No se lo dije. Esa fue la primera decisión consciente que tomé después de romper la regla. No fue cobardía. Tampoco cálculo frío. Fue algo más oscuro: la certeza de que, si le decía que el ultimátum ya no era una posibilidad sino una cuenta regresiva real, él dejaría de contenerse. Y yo ya había visto lo que pasaba cuando él decidía no contenerse. Se movía distinto esa noche.
No más cerca, no más lejos. Más enfocado. Como si algo se hubiera alineado dentro de él y ahora cada gesto tuviera un propósito definido. No me preguntó nada más. No volvió a mencionar el café. No exigió detalles.
Eso fue lo más inquietante. Cenamos en silencio. No incómodo, sino expectante. El tipo de silencio que se instala cuando dos personas saben que están ocultándose cosas distintas… y ninguna está lista para ceder.
—Voy a salir —dijo al levantarse—. No vuelvo tarde.
—¿Adónde vas? —pregunté.
Me miró un segundo de más.
—A cerrar un frente.
No insistí. Ese fue mi error. Cuando la puerta se cerró detrás de él, el teléfono vibró casi de inmediato. Como si alguien hubiera estado esperando ese exacto momento. Número desconocido..No dudé en abrirlo.
Veo que hablaste. No de todo..Eso era esperable.
Sentí un escalofrío.
No te escribo para presionarte. Te escribo porque él acaba de cometer un error.
Mis dedos se tensaron alrededor del teléfono.
Creyó que podía adelantarse.
Y eso siempre acelera las cosas.
Respiré hondo.
Tenés hasta mañana al mediodía. Después de eso, ya no voy a necesitar tu respuesta.
El mensaje terminó con una frase que me heló la sangre:
Porque cuando los hombres como él enfrentan directamente lo que creen controlar.alguien pierde algo.
Bloqueé la pantalla. No le escribí a él. No lo llamé. Me quedé sentada en el living, mirando la puerta por la que había salido, con la certeza brutal de que estábamos avanzando en direcciones opuestas sin saberlo. Él no fue al lugar que yo hubiera imaginado.
No eligió la discreción..No eligió intermediarios. Eligió la confrontación directa..El encuentro fue breve. No hubo amenazas explícitas ni escenas grandilocuentes. Dos hombres sentados frente a frente, midiendo fuerzas sin levantar la voz.
—Te estás adelantando —dijo el enemigo— Eso suele ser señal de apego.
—No confundas apego con determinación —respondió él—. Te estás moviendo alrededor de algo que no te pertenece.
—Nunca dije que me perteneciera —replicó el otro—. Dije que podía influir.
—Eso se termina hoy.
El enemigo sonrió.
—No —dijo—. Hoy se acelera.
Él no preguntó por mí. No necesitó hacerlo.
—Te dio un plazo —dijo—. Y vos lo acortaste.
—No voy a permitir que la uses como variable —respondió él.
—Ya lo es —replicó el enemigo—. La diferencia es que vos creés que todavía podés sacarla del juego.
Se inclinó un poco hacia adelante.
—Ella no te dijo todo, ¿verdad?
El silencio fue mínimo. Pero suficiente.
—Eso pensé —añadió—. Porque si te hubiera dicho cuánto tiempo queda… no estarías acá.
Él se levantó despacio.
—Esto termina ahora —dijo.
—No —respondió el enemigo con calma— Esto termina cuando ella elija. Y si no lo hace elijo yo.
Volvió de madrugada. Lo supe apenas cruzó la puerta. No estaba furioso. No estaba alterado..Estaba peligroso de otra forma: demasiado claro.
—¿Dormiste? —preguntó.
Negué.
—Yo tampoco —respondió—. Pero ya entendí algo.
Me senté frente a él.
—¿Qué cosa?
—Que hay información que no tengo —dijo—. Y que no es casual.
Sentí el corazón latirme en la garganta.
—No te oculté nada importante —dije.
No era del todo mentira. Pero tampoco era verdad.
—No —admitió—. Me ocultaste lo urgente.
Me observó largo rato.
—No sé qué te pidió exactamente —continuó—. Pero sí sé esto: el tiempo se acortó.
No respondí.
—Y sé algo más —añadió—. No me lo dijiste porque sabías que yo iba a reaccionar.
—No quería que te expusieras —susurré.
—Eso ya pasó —respondió—. En el momento en que aceptaste escuchar.
El silencio se cerró entre nosotros.
—¿Cuánto tiempo? —preguntó.
Lo miré. Y por primera vez desde que todo empezó, no supe si decir la verdad nos salvaría o nos destruiría.
—No lo sé —mentí.
Asintió lentamente.
—Entonces estamos peor de lo que pensaba —dijo.
Se levantó y tomó su saco.
—Porque ahora no solo estoy enfrentando a alguien que quiere apurarte…
estoy enfrentando la posibilidad de perderte sin que me dejes pelear.
—No quiero que nadie pierda —dije.
Se detuvo en la puerta y me miró.
—Eso ya no depende de vos —respondió—. Depende de lo que decidas callar.
La puerta se cerró. Me quedé sola con el teléfono en la mano.y con un ultimátum que seguía corriendo mientras el hombre que amaba avanzaba sin saberlo..Y entendí, demasiado tarde, que había creado el escenario perfecto para una tragedia íntima:
Él, dispuesto a destruir al enemigo. El enemigo, dispuesto a acelerar. Y yo, sosteniendo una verdad que podía incendiarlo todo.