro lado de la línea— No abras.
El sonido de un ascensor deteniéndose me hizo contener la respiración.
—Estoy a treinta segundos —dijo—. Resistís treinta segundos más.
Los pasos se detuvieron frente a mi puerta. El timbre no sonó. Golpearon. Una vez. Despacio. Mi cuerpo entero temblaba.
—Respirá conmigo —ordenó él—. Ahora.
Inspiré. Exhalé.
—Eso es —continuó—. No estás sola.
Un segundo golpe.
Más fuerte.
Sabés que podría esperar. Pero quiero que recuerdes esto.
El tercer golpe no llegó. Los pasos se alejaron. Me deslicé hasta el suelo, temblando. La cerradura giró segundos después. La puerta se abrió. Él entró. Cerró con llave. Apoyó la espalda contra la madera. Me miró en el suelo. No dijo nada.
Se agachó frente a mí y, por primera vez desde que todo había empezado, me sostuvo con fuerza. No para marcar. No para controlar. Para anclarme.
—Terminó —dijo— Por hoy.
—Va a volver —susurré— Lo sé.
—Sí —respondió— Pero ahora cometió su segundo error.
—¿Cuál?