La Deuda De Las Sombras

Lo que no te salva

No me miró cuando empezó a hablar. Eso fue lo primero que noté.

Estaba de pie, junto a la ventana, con las manos apoyadas contra el marco, observando la ciudad como si allí hubiera respuestas que no quería darme de frente. Yo me quedé sentada en el sillón, sin apurarlo, sin pedir nada. Había aprendido que empujarlo solo cerraba puertas. Y esta… esta no era una puerta cualquiera.

—No debería decirte esto ahora —dijo al fin—. Pero ya no puedo seguir callándolo.

No me moví.

—No te estoy pidiendo nada —respondí—. Si vas a hablar, que sea porque lo necesitás.

Soltó una risa breve, seca.

—Eso es lo que más me asusta de vos —dijo—. Que no me pidas.

Se giró lentamente.

—Cuando te conocí —continuó—, pensé que eras frágil.

No lo dijo con desprecio. Lo dijo como quien admite un error de cálculo.

—¿Y ahora? —pregunté.

—Ahora sé que no —respondió—. Pero eso no cambia lo que soy yo.

El silencio se volvió espeso.

—No siempre fui así —dijo—. Controlado. Precavido. Obsesivo.

Esperé.

—Hubo un tiempo en que creía que amar era exponerse —continuó—. Confiar. Dejarse ver.

—¿Y qué pasó? —pregunté.

Sus ojos se oscurecieron.

—Aprendí que eso es una invitación al desastre.

Caminó hasta la mesa, apoyó los nudillos sobre la superficie, como si necesitara anclarse.

—No te voy a contar todo —advirtió—. No porque no confíe en vos. Sino porque hay cosas que, si las digo completas, cambian la forma en que alguien me mira. Para siempre.

—Ya cambió —respondí—. Varias veces.

Asintió apenas.

—Tenía a alguien —dijo—. Alguien que sabía cómo desarmarme.

El aire se tensó.

—No era débil —continuó—. No necesitaba que la protegiera. Eso fue lo que me confundió.

—¿Qué le pasó?

Su mandíbula se endureció.

—Murió.

La palabra cayó sin dramatismo. Justamente por eso dolió.

—No fue un accidente —añadió— Tampoco fue completamente culpa mía.

No pregunté. Sabía que esa frase no buscaba absolución.

—Creí que podía controlar la situación —continuó—. Que podía anticipar movimientos. Que podía proteger sin imponer.

Se rió otra vez, amarga.

—Me equivoqué.

Me levanté despacio. No para tocarlo. Solo para estar más cerca.

—¿Qué hiciste? —pregunté.

Me miró por primera vez.

—Elegí mal —respondió—. Y cuando quise corregirlo, ya era tarde.

—¿La perdiste por protegerla… o por no hacerlo?

El silencio fue largo.

—Por creer que sabía mejor que ella lo que necesitaba —dijo al fin.

La confesión me atravesó.

—Desde entonces —continuó—, no vuelvo a cometer el mismo error.

—¿Cuál?

—No dejar que nadie que me importe tenga margen de caída —respondió—. No confiar en que el mundo va a ser justo solo porque uno ama bien.

—Eso no es amor —dije en voz baja.

—No —admitió—. Es supervivencia.

Me apoyé contra la mesa frente a él.

—¿Y yo? —pregunté—. ¿Qué soy en todo esto?

No respondió de inmediato.

—Sos el punto donde todo eso se pone en duda —dijo—. Porque no reaccionás como espero. Porque no te quebrás donde debería doler más. Porque no te vas cuando te muestro lo peor.

—No te mostraste todo —respondí.

—No —admitió—. Pero lo suficiente como para que sepas que no hay final limpio acá.

—¿Creés que busco uno? —pregunté.

Me sostuvo la mirada.

—No —dijo—. Y eso me aterra más que cualquier enemigo.

El silencio volvió a envolvernos.

—No te cuento esto para que me entiendas —continuó— Te lo cuento porque, si seguís a mi lado, tenés que saber algo.

—¿Qué?

—Que cuando siento que puedo perderte… no reacciono bien —dijo— No me vuelvo tierno. No me vuelvo prudente.

—Te volvés peligroso —completé.

Asintió.

—Para otros —dijo— Y, a veces, para vos.

No lo negó. Eso fue lo más honesto de todo.

—No te voy a pedir que te quedes —añadió— Ni que confíes. Ni que perdones nada que todavía no pasó.

—Entonces ¿qué me estás pidiendo? —pregunté.

Se acercó un paso. Solo uno.

—Que no confundas mi control con cuidado —dijo— Y que no te mientas pensando que podés cambiarme sin costo.

—¿Y vos? —pregunté— ¿No te mentís pensando que podés protegerme sin destruir algo en el camino?

Me miró como si esa pregunta no tuviera respuesta.

—Por eso te lo digo ahora —respondió— Antes de que sea peor.

El silencio se volvió distinto. Más íntimo. Más incómodo.

—Gracias por decírmelo —dije al fin.

Parpadeó, sorprendido.

—¿Eso es todo?

—No —respondí— Pero es suficiente para entender algo.

—¿Qué?

Lo miré de frente.

—Que lo que sentimos no es seguro —dije— Pero es real. Y que si sigo acá, no va a ser porque no veo la oscuridad… sino porque decido mirarla sin cerrar los ojos.

Su respiración se volvió más lenta.

—Eso no te salva —dijo.

—Nunca quise que lo hiciera —respondí.

Nos quedamos así, frente a frente, sin tocarnos, sabiendo que el romance ya no era una promesa sino un riesgo asumido.

Y que a partir de ese momento, amarlo no significaba ignorar quién era, sino decidir si podía convivir con lo que no tenía arreglo.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.