No me gritó. Eso fue lo primero que entendí cuando finalmente se enteró.
La ausencia de gritos fue peor que cualquier explosión. Estábamos en la cocina. Yo apoyada contra la mesada, él de pie frente a la ventana, de espaldas. Había vuelto hacía apenas unos minutos, con ese silencio denso que traía consigo cuando algo no había salido como esperaba.
—Decímelo otra vez —dijo.
Su voz era baja. Demasiado estable.
—No es lo que pensás —respondí.
Se giró lentamente.
—No te pedí que lo justifiques —dijo— Te pedí que lo repitas.
Tragué saliva.
—Mañana al mediodía —dije—. Ese era el plazo.
El aire se volvió irrespirable. No se movió. No cambió de expresión.
Solo me miró. Y en esa mirada supe que algo se había quebrado de forma definitiva.
—¿Mañana? —repitió.
Asentí.
—¿Y pensabas decírmelo cuándo? —preguntó.
No respondí. Ese silencio fue la detonación. No levantó la voz. No golpeó nada. Hizo algo mucho más peligroso: dejó de cuidarse delante de mí.
Avanzó un paso.
—Todo este tiempo —dijo—, cada silencio tuyo, cada duda, cada mirada esquiva…
todo esto no era indecisión.
—Era miedo —susurré.
—No —corrigió—. Era cálculo.
La palabra me hirió.
—No quise que te expusieras —dije—. No quise que reaccionaras así.
—¿Así cómo? —preguntó— ¿Como un hombre al que le dicen que el tiempo se terminó mientras dormía a su lado?
Se acercó más. Demasiado.
—¿Sabés qué es lo que más me enfurece? —continuó— No que lo hayas escuchado.
No que hayas dudado.
Bajó la voz.
—Que decidiste cuándo yo podía saberlo.
Sentí el cuerpo tensarse entero.
—No confiabas en mí —dijo— Confiabas en tu silencio.
—Confiaba en que podía sostenerlo —respondí— En que podía evitar que todo explotara.
Sonrió. Pero no fue una sonrisa real.
—Eso es lo que nunca entendiste —dijo— Yo no exploto. Yo avanzo.
Se apartó de golpe y empezó a caminar por la cocina, como un animal enjaulado que acaba de darse cuenta de que la jaula ya no es suficiente.
—Mañana al mediodía… —repitió—. ¿Y qué ibas a hacer si yo no reaccionaba como querías?
—No había un “quería” —respondí—. Había una necesidad.
Se detuvo frente a mí de repente.
—No vuelvas a decidir por mí —dijo—. No vuelvas a protegerme de algo que me pertenece.
—Esto no te pertenece —repliqué—. Es mi vida.
—Y yo estoy en ella —respondió—. Te guste o no, lo estoy. Y cuando alguien te pone un reloj encima, ese reloj también empieza a correr para mí.
El silencio se volvió insoportable.
—¿Sabés qué vio cuando te dio ese plazo? —preguntó.
—No.
—Mi límite —dijo—. Y apostó a que vos lo ibas a sostener.
—No lo estoy sosteniendo —respondí—. Te lo estoy diciendo ahora.
—Tarde —replicó—. Me lo estás diciendo cuando ya no tengo margen.
Se acercó hasta quedar frente a mí. Su presencia era abrumadora.
—No me mires así —susurré.
—¿Así cómo?
—Como si ya hubieras decidido algo sin mí.
Su mano se apoyó en la mesada, a mi lado.
—Eso es exactamente lo que hiciste vos —dijo— Y ahora pretendés que yo siga siendo el mismo.
Respiré hondo.
—No quiero perderte —dije.
La frase salió rota. Su expresión cambió apenas. Lo suficiente como para mostrar algo peligroso.
—Eso ya no es lo que está en juego —respondió— Lo que está en juego es qué vas a perder para quedarte.
—No quiero elegir entre vos y mi libertad.
—No lo hagas —dijo— Elegí entre quedarte… o seguir creyendo que podés escapar sin consecuencias.
El teléfono vibró sobre la mesa. Ambos lo miramos. No hizo falta tocarlo.
—Ya lo sabe —dijo él— Sabe que te lo dije.
—No —susurré—. No sabe nada.
Me miró con una intensidad que me dejó sin aire.
—No importa —respondió— Porque a partir de ahora… el plazo ya no es suyo.
—¿Qué significa eso?
Se enderezó. Su postura era otra. Más cerrada. Más peligrosa.
—Significa que no voy a esperar al mediodía —dijo— Y que no voy a pedirte que elijas.
—Eso es exactamente lo que él quiere —respondí.
—No —negó— Él quiere verme perder el control.
Se inclinó hacia mí.
—Y lo que no entiende… —susurró—
es que cuando yo dejo de controlar, nadie sale ileso.
El silencio cayó como una sentencia. Porque supe que había ido demasiado lejos.
Que el tiempo que había ocultado ya no podía devolverse. Y que el hombre frente a mí ya no estaba conteniendo nada.
No por rabia.
No por celos.
Sino porque el amor había dejado de ser un límite y se había convertido en un detonante.