La Deuda De Las Sombras

El primer gesto

No se lo dije. Ese fue el primer cambio. No le dije que iba a salir. No le dije adónde. No le pedí opinión.

No fue impulsivo ni heroico. Fue algo más frío, más consciente. Me vestí despacio, con ropa común, sin nada que llamara la atención. Dejé el teléfono sobre la mesa unos segundos antes de volver a tomarlo, como si ese gesto simple pudiera marcar una diferencia. Él estaba en la habitación contigua, hablando por teléfono en voz baja. No quise escuchar. No quise saber. Por primera vez desde que todo había empezado, necesitaba hacer algo sin su sombra inmediata. Salí.

El ascensor descendió con una lentitud insoportable. Cada piso era una oportunidad para arrepentirme. No lo hice. Cuando las puertas se abrieron, el hall del edificio me recibió con su indiferencia habitual. Nadie sabía quién era yo. Nadie me miraba como si fuera una amenaza o un punto débil.

Eso me dio una calma inesperada. Caminé varias cuadras antes de detenerme. No había elegido el lugar por seguridad ni por nostalgia. Lo había elegido porque allí, semanas atrás, había sido alguien antes de todo esto.

El café seguía igual. Mesas pequeñas. Música suave. El mismo olor a granos recién molidos. Me senté junto a la ventana, pedí lo de siempre y dejé el bolso en la silla vacía frente a mí. Respiré. El mundo no se había derrumbado.

Saqué el cuaderno que llevaba conmigo desde hacía años. No lo había abierto desde que entré a su vida. Pasé las páginas despacio, leyendo fragmentos escritos por una versión de mí que ya no existía… pero que tampoco estaba muerta.

Ahí estaba mi voz.
No entrenada.
No contenida.
No estratégica.

Escribí. No sobre él. No sobre el enemigo.
Sobre mí. Sobre el miedo, sí, pero también sobre la claridad incómoda que llega cuando uno deja de huir. Sobre el deseo que no pide permiso. Sobre la culpa de sobrevivir cuando otros pagan el precio. No para justificarme. Para entenderme. El teléfono vibró. Una vez. Lo ignoré. Volvió a vibrar. Respiré hondo antes de mirarlo.

¿Dónde estás?

No respondí de inmediato. Levanté la vista. La calle seguía ahí. Gente caminando. Risas. Una vida que no me esperaba, pero tampoco me rechazaba. Escribí:

Estoy bien. Vuelvo más tarde.

El mensaje tardó en llegar. Demasiado para alguien acostumbrado al control inmediato.

No salgas sola.

Leí la frase sin enojo. Respondí:

No estoy sola. Estoy contigo.

Guardé el teléfono antes de que pudiera replicar. Eso fue el segundo gesto.

No desobediencia.
No desafío.
Límite.

Permanecí allí más de una hora. Observando. Escuchando. Dejando que mi cuerpo recordara cómo era existir sin alerta constante. El miedo no se fue. Pero dejó de ser dueño de cada pensamiento. Cuando regresé, ya había anochecido. Él estaba en el living, de pie, con el teléfono en la mano. No parecía furioso. Parecía algo peor: descolocado.

—No me avisaste —dijo.

—No te mentí —respondí—. Te informé.

—Eso no es lo mismo.

—Para mí sí.

El silencio se tensó.

—¿Estás bien? —preguntó al fin.

—Sí.

No fue una respuesta automática. Fue verdadera.

—No es seguro —dijo—. No ahora.

—Nunca lo es —respondí—. Pero hoy no corrí peligro.

—No podés saberlo.

—Vos tampoco.

La frase quedó suspendida entre nosotros.

—Esto no es un juego —dijo.

—Lo sé —respondí—. Por eso no pienso jugar el papel que esperás.

Se acercó despacio, pero se detuvo a una distancia prudente.

—¿Qué papel creés que espero?

—El de la mujer que agradece cada protección sin preguntar el precio —dije—. El de la que se adapta sin reclamar espacio.

—Eso no es verdad.

—Quizás no conscientemente —admití— Pero funciona así.

Su mandíbula se tensó.

—Te puse en riesgo —dijo—. Y lo sabés.

—Sí —respondí—. Y aún así, necesito recuperar partes mías que no pueden existir solo bajo vigilancia.

—Eso te expone.

—Eso me define.

El silencio volvió. Esta vez distinto. No como amenaza. Como ajuste.

—No voy a irme —dije—. Pero tampoco voy a esconderme.

—¿Y si eso provoca otra reacción?

—Entonces —respondí—, voy a enfrentarla sabiendo que no me anulé para evitarla.

Me observó con una intensidad nueva. No de control. De reconocimiento incómodo.

—Estás cambiando —dijo.

—Siempre lo estuve —respondí—. Solo que ahora lo hago despierta.

No replicó. Caminó hasta la ventana, apoyó la mano en el vidrio, pensativo.

—El enemigo va a notar esto —dijo.

—Eso espero.

Se giró hacia mí.

—¿Por qué?

—Porque si solo reaccionamos a sus movimientos —respondí—, siempre va a ir un paso adelante.

El silencio se alargó.

—Esto no te hace menos vulnerable —dijo al fin—. Te hace menos predecible.

Asentí.

—Y eso —añadió—… me obliga a cambiar a mí también.

No supe si eso era una promesa o una amenaza. Me acerqué un paso.

—No quiero que me salves perdiéndome —dije— Quiero estar acá sin desaparecer.

Me sostuvo la mirada largo rato.

—Entonces vamos a tener que aprender algo nuevo —respondió— Los dos.

Esa noche, cuando me acosté, supe que nada había explotado. No hubo gritos. No hubo ruptura. No hubo reconciliación. Pero algo se había movido. Un eje invisible.

Porque el enemigo seguía ahí. La oscuridad también.nPero por primera vez, yo no era solo el terreno de batalla. Era una variable que él ya no podía controlar del todo. Y eso lo cambiaba todo.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.