No lo desperté de inmediato. Esa fue la primera grieta.
Me quedé sentada en el borde de la cama, con el teléfono en la mano, mirando la pantalla apagada como si fuera un objeto peligroso. La ubicación seguía ahí, fija, impasible. No se movía. No parpadeaba. No explicaba nada. No era una amenaza explícita. Era algo peor: una demostración de alcance.
Me levanté en silencio y caminé hasta la ventana. La ciudad dormía, ajena, ordenada en su falsa seguridad. Nada parecía fuera de lugar. Y, sin embargo, yo sabía que alguien había decidido mirar más de cerca. Cuando volví a girarme, él estaba despierto.
No lo había escuchado moverse, pero me observaba desde la cama, con los ojos abiertos y el cuerpo tenso, como si llevara horas fingiendo dormir.
—¿Qué pasó? —preguntó.
No le mentí. Le tendí el teléfono. Lo miró apenas un segundo antes de incorporarse por completo. El cambio fue inmediato. No fue enojo. No fue miedo. Fue algo más crudo: desorientación.
—¿Cuándo llegó esto? —preguntó.
—Hace unos minutos.
—¿Por qué no me despertaste?
—Porque quería pensar.
La frase cayó entre nosotros como un golpe seco.
—Pensar no es lo que tenés que hacer ahora —dijo—. Es avisarme.
—Eso es lo que siempre hice —respondí—. Esta vez no.
Se levantó de la cama con un movimiento brusco, tomó su propio teléfono, empezó a marcar números que no reconocí. Caminaba de un lado a otro del cuarto, murmurando nombres, órdenes, preguntas cortas. Yo lo observaba..Por primera vez, no parecía un hombre en control.
—Esto no debería haber pasado —dijo—. No así.
—¿Así cómo? —pregunté.
Se detuvo. Me miró.
—Sin que yo lo viera venir.
Ahí estaba. La falla no era el mensaje..La falla era haber quedado fuera del circuito.
—No te escribió para provocarte a vos —continué—. Me escribió a mí.
—Lo sé —respondió—. Y eso significa que te está aislando.
—No —negué—. Significa que ya no soy solo tu extensión.
La frase lo atravesó más de lo que esperaba.
—No entiendes lo que hace alguien como él —dijo—. No se acerca por interés. Se acerca para desarmar.
—¿A mí o a vos?
No respondió de inmediato.
—A ambos —admitió—. Pero empezando por el punto más vulnerable.
—¿Y ese punto soy yo? —pregunté.
Me sostuvo la mirada.
—Sí.
—Entonces dejame decidir cómo moverme —respondí—. Porque si solo reaccionamos, siempre vamos a llegar tarde.
Se pasó una mano por el rostro, visiblemente alterado.
—Esto no es un juego estratégico —dijo—. Es una amenaza real.
—Lo sé —respondí—. Y aun así, no voy a volver a esconderme.
—Eso te pone en riesgo.
—Eso me devuelve criterio.
El silencio se tensó.
—No puedo protegerte si no sé todo —dijo.
—No podés controlarme solo porque tenés miedo —repliqué.
La frase salió más dura de lo que pretendía.
—¿Crees que esto es miedo? —preguntó, con una sonrisa breve y amarga—. Esto es experiencia.
—No lo dudo —respondí—. Pero no todo lo que aprendiste te salvó de convertirte en alguien que vive anticipando catástrofes.
Sus ojos se oscurecieron.
—Esa anticipación me mantuvo vivo.
—¿Y a qué costo?
El silencio fue largo. Demasiado.
—Voy a encontrarlo —dijo al fin—. Antes de que vuelva a escribirte.
—¿Y si no lo hacés?
No respondió.
—¿Y si esta vez va un paso adelante? —insistí—. ¿Qué vas a hacer si no podés controlarlo todo?
Su respiración se volvió más pesada.
—Eso no es una opción.
—Lo es —respondí—. Porque ya pasó.
Se giró hacia la ventana, apoyó la mano contra el vidrio con fuerza, como si necesitara anclarse a algo sólido.
—Nunca fallé así —dijo en voz baja.
No era una queja. Era una confesión.
—No fallaste —dije—. Cambió el tablero.
—Cambiaste vos —respondió.
Asentí.
—Sí.
Se giró lentamente hacia mí.
—Eso me obliga a cambiar a mí también.
—No te estoy pidiendo que bajes la guardia —dije— Te estoy pidiendo que confíes en que no soy solo alguien que proteger.
Me miró largo rato.
—Eso me expone —dijo.
—A mí también —respondí— Pero al menos no estamos fingiendo control.
El teléfono vibró de nuevo. Ambos miramos la pantalla. No era un mensaje. Era una imagen. Un lugar que reconocí de inmediato.
El café. Mi café.
El que había visitado el día anterior. Mi respiración se cortó. Él tomó el teléfono de mis manos, su rostro endureciéndose.
—Ya estuvo ahí —dijo—. Antes de escribirte.
—No —respondí—. Estuvo ahí porque escribí.
El silencio que siguió fue absoluto.
—No lo anticipé —repitió, más para sí mismo que para mí.
—Y yo tampoco —dije—. Pero ahora lo sabemos.
Me miró con una mezcla de furia contenida y algo más peligroso: admiración involuntaria.
—No sos el punto débil —dijo—. Sos la variable que no calculé.
—Entonces —respondí— vamos a tener que aprender a movernos distinto.
El teléfono vibró una última vez. Un mensaje corto.
Ahora sí te veo.
No grité.
No lloré.
No retrocedí.
Pero él sí dio un paso adelante. Y supe, con una certeza inquietante, que esa vez no iba a reaccionar desde el control sino desde algo mucho más oscuro. Porque había fallado. Y para un hombre como él, fallar no es perder. Es cruzar líneas que antes juró no cruzar.