Lo supe antes de que se moviera.
Hay decisiones que no se anuncian con palabras, sino con un cambio casi imperceptible en el cuerpo. En la forma en que los hombros se tensan, en cómo la respiración se vuelve exacta, medida, como si el aire ya no fuera algo que se toma, sino algo que se administra.
—No vayas —dije.
Mi voz sonó más firme de lo que me sentía. Él no se giró. Se limitó a ponerse el saco con una calma que me heló la sangre.
—No puedo quedarme —respondió—. Y ya no puedo esperar.
—Esto no va a terminar bien —dije—. Para nadie.
—Nunca lo hace —replicó—. Solo termina.
Me acerqué rápido, antes de que pudiera cruzar la puerta. Le tomé el brazo. Fue un gesto instintivo, desesperado, cargado de una intimidad que dolía.
—Por favor —susurré—. No así.
Se detuvo. Por un segundo creí que había funcionado. Giró apenas la cabeza. Su mirada no estaba dura. Estaba clara. Y eso fue peor.
—Si me quedo —dijo—, lo único que voy a hacer es postergar lo que ya empezó.
—No tenés que demostrar nada —repliqué— No tenés que salvarme.
Se giró del todo y me miró de frente.
—No estoy intentando salvarte —dijo— Estoy evitando perderte por indecisión.
—Esto no es indecisión —respondí— Es miedo.
—Exacto —asintió— Y alguien ya decidió usarlo.
Apreté más fuerte su brazo.
—No te vayas —repetí—. Si cruzás esa línea, no hay vuelta atrás.
Su mano cubrió la mía con una presión suave, definitiva.
—Para mí ya no la hay.
—Entonces dejame ir con vos —dije—. No me dejes afuera de esto.
Negó lentamente.
—Eso es lo único que no voy a hacer —respondió—. Porque lo que voy a decidir… no es algo que deba tocarte.
—Ya me toca —dije— Todo esto me toca.
Su expresión se quebró apenas. Un instante. Lo suficiente para recordarme que no era un monstruo, sino un hombre enamorado en el peor momento posible.
—No —dijo— Lo que voy a hacer ahora es para que no vuelva a tocarte.
Soltó mi mano con cuidado, como si temiera romper algo frágil. Caminó hasta la puerta. Yo lo seguí, incapaz de quedarme quieta.
—Si salís por esa puerta —dije— perdemos algo.
Se detuvo con la mano en el picaporte.
—Lo sé —respondió— Pero si no salgo lo perdemos todo.
La puerta se cerró. Y yo entendí, con una lucidez devastadora, que había fracasado. No supe adónde fue. Eso también fue parte de la decisión. No eligió lugares previsibles ni rutas conocidas. Eligió el terreno donde él tenía ventaja y el otro no. Donde las palabras importan menos que las consecuencias.
La confrontación no fue larga. No hubo discursos ni amenazas explícitas. Hubo algo mucho más peligroso: certezas dichas en voz baja.
—Se terminó —dijo él.
—No —respondió el enemigo— Apenas empezó.
—No para vos.
El otro sonrió.
—¿Creés que podés detener el reloj?
—No —respondió—. Puedo romperlo.
El silencio cayó.
—Ella no te pertenece —dijo el enemigo.
—Nunca dije que lo hiciera —respondió él— Pero tampoco te pertenece a vos.
—Entonces vas a destruir todo por una posibilidad.
—No —corrigió—. Voy a destruir la posibilidad de que la uses.
La decisión se tomó ahí. No fue impulsiva. No fue rabiosa. Fue irreversible. Volvió de madrugada. Lo supe apenas entró. No traía olor a alcohol ni señales visibles de pelea. Traía algo peor: quietud. Esa calma que solo aparece cuando algo ya fue hecho y no se piensa deshacer.
—¿Qué hiciste? —pregunté.
No me evitó la mirada.
—Lo necesario —respondió.
—¿Terminó?
—Sí.
El corazón me dio un vuelco.
—¿Cómo?
—No preguntes eso —dijo— No es una respuesta que te vaya a servir.
Me acerqué despacio.
—¿Y ahora qué? —susurré.
Se quitó el saco, lo dejó sobre la silla. Se sentó frente a mí.
—Ahora —dijo—, el plazo ya no existe.
—¿Y el enemigo?
—Ya no tiene margen —respondió—. Ni con vos. Ni conmigo.
—Eso no suena a final —dije.
—No lo es —admitió— Es una clausura.
El silencio nos envolvió.
—Intenté detenerte —dije.
—Lo sé.
—Y fallé.
—No —respondió— Hiciste lo único que podías hacer sin traicionarte.
Lo miré, con el pecho apretado.
—¿Qué perdimos? —pregunté.
Tardó en responder.
—La posibilidad de fingir que esto tenía salidas limpias —dijo al fin— Y la inocencia de creer que el amor siempre protege.
—¿Y qué ganamos?
Se inclinó un poco hacia mí.
—Verdad —respondió— Aunque sea incómoda.
—¿Cuál?
—Que a partir de ahora —dijo—, no hay reglas externas. Solo decisiones que nos van a marcar.
Me sostuvo la mirada.
—Y yo ya tomé la mía.
El silencio cayó definitivo. Porque entendí que él había avanzado sin mí y, aun así, todo lo que había hecho era por mí. Y que ahora, el verdadero conflicto no era el enemigo, ni el plazo, ni el trato..Era aceptar que amarlo significaba vivir con lo que había decidido. Y que ya no podía fingir que no lo sabía.