La Deuda De Las Sombras

Cuando deja de observar desde lejos

La primera señal no fue una amenaza. Fue algo peor. Normalidad.

Volví a mi rutina con una cautela distinta. No porque creyera que el peligro había desaparecido, sino porque había decidido no permitir que me definiera por completo. Él no dijo nada cuando salí a trabajar. Me observó en silencio, con esa atención calculada que ahora reconocía mejor. No intentó detenerme. Eso también era nuevo.

El día transcurrió sin sobresaltos. Correos, llamadas, reuniones. Mi escritorio, mis manos sobre el teclado, mi reflejo en el vidrio oscuro de la oficina. Durante horas, nada ocurrió. Y fue ahí cuando lo sentí. No una presencia física. Una conciencia. Como si alguien supiera exactamente dónde estaba, qué estaba haciendo, qué había cambiado en mí.

El mensaje llegó a las cuatro y doce de la tarde. Número desconocido. No lo abrí de inmediato. Aprendí eso de él. Respiré. Observé alrededor. Nadie me miraba. Nadie parecía fuera de lugar. Entonces lo abrí.

Hoy elegiste no esconderte.

El corazón me dio un golpe seco. No decía mi nombre. No decía nada explícito. Pero no había duda. Bloqueé el número sin responder. Cinco minutos después, otro mensaje entró.

Eso te hace interesante.

Sentí un frío lento recorrerme la espalda. No respondí. Apagué el teléfono. El resto del día transcurrió como una puesta en escena mal ensayada. Todo estaba donde debía estar, pero yo ya no pertenecía del todo a ese orden. Cada sonido parecía tener un eco más largo. Cada movimiento, una doble lectura. Cuando regresé al departamento, él estaba allí. No leyendo. No trabajando. Esperando.

—¿Pasó algo? —preguntó.

Lo miré unos segundos antes de responder.

—Sí.

No me acerqué. Dejé el bolso sobre la mesa, me quité el abrigo con calma.

—¿Qué? —insistió.

—Se dio cuenta —dije.

Su cuerpo se tensó de inmediato.

—¿De qué?

—De mí.

El silencio se volvió denso. Le mostré el teléfono. No los mensajes. La ausencia de ellos.

—No respondió con violencia —continué—. Respondió con atención.

Leyó. Sus ojos se oscurecieron.

—No debería haberte escrito —dijo.

—Lo sé.

—Eso significa que algo cambió —añadió.

—Sí —respondí—. Ya no te está probando a vos.

Me miró con una mezcla de alarma y comprensión.

—Te está midiendo.

Asentí.

—No para atacarme —dije—. Para entenderme.

—Eso es peor.

—Lo sé.

Caminó de un lado a otro del living, visiblemente alterado.

—No tenías que exponerte así —dijo—. Todavía no.

—No me expuse —respondí—. Viví.

Se detuvo.

—Eso no es distinto para alguien como él.

—Entonces decime algo —pregunté— ¿Cuánto tiempo más debería haber esperado?

No respondió.

—¿Hasta que me quiebre? —continué— ¿Hasta que me vuelva invisible?

—Hasta que yo pudiera anticiparlo —dijo.

—Ahí está el problema —respondí— Ya no todo puede pasar por vos.

El silencio se estiró.

—No voy a responderle —dije—. Pero tampoco voy a fingir que no existe.

—Eso lo alimenta.

—El silencio también —repliqué— Elegí conscientemente no reaccionar.

Me observó con atención nueva.

—Eso fue inteligente —admitió—. Pero peligroso.

—Estoy aprendiendo —respondí—. No a desafiarlo. A no ser un reflejo de ustedes dos.

Su mandíbula se tensó.

—¿De nosotros dos?

—Sí —dije— De tu necesidad de control y de su necesidad de ruptura.

No discutió. Eso fue inquietante.

—Va a volver a contactarte —dijo—. No hoy. No mañana. Cuando crea que bajaste la guardia.

—Entonces no la bajaré.

—No funciona así —respondió— Nadie puede vivir en alerta constante.

—Vos lo hacés.

—Y mirá lo que me costó.

La frase quedó flotando entre nosotros. Esa noche no dormí profundamente. No por miedo, sino por esa sensación incómoda de haber entrado en el campo visual de alguien que no mira por error. A las tres de la mañana, el teléfono vibró.

Lo miré sin abrirlo. Esta vez no era un número desconocido. Era una dirección. Una ubicación. No la reconocí. Pero supe, con una certeza fría, que no era una invitación. Era una demostración. Como si dijera:

Sé dónde estás.
Sé dónde estuve.
Sé que ahora pensás por vos misma.

No desperté a él de inmediato..Ese fue el verdadero punto de quiebre. Porque por primera vez, no reaccioné buscando protección.

Reaccioné pensando. Y entendí algo con claridad aterradora: El enemigo ya no estaba orbitando alrededor de nuestra relación. Había comenzado a orbitar alrededor de mí. Y eso significaba que el juego había cambiado de verdad.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.