La Deuda De Las Sombras

El trato

No llegó como una amenaza..Eso fue lo primero que entendí.

Llegó como una invitación cuidadosamente disfrazada de coincidencia, como si el mundo hubiera decidido alinearse solo para demostrarme que las decisiones nunca son completamente nuestras.

Salí del edificio a media tarde. El cielo estaba gris, sin dramatismo. La ciudad seguía funcionando con esa indiferencia cruel que tiene cuando algo importante está a punto de ocurrirle a una sola persona.

Mi teléfono vibró. Número desconocido. No lo abrí de inmediato. Ya había aprendido que el silencio también es una respuesta. Volvió a vibrar. Esta vez, un mensaje.

No te voy a escribir otra vez.
Si no respondés, igual voy a asumir que leíste.

Me detuve en la vereda, sin mirar alrededor.

Café Roma.
Diecisiete treinta.
No es una emboscada.

Sentí el pulso acelerarse, pero no retrocedí. No me decía qué quería. No me decía por qué yo. Eso era lo más inquietante. Guardé el teléfono.

No fui de inmediato. Caminé dos cuadras más. Necesitaba pensar sin moverme hacia ningún lado. Necesitaba confirmar algo dentro de mí antes de aceptar cualquier cosa. Podría haberle avisado a él. Podría haberlo llamado. Podría haberle entregado esto y lavarme las manos.

Pero el mensaje no estaba dirigido a nosotros. Estaba dirigido a mí. Llegué al café cinco minutos tarde a propósito. No por estrategia, sino por necesidad. El lugar estaba casi vacío. Dos mesas ocupadas. Una camarera limpiando distraída. Música baja.

Él estaba sentado junto a la ventana. No levantó la mano. No sonrió. Solo alzó la vista cuando me acerqué, como si hubiera sabido exactamente cuándo iba a entrar.

—Gracias por venir —dijo.

No me senté de inmediato.

—No dije que me iba a quedar —respondí.

—Lo sé —asintió—. Por eso elegí este lugar. Siempre hay salidas.

Me senté frente a él. No pedí nada. Lo observé con atención. No tenía nada de extraordinario. Ni atractivo llamativo ni gestos grandilocuentes. Su peligro no estaba en lo visible. Estaba en la forma en que ocupaba el espacio sin esfuerzo.

—No voy a fingir cortesía —dijo— No te llamé para eso.

—Entonces hablá —respondí.

Apoyó los codos sobre la mesa, entrelazó los dedos.

—Él cruzó una línea —dijo— Y no me refiero a mí.

No reaccioné.

—Lo que hizo hoy —continuó— fue elegante. Inteligente. Pero torpe.

—¿Torpe? —pregunté.

—Porque te dejó expuesta —respondió—. Y eso cambia el juego.

—¿Ese es el trato? —pregunté—. ¿Advertirme?

Sonrió apenas.

—No —dijo—. Eso sería perder el tiempo.

Se inclinó un poco más hacia mí.

—El trato es simple —continuó— Yo me retiro.

Sentí el impacto como un golpe silencioso.

—¿Así de fácil? —pregunté.

—Para vos, sí —respondió—. Para él, no.

—¿Qué querés a cambio?

No dudó.

—Quiero que te vayas.

El aire se volvió denso.

—No de la ciudad —aclaró—. De su radio.

—Eso no depende solo de mí.

—Sí —respondió—. Depende únicamente de vos.

—¿Por qué? —pregunté—. ¿Por qué yo?

Me miró como si la respuesta fuera obvia.

—Porque sos el punto donde él deja de ser preciso —dijo— Y yo no negocio con hombres que fallan.

—No soy una pieza intercambiable —respondí.

—No —coincidió— Sos la única pieza que importa.

La frase me heló.

—Si te vas —continuó— yo desaparezco de tu vida. De la suya. No vuelvo a escribir. No vuelvo a observar. No vuelvo a mover nada.

—¿Y si no lo hago?

Su expresión no cambió.

—Entonces voy a seguir —respondió— No con ataques. No con ruido. Con paciencia.

—Eso es una amenaza.

—No —negó—. Es una descripción.

Me incliné hacia atrás, procesando.

—¿Por qué ofrecerme esto? —pregunté—. Podrías simplemente seguir.

—Porque no quiero destruirte —dijo—. Y porque todavía no te perdiste.

—No me conocés.

—Lo suficiente —respondió—. Te quedaste cuando era más fácil irte. Pusiste condiciones cuando habría sido más seguro obedecer. Y ahora estás acá.

El silencio se extendió entre nosotros.

—No te estoy pidiendo que lo traiciones —añadió—. Te estoy dando la oportunidad de elegir sin cadáveres emocionales.

—¿Y él? —pregunté—. ¿Qué pasa con él si me voy?

—Sobrevive —respondió—. Como siempre. Solo que sin vos.

La frase dolió más de lo que esperaba.

—¿Y si le cuento esto? —pregunté.

Sonrió por primera vez. No fue amable.

—Entonces no hay trato —dijo— Porque si se entera antes de que decidas, va a intentar protegerte. Y cuando él protege las cosas se rompen.

—Me estás pidiendo que mienta.

—Te estoy pidiendo que calles —corrigió— Hay una diferencia enorme.

Me levanté despacio.

—No te voy a dar una respuesta ahora —dije.

—No la quiero ahora —respondió—. La quiero antes de que él vuelva a cruzar otra línea.

—¿Cuánto tiempo?

Se puso de pie también.

—Hasta mañana —dijo—. Después de eso, asumo que elegiste quedarte.

—¿Y si no respondo?

—Entonces el trato se cae —respondió—. Y yo dejo de ser considerado.

Nos quedamos frente a frente un segundo largo.

—No sos una víctima —dijo en voz baja— Sos el equilibrio.

—No te pedí que me cargaras con eso.

—Lo sé —respondió— Por eso te doy la opción.

Salí del café sin mirar atrás. La ciudad seguía ahí. Igual que siempre. Pero yo ya no lo estaba. Porque ahora tenía algo que nunca había tenido desde que todo empezó: Una elección real. Una que no salvaba a todos. Una que no era limpia. Una que me obligaba a decidir a quién estaba dispuesta a perder.

Y supe, con una claridad que me asustó, que el verdadero peligro no era el enemigo. Era lo que estaba dispuesta a ocultar…
por amor.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.