La Deuda De Las Sombras

La regla que decidí romper

La regla no estaba escrita.

No había sido dicha en voz alta, tampoco impuesta con amenazas. Era una de esas normas que se entienden sin necesidad de palabras, porque nacen del silencio compartido después de una discusión que no se cerró.

No salgas sola.
No respondas.
No avances.

No hoy..No ahora. Y, sin embargo, lo hice.

No fue impulsivo. Eso es lo que más me duele admitir. No actué desde el pánico ni desde el desafío. Actué desde una calma extraña, esa que aparece cuando el cuerpo entiende que ya no puede seguir obedeciendo sin romperse. Esperé a que se fuera.

No me avisó cuándo volvería. Tampoco me pidió que lo esperara despierta. Se limitó a mirarme con esa intensidad contenida que había aprendido a reconocer como una advertencia silenciosa.

—No te muevas —dijo—. Hoy no.

Asentí. Y mentí. Me vestí despacio, como si cada prenda fuera una decisión que pesaba más que la anterior. No elegí nada llamativo. No quise sentirme otra persona. Quise sentirme yo, aunque ya no supiera exactamente quién era sin su mirada encima. El teléfono vibró cuando cerré la puerta. Número desconocido. No lo abrí. Caminé.

No pedí auto. No avisé a nadie. Elegí calles que conocía, rutas que había recorrido mil veces antes de que mi vida empezara a organizarse alrededor de sus horarios y sus precauciones.

Sentía el pulso en las sienes, pero no miedo. Lo que sentía era determinación, y eso me asustó más que cualquier amenaza. Llegué al lugar sin detenerme. El café no era el mismo de antes. Este era más chico, más discreto, casi anónimo. Él ya estaba allí. No se levantó cuando me vio entrar. Sonrió apenas.

—Rompiste una regla —dijo.

No me senté.

—No vine a negociar —respondí—. Vine a terminar esto.

—Eso también es una forma de negociación —replicó—. Solo que ahora llegás tarde.

Me senté frente a él. Sentí el peso inmediato de la decisión cayendo sobre mis hombros.

—Mañana no te voy a dar una respuesta —dije—. Ni sí ni no.

Alzó una ceja.

—Eso no estaba entre las opciones.

—Ahora lo está —respondí—. Porque no voy a decidir bajo presión. Ni tuya ni de nadie.

Su mirada se afiló.

—Él no va a verlo así.

—No estoy hablando de él —dije—. Estoy hablando de mí.

Se inclinó un poco hacia adelante.

—¿Sabés qué acabás de hacer? —preguntó.

—Sí —respondí—. Rompí el equilibrio que estaban usando para moverme.

—Y también rompiste algo más —añadió—. La confianza.

—La confianza se rompe cuando se manipula —repliqué—. No cuando se elige.

El silencio se tensó.

—Te fuiste sin decirle —dijo—. Eso no fue casual.

—No —admití—. Fue necesario.

—Porque sabías que iba a impedirlo.

—Porque sabría que iba a hacerlo por mí —respondí—. Y no puedo permitirlo.

Su sonrisa desapareció.

—Él no va a perdonarte esto.

—No vine a pedir perdón —dije—. Vine a dejar claro algo.

Me incliné hacia adelante.

—No soy tu salida ni tu excusa —continué—. Y tampoco soy su punto débil.

—Eso es una ilusión —respondió—. Ya sos ambas cosas.

Me puse de pie.

—Entonces terminemos con las ilusiones —dije— No me voy. No hoy. No mañana. Pero tampoco voy a ser usada como reloj para medir quién avanza más rápido.

—¿Creés que eso te protege?

—No —respondí—. Pero me devuelve algo que estaba perdiendo.

—¿Qué cosa?

Lo miré a los ojos.

—Mi decisión.

Salí del café sin mirar atrás. El aire nocturno me golpeó el rostro como un recordatorio brutal de lo que acababa de hacer. No tenía dudas: había cruzado una línea que él me había pedido no cruzar.

Cuando llegué al departamento, él estaba allí.nSentado. Esperando. No dijo nada cuando me vio entrar. No se levantó. No preguntó dónde había estado. Su silencio era tan denso que dolía. Cerré la puerta con cuidado.

—Rompiste la única regla que te pedí —dijo al fin.

—Lo sé —respondí.

—¿Por qué?

—Porque no podía seguir obedeciendo sin desaparecer —dije— Y porque, si iba a perder algo, necesitaba saber que lo hacía eligiendo.

Se puso de pie lentamente.

—No te seguí —dijo—. No te detuve. No intervení.

—Lo sé.

—Pero ahora —continuó—, ya no puedo protegerte de la forma en que lo estaba haciendo.

—Nunca te pedí protección absoluta —respondí— Te pedí que no me anularas.

Se acercó. Esta vez sí invadió mi espacio. No me tocó, pero lo sentí en cada músculo.

—¿Te encontraste con él? —preguntó.

No mentí.

—Sí.

Cerró los ojos un segundo.

—Entonces ya no hay reglas —dijo—. Solo consecuencias.

—Las acepto.

Abrió los ojos. Su mirada era oscura, profunda, peligrosa.

—Eso decís ahora —respondió— Pero a partir de este momento, todo lo que haga va a ser para no perderte.

—Eso no es una promesa —susurré— Es una advertencia.

—Exacto —dijo— Y vos decidiste escucharla tarde.

El silencio se cerró sobre nosotros como un pacto no pronunciado. Porque yo había roto una regla. Y él acababa de aceptar que el control ya no bastaba. Y en ese espacio nuevo sin normas claras, sin salidas limpias, el amor dejó de ser refugio. Se convirtió en riesgo.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.