No discutimos..Eso fue lo más inquietante.
Después de lo que dijo, después de esa frase que dejó flotando como una amenaza silenciosa —“lo que más me preocupa es que te quedes habiéndome mentido”—, no levantó la voz ni exigió respuestas. Hizo algo mucho más peligroso.
Se acercó. No invadió mi espacio de golpe. No me arrinconó. Se detuvo a una distancia mínima, calculada, esa que obliga al cuerpo a reaccionar antes que a la mente. Pude sentir su respiración, el calor contenido, la tensión que no buscaba estallar.
—Mírame —dijo.
Lo hice. Sus ojos no estaban furiosos. Estaban atentos. Demasiado. Como si me estuviera leyendo entre líneas, buscando en mis microgestos lo que yo me negaba a poner en palabras.
—No te voy a pedir que me digas todo —continuó— Porque ya sé que no lo vas a hacer.
Tragué saliva.
—Entonces no me interrogues —respondí.
—No lo estoy haciendo —dijo—. Estoy marcando un límite.
—¿Cuál?
Se inclinó apenas, lo suficiente para que su voz fuera más baja.
—Que no me uses como refugio mientras negociás mi ausencia.
La frase me atravesó con una precisión cruel.
—No estoy negociando nada —repliqué—. Estoy tratando de sostener lo que tenemos sin que se destruya.
—Eso es exactamente una negociación —respondió—. Solo que no conmigo.
El silencio se tensó entre nosotros.
—¿Sabés qué es lo que más me perturba? —preguntó.
No respondí.
—Que no estás huyendo —continuó—. Estás quedándote con una puerta abierta.
—Eso se llama cautela.
—No —negó— Se llama preparación.
Di un paso atrás. Él no avanzó. Eso también fue deliberado.
—No te pedí exclusividad ciega —dije— Te pedí verdad compartida.
—Y yo te la di —respondió— Vos no.
—No toda la verdad es segura —repliqué.
—Para quién —preguntó—. ¿Para vos o para mí?
No supe qué decir. El silencio se volvió físico.
—Decime algo —dijo— Solo una cosa.
—¿Qué?
—¿Te pidió que te fueras ahora o te dio tiempo?
Cerré los ojos un segundo. Ese segundo fue suficiente. Su mano se apoyó en la pared junto a mi cabeza. No me tocó. No necesitó hacerlo.
—Tiempo —repitió—. Te dio tiempo.
—No lo acepté —dije.
—Todavía —respondió.
Abrí los ojos.
—No me voy a irme sin hablarlo —dije—. No soy capaz de eso.
—Eso no es lo que me inquieta —dijo— Me inquieta que creas que hablarlo va a impedirlo.
El aire se volvió denso, cargado.
—¿Querés que te diga por qué no me lo contaste todo? —pregunté.
—Sí.
—Porque si lo hacía, me ibas a pedir algo que no sé si puedo darte.
—¿Qué cosa?
—Que elija sin matices —respondí—. Que cierre la puerta sin mirar atrás.
Sus ojos se oscurecieron.
—Cuando se ama —dijo— se elige.
—No siempre —repliqué—. A veces se resiste.
—Eso no es amor —respondió—. Es miedo a perder.
—¿Y vos? —pregunté— ¿No tenés miedo?
Su mano se cerró lentamente sobre la pared.
—Todos los días —admitió—. Pero yo no negocio con eso.
Me acerqué un paso. Esta vez fui yo.
—Yo sí —dije— Porque sé lo que pasa cuando alguien cree que solo hay una salida.
Nuestros cuerpos estaban demasiado cerca. No había contacto, pero el deseo era evidente, incómodo, peligroso.
—No me mires así —dijo en voz baja—. No ahora.
—¿Por qué? —pregunté.
—Porque si lo hacés —respondió—, voy a olvidarme de ser prudente.
—Nunca lo sos del todo.
—Con vos intento serlo —admitió— Y eso ya es un riesgo.
El silencio volvió a cerrarse sobre nosotros.
—No voy a obligarte a decirme todo —dijo al fin—. Pero tampoco voy a fingir que no lo sé.
—¿Qué sabés? —pregunté.
—Que alguien te ofreció una salida —respondió— Y que una parte de vos está tentada.
—Eso no significa que vaya a tomarla.
—Significa que ya no puedo protegerte como antes —dijo— Porque no sé de qué lado del límite estás parada.
—Estoy acá —respondí— Eso debería bastar.
—No para mí.
Se apartó finalmente. Dio un paso atrás. El espacio entre nosotros se abrió como una herida.
—Esta noche —dijo—, dormimos separados.
Sentí el golpe en el pecho.
—No como castigo —añadió—. Como contención.
—¿Para quién?
—Para los dos —respondió— Porque si seguimos así vamos a cruzar algo que no se puede deshacer.
Asentí despacio.
—No te voy a mentir —dije— Pero tampoco voy a entregarte una verdad que todavía estoy procesando.
Me sostuvo la mirada.
—Eso me deja en un lugar peligroso —dijo.
—A mí también —respondí.
Se giró y caminó hacia la habitación sin mirar atrás.
Me quedé sola en el living, con el peso de una confrontación que no había resuelto nada pero que había dejado algo claro..El deseo seguía ahí. El amor también. Pero ahora estaban atravesados por algo nuevo y corrosivo.
La certeza de que amar no siempre significa decirlo todo, y que el verdadero peligro no era irme, sino quedarme sabiendo que una sola verdad más podría romperlo todo.