No fue inmediato.
No le hablé apenas terminó de confesar. Tampoco me levanté para irme ni busqué refugio en el silencio. Me quedé ahí, sentada frente a él, dejando que lo que había dicho encontrara su lugar en mí. No como una herida nueva, sino como una verdad que ya estaba latente y que, al fin, había sido nombrada. Él esperó. Eso también fue nuevo.
—Si me quedo —dije al fin—, no va a ser como antes.
No me interrumpió.
—No voy a aceptar una protección que me borre —continué—. Ni decisiones tomadas en mi nombre sin que yo lo sepa. No porque no entienda el peligro, sino porque no quiero vivir como si ya hubiera perdido.
Su respiración se volvió más lenta.
—Eso te expone —dijo.
—Lo sé —respondí—. Justamente por eso es una condición.
Se giró hacia mí por completo. Su atención ya no estaba dividida. No había teléfonos. No había planes paralelos. Solo nosotros y ese espacio incómodo donde se toman decisiones que no tienen marcha atrás.
—Decime —pidió—. Exactamente qué querés.
Me levanté despacio y caminé hasta la ventana. No para escapar de su mirada, sino para ordenar la mía.
—Quiero saber cuándo cruzás límites —dije—. No después. Antes. Aunque no estés seguro. Aunque creas que me va a asustar.
—Eso no siempre es posible.
—Entonces no es negociable —respondí—. Porque si no lo es, lo que tenemos se convierte en otra forma de violencia.
El silencio fue denso. No hostil. Peligroso.
—¿Y si no te lo digo? —preguntó—. ¿Si decido que es mejor que no sepas?
Me giré hacia él.
—Entonces no me quedo —respondí—. No porque no te quiera. Sino porque no quiero convertirme en alguien que necesita no saber para sobrevivir.
Sus ojos se oscurecieron.
—Eso no es amor —dijo.
—No —coincidí—. Es lucidez.
Dio un paso hacia mí. Solo uno.
—No puedo prometerte que no voy a cruzar límites —dijo—. Eso sería mentirte.
—No te estoy pidiendo eso.
—¿Entonces qué?
—Que no me conviertas en la excusa para hacerlo —respondí—. Si vas a ensuciarte las manos, que sea porque lo elegís. No porque decís que es por mí.
La frase cayó pesada.
—Eso me deja solo con mis decisiones —dijo.
—Exacto.
Se pasó una mano por el rostro, visiblemente afectado.
—¿Entendés lo que estás pidiendo? —preguntó—. Me estás quitando el lugar donde siempre me escondí.
—Yo también me estoy quitando el mío —respondí—. El de la mujer que acepta porque tiene miedo de quedarse sola.
El silencio se estiró entre nosotros.
—Hay algo más —añadí.
Me miró con atención total.
—No quiero que me sigas sin decírmelo —dije—. Ni que pongas ojos donde no los veo. Ni que controles mis movimientos en nombre del cuidado.
—Eso es imprudente —respondió.
—Eso es confianza —repliqué—. Y si no puede existir, entonces no hay nada que salvar.
Se quedó quieto. Demasiado quieto.
—¿Y el enemigo? —preguntó—. ¿Qué pasa cuando vuelva a moverse?
—Entonces decidiremos juntos —respondí— No desde la urgencia. Desde la verdad.
—Eso puede matarte.
—Vivir anulada también.
Sus ojos se clavaron en los míos con una intensidad casi física.
—Estás pidiendo igualdad en un terreno que no lo permite —dijo.
—Estoy pidiendo agencia —respondí—. Aunque sea incómoda. Aunque sea peligrosa.
El silencio volvió a envolvernos.
—Si acepto esto —dijo al fin—, no voy a ser el mismo.
—Yo tampoco —respondí.
—Voy a fallar —añadió—. No una vez. Varias.
—Entonces no te quedes conmigo por promesas —dije— Quedate por decisión.
Caminó hasta mí. No me tocó. Se detuvo a centímetros, lo suficiente como para que el aire entre nosotros se volviera denso.
—No te quedes —dijo—. Si lo hacés, va a ser porque elegís el riesgo sabiendo que no hay garantías.
—Eso es exactamente lo que estoy eligiendo —respondí.
Cerró los ojos un instante. Breve. Controlado. Cuando los abrió, ya no había evasión.
—Acepto —dijo.
La palabra no fue un alivio. Fue un peso nuevo.
—Pero con una condición mía —añadió.
No retrocedí.
—Decime.
—Si siento que te voy a perder —dijo—, no prometo ser el hombre que estás negociando ahora.
—No te pido que lo seas —respondí—. Te pido que no mientas sobre eso.
Asintió lentamente.
—Entonces estamos entrando en algo que no se puede deshacer —dijo.
—Lo sé.
Nos miramos largo rato. No hubo beso. No hubo abrazo. Solo ese reconocimiento peligroso de que el vínculo ya no era inocente ni reparable. Era elegido.
Y, por primera vez, el amor no era una promesa de salvación, sino un acuerdo consciente con la oscuridad que ninguno de los dos podía negar.