La Deuda De Las Sombras

Cuando deja de ser defensa

No dormí. Él tampoco.

Lo supe porque, cuando amaneció, seguía vestido igual que la noche anterior. La camisa oscura, las mangas remangadas, el gesto rígido de quien no descansó porque no se permitió hacerlo. Yo estaba sentada en el sillón, con una taza de café frío entre las manos, mirando un punto fijo sin pensar realmente en nada. La calma no era alivio. Era espera.

—Hoy no vas a trabajar —dijo al fin.

No fue una sugerencia.

—No puedo seguir faltando —respondí— Ya hay rumores.

—Hoy no —repitió— Hoy vas a quedarte acá.

—¿Encerrada?

Me miró.

—Resguardada.

—Eso no es muy distinto.

No discutió. Caminó hasta la ventana y miró hacia la calle como si ya hubiera tomado la decisión antes de pronunciarla.

—Ayer cruzó un límite —dijo—. Entró en tu espacio físico. Eso cambia las reglas.

—¿Qué vas a hacer?

Su silencio fue la respuesta más inquietante.

—No quiero que hagas nada —añadió—. No llames a nadie. No publiques nada. No respondas mensajes que no reconozcas.

—¿Y vos?

—Yo sí voy a moverme.

Me levanté.

—No quiero violencia —dije—. Prometiste que nadie más iba a salir herido.

Se giró hacia mí con lentitud.

—Prometí que nadie que no eligiera estar en esto iba a pagar el precio —corrigió—. Él sí eligió.

—Eso no te da derecho a convertirte en lo mismo.

Se acercó despacio. No estaba furioso. Estaba decidido.

—Nunca dije que fuera mejor que él —dijo— Dije que iba a ser más cuidadoso.

La frase me heló.

—¿Esto es cuidado para vos? —pregunté— ¿Cruzar líneas que juraste no cruzar?

—Esto es evitar que vuelva a tocarte —respondió—. Definitivamente.

Caminó hasta la mesa y tomó su teléfono. Escribió un mensaje rápido. Luego otro.

—Tenés gente —dije—. Podés recurrir a la justicia.

—La justicia llega tarde —respondió— Y él juega en los huecos.

—Entonces ¿qué vas a hacer?

Me miró por un segundo largo, como si midiera cuánto podía decirme sin perderme.

—Voy a quitarle lo que cree que lo hace intocable.

—¿Qué es eso?

—Su anonimato.

El aire se volvió denso.

—Eso es peligroso —dije—. Si lo exponés, va a reaccionar peor.

—Sí —admitió—. Pero no contra vos.

—¿Cómo podés estar tan seguro?

—Porque va a entender el mensaje —respondió— Y porque va a tener que ocuparse de sobrevivir.

—Eso suena a amenaza.

—Es un límite —corrigió—. Y los límites solo funcionan cuando se cumplen.

Se acercó, tomó mi rostro con ambas manos. No fue un gesto tierno. Fue firme, anclante.

—Escuchame con atención —dijo—. Lo que voy a hacer hoy va a cambiar cómo me ves.

—¿Por qué decís eso?

—Porque no voy a fingir que soy algo que no soy.

Mi garganta se cerró.

—No quiero perderte —murmuré—. Pero tampoco quiero convertirme en alguien que justifique todo esto.

Sus ojos se oscurecieron.

—No te voy a pedir que lo justifiques —dijo— Solo que lo entiendas.

—¿Y si no puedo?

—Entonces vas a tener que decidir —respondió— Más adelante.

Me soltó y tomó el saco.

—No salgas —ordenó— Voy a volver.

—¿Y si no volvés?

Se detuvo en la puerta. No se giró.

—Voy a volver —dijo—. Porque todavía tengo algo que proteger.

La puerta se cerró. El silencio fue inmediato. Abrumador. Pasaron horas. No supe qué estaba haciendo. No quise imaginarlo. Me moví por el departamento como un animal enjaulado, revisando cerraduras, mirando por la ventana, sobresaltándome con cada sonido. El teléfono vibró una sola vez. Mensaje desconocido.

¿Te dejó sola?

Sentí una mezcla de rabia y miedo. No respondí. Otro mensaje llegó casi de inmediato.

Eso también dice mucho de él.

Bloqueé el número. Temblaba. Una hora después, el timbre sonó. Me paralicé.

—Soy yo —dijo su voz al otro lado—. Abrí.

Abrí. Entró sin prisa, cerró la puerta con llave, apoyó el saco sobre la silla.

—¿Estás bien? —preguntó.

Asentí..Lo observé con atención. No había sangre. No había signos visibles de violencia. Solo algo distinto en su mirada. Algo más frío. Más asentado.

—¿Qué hiciste? —pregunté.

Se tomó unos segundos antes de responder.

—Hablé con personas que él prefería mantener lejos —dijo— Recordé favores. Mostré documentos. Toqué puertas que no suelen abrirse.

—¿Eso es todo?

—Eso fue suficiente.

—¿Y ahora?

Se acercó.

—Ahora va a tener que elegir —respondió— Entre desaparecer o exponerse.

—¿Y si elige atacarte?

—Lo hará —admitió—. Pero no como esperaba.

Me senté, agotada.

—Esto ya no es solo protección —dije— Es una guerra silenciosa.

—Siempre lo fue —respondió— Solo que ahora la ves.

Me miró con atención.

—¿Tenés miedo?

—Sí —admití— Pero no solo de él.

—¿De mí?

Asentí. No se ofendió. No se justificó.

—Es justo —dijo— Yo también tengo miedo.

—¿De qué?

—De que cuando esto termine… no quieras quedarte.

La confesión me atravesó más que cualquier amenaza.

—No sé qué voy a querer —susurré—. Todo esto me está cambiando.

Se acercó y se sentó frente a mí.

—A mí también —dijo—. Y esa es la parte que no puedo controlar.

El teléfono vibró sobre la mesa.nUn mensaje entrante. Lo leyó.

—¿Qué pasó? —pregunté.

Levantó la vista.

—Respondió —dijo— No con palabras.

—¿Cómo entonces?

Su voz fue baja, grave.

—Movió una pieza —respondió— Y esta vez no fue cerca de vos.

Mi corazón dio un vuelco.

—¿Entonces dónde?

Me sostuvo la mirada.

—Cerca de alguien que te importa.

El aire se me fue de los pulmones.

—¿Quién?

No respondió de inmediato.

—Vamos a tener que salir —dijo— Ahora.

—¿A dónde?

Se puso de pie.

—A evitar que el daño colateral vuelva a ocurrir.




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