La Deuda De Las Sombras

Después de lo que hizo

No dormimos.

No porque no pudiéramos, sino porque dormir implicaba bajar la guardia, y ninguno estaba dispuesto a hacerlo. La noche pasó lenta, espesa, como si el tiempo se hubiera detenido justo después de su decisión. Él se quedó en el sillón. Yo en la habitación. No fue una distancia física. Fue una tregua.

A la madrugada salí descalza. Lo encontré sentado, con los codos apoyados en las rodillas, la mirada perdida en un punto que no existía. No levantó la vista cuando me acerqué.

—No tenés que vigilarme —dije.

—No lo hago —respondió—. Me vigilo a mí.

Me senté frente a él, a una distancia prudente. El silencio no era incómodo; era culposo.

—No puedo dejar de pensar —dije— que, si no hubiera dudado…

—No empieces —interrumpió—. Esa cuenta no sirve.

—Sirve para entender qué perdimos.

Levantó la vista por primera vez.

—Perdimos la comodidad de creer que todo tenía arreglo —dijo—. Eso no es una tragedia.

—¿Entonces qué lo es?

—Que ahora me mires como si yo fuera el precio.

La frase me atravesó.

—No te miro así —mentí.

—Sí lo hacés —respondió—. Y no te culpo. Yo también me miro así.

Me acerqué un poco más.

—No te pedí que hicieras eso —susurré.

—Lo sé.

—Entonces, ¿por qué lo hiciste?

No respondió de inmediato. Respiró hondo, como si la respuesta tuviera peso.

—Porque entendí algo que vos todavía no querías aceptar —dijo—. Que el amor no siempre se protege quedándose quieto.

—¿Y ahora? —pregunté—. ¿Qué se supone que hagamos con esto?

Me miró con una intensidad que me dejó sin aire.

—Ahora convivimos con lo que hice —respondió—. O no convivimos.

—No me pongas eso encima.

—No lo hago —dijo—. Solo te devuelvo la elección que me quitaste cuando ocultaste el plazo.

Sentí la culpa asentarse en el pecho como un animal que no piensa moverse.

—No sé si puedo vivir con esto —admití.

—Yo tampoco sé si puedo vivir sin vos —respondió—. Y esa es la verdad incómoda.

El silencio volvió a instalarse, pero esta vez fue distinto. Más íntimo. Más peligroso.

—Tengo miedo —dije.

—Yo también.

—No del enemigo —añadí—. De nosotros.

Se levantó despacio y se acercó. No invadió mi espacio. Se detuvo justo antes.

—Eso es porque ahora dependemos de algo que no controlamos —dijo—. La consecuencia.

—¿Y si me arrepiento?

—Entonces vamos a tener que mirarnos con eso encima —respondió—. Sin excusas.

Me temblaron las manos.

—No quiero que esto nos vuelva algo que no reconocemos.

—Ya lo hizo —dijo—. La diferencia es si lo aceptamos… o fingimos que no pasó.

—No quiero fingir.

—Yo tampoco.

Se sentó a mi lado. No me tocó. El contacto inexistente era más intenso que cualquier caricia.

—Desde hoy —dijo—, vas a sentir dos cosas al mismo tiempo.

—¿Cuáles?

—Deseo —respondió—. Y culpa.

—Eso no suena a amor sano.

—Nunca dije que lo fuera.

Apoyé la cabeza en su hombro. El gesto fue involuntario. Necesario.

—No me conviertas en tu única razón —dije.

—No lo sos —respondió—. Sos mi consecuencia.

Cerré los ojos. Porque entendí algo que me dio vértigo:

No podía irme sin sentir que lo abandonaba después de lo que hizo. No podía quedarme sin aceptar que su decisión me había atado a él de una forma nueva. Y eso no era rescate. No era salvación. Era dependencia emocional naciendo en el silencio, alimentada por la culpa y sostenida por un deseo que ya no pedía permiso. Cuando me separé, lo miré.

—Esto nos va a cambiar —dije.

—Ya lo hizo —respondió— La pregunta es si vas a odiarme por eso… o si vas a quedarte a ver quiénes somos ahora.

No supe qué contestar. Porque la verdad más oscura era esta. Una parte de mí no quería escapar. Quería habitar la consecuencia. Y eso me asustó más que cualquier enemigo.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.