No le conté. Ni esa noche..Ni a la mañana siguiente.
No porque no quisiera, sino porque cada vez que abría la boca para hacerlo, algo en mí se detenía. No era miedo a su reacción. Era la certeza de que, una vez pronunciadas, las palabras ya no podrían volver atrás.
El trato seguía ahí, intacto, ocupando un espacio silencioso dentro de mí..Salí de la habitación y lo encontré en la cocina, apoyado contra la mesada, con el celular en la mano. No estaba leyendo. Estaba esperando.
—Llegaste tarde —dijo.
No fue un reproche. Fue una observación.
—Me quedé caminando —respondí— Necesitaba aire.
Asintió apenas, pero algo en su mirada se afiló.
—¿Todo bien?
—Sí.
La respuesta fue correcta..El tono también. Pero no fue suficiente. Sirvió café en dos tazas. Me alcanzó una. Nuestros dedos se rozaron apenas y sentí esa descarga familiar, incómoda, que ya no sabía si asociar al deseo o a la alerta.
—Hoy estuviste distinta —dijo.
Bebí un sorbo antes de responder.
—¿Distinta cómo?
—Más quieta —respondió—. Como si estuvieras pensando demasiado… y diciendo poco.
El comentario me atravesó con precisión quirúrgica.
—Estoy cansada —dije—. Todo esto agota.
—Sí —admitió—. Pero no es ese tipo de cansancio.
Levanté la vista.
—¿Entonces?
—El que aparece cuando alguien carga algo solo —dijo.
No negué. Tampoco confirmé..Ese fue mi primer error.
—¿Pasó algo hoy? —preguntó.
—No.
La palabra cayó limpia. Demasiado limpia.
Dejó la taza sobre la mesa con cuidado excesivo.
—No me mientas —dijo—. Te lo pedí como condición.
—No te mentí —respondí—. No dije nada que no fuera cierto.
Me miró largo rato. Su silencio fue más inquietante que cualquier acusación.
—Eso es nuevo —dijo—. Antes, cuando algo te inquietaba, lo compartías aunque doliera.
—Antes no tenía que elegir qué dolía más —respondí.
Su mandíbula se tensó.
—¿Qué estás eligiendo ahora?
—Todavía no lo sé —dije—. Y no voy a decidir bajo presión.
—No te estoy presionando.
—Estás observando —respondí—. Y eso también pesa.
El silencio se volvió espeso. Durante el día, lo sentí distinto. No más controlador. Más atento. Como si algo hubiera alterado su mapa interno y ahora buscara confirmar una falla que todavía no podía nombrar. Me observaba cuando creía que yo no lo veía. Escuchaba mis silencios. Medía mis pausas.
Y yo, por primera vez, le ocultaba algo a propósito. No era traición. Era protección mal entendida. Esa noche, mientras me duchaba, escuché el sonido inconfundible de un mensaje entrante. No el mío. El suyo..Salí envuelta en la toalla, el vapor aún llenando el baño.
—¿Quién era? —pregunté, intentando sonar casual.
Levantó la vista del teléfono.
—Una alerta —respondió—.Nada importante.
Lo supe entonces. No era verdad. Se acercó despacio.
—¿Estás segura de que no pasó nada hoy? —volvió a preguntar.
—Sí.
Esta vez, la palabra pesó más. No dijo nada. Se limitó a asentir. Pero esa noche, cuando apagó las luces y se acostó a mi lado sin tocarme, entendí que la sospecha ya había echado raíces. No me abrazó. No me reclamó. Hizo algo peor. Me dio espacio. A la mañana siguiente, mientras me vestía, sentí su mirada en mi espalda.
—Soñé algo raro —dijo.
—¿Qué cosa?
—Que estabas negociando algo —respondió— Y que yo llegaba tarde.
Me giré lentamente.
—Los sueños no significan nada —dije.
—A veces sí —respondió— A veces son intuiciones que no queremos escuchar despiertos.
Me acerqué, apoyé la frente contra su pecho un segundo. Lo suficiente para sentir su respiración.
—Confío en vos —dije.
La frase fue sincera. Pero incompleta. Y él lo supo.
—Yo también —respondió—. Pero algo cambió.
—Todo cambia —dije.
—No así —replicó—. No cuando el silencio empieza a organizarse.
Se apartó, tomó el saco.
—Voy a salir —dijo—. Necesito confirmar algo.
El corazón me dio un vuelco.
—¿Qué cosa?
Me miró, directo.
—Si alguien se te acercó —respondió—. Y si ese alguien cree que puede usar tu silencio como ventaja.
La puerta se cerró tras él. Me quedé sola, con el eco de una decisión que todavía no había tomado y con la certeza de que el tiempo que me habían dado para elegir se estaba agotando..Porque ahora había tres fuerzas en juego.
El enemigo, esperando mi respuesta.
Él, siguiendo una intuición que rara vez fallaba. Y yo, sosteniendo un secreto que empezaba a doler más que la verdad. Y supe que, muy pronto, amarlo iba a exigirme algo más que quedarme.