No fue de inmediato.
La culpa no llega como una avalancha; llega como una humedad persistente que se filtra en todo. Al principio creí que podía manejarla sola. Pensé que bastaba con entender lo que había pasado, con decirme que él había elegido, que yo no lo había empujado. Pero el cuerpo no escucha argumentos. El cuerpo recuerda.
Recordaba su mirada cuando volvió esa madrugada. La calma inquietante. La certeza de que algo había sido clausurado para siempre. Y cada vez que ese recuerdo aparecía, yo necesitaba verlo. No tocarlo. No escucharlo justificarse. Solo verlo estar ahí, respirando, intacto.
Porque mientras él estaba, la culpa no gritaba. Susurraba..Empezó con cosas pequeñas. Preguntarle si había dormido bien. Prepararle café aunque no lo pidiera. Esperarlo despierta sin razón aparente.
—No tenés que hacer eso —dijo una mañana, observándome desde la mesa.
—¿Hacer qué? —pregunté.
—Asegurarte de que estoy bien —respondió—. No soy un paciente.
—No lo hago por vos —mentí—. Lo hago por mí.
No sonrió.
—Eso es lo que me preocupa.
Durante el día, cuando él no estaba, el silencio se volvía insoportable. No porque temiera que algo ocurriera, sino porque mi mente empezaba a reconstruir escenarios.
¿Qué había destruido exactamente?
¿A quién había desplazado?
¿Qué línea había cruzado sin retorno?
Y cada vez que la pregunta se volvía demasiado grande, yo hacía lo mismo:
lo buscaba. No siempre con palabras. A veces solo me sentaba cerca. O apoyaba el hombro contra el suyo. O dejaba que mi mano rozara su brazo al pasar. Contacto mínimo. Presencia suficiente.
—Estás distinta —dijo una noche—. Más atenta.
—¿Eso es malo? —pregunté.
—Depende —respondió—. ¿De qué estás escapando?
No respondí. Porque no estaba escapando..Estaba calmando algo. Una noche me desperté sobresaltada. No había soñado nada concreto, solo esa sensación de haber llegado tarde a algo importante. Me levanté y fui al living sin pensar. Él estaba ahí. Sentado en la oscuridad, con una luz mínima encendida.
—¿Te desperté? —pregunté.
—No dormía —respondió.
Me acerqué y me senté en el suelo, apoyando la espalda contra el sillón donde él estaba. No me tocó. Tampoco se alejó.
—No puedo dejar de pensar —dije— que si no hubiera…
—No sigas —interrumpió—. No te voy a dejar convertir esto en una penitencia.
—No lo estoy haciendo a propósito —susurré—. Simplemente… cuando estoy con vos, se me afloja el pecho.
Sentí cómo su respiración cambiaba.
—Eso no es alivio —dijo—. Es dependencia empezando a hablar.
—¿Y si lo es? —pregunté—. ¿Y si te necesito ahora?
El silencio se volvió espeso.
—Necesitarme para no sentir culpa no es amor —respondió—. Es una trampa.
—No dije que fuera amor —dije—. Dije que me calma.
Se inclinó un poco hacia adelante.
—Eso es lo que me asusta —dijo—. Porque yo sé lo fácil que es quedarse cuando alguien te anestesia el dolor.
Me giré para mirarlo.
—¿Preferís que me aleje? —pregunté.
—No —respondió sin dudar—. Preferiría que no me uses como refugio mientras te castigás.
Tragué saliva.
—No sé cómo hacer las dos cosas —admití—. Estar con vos… y no sentir que te debo algo.
Su expresión se suavizó apenas.
—No me debés nada —dijo—. Pero tu culpa está buscando un lugar donde quedarse.
Se levantó y me tendió la mano.
—No te voy a soltar —añadió—. Pero tampoco voy a dejar que te encierres en mí.
Tomé su mano. Ese fue el momento exacto en que entendí algo que me dio miedo: No lo necesitaba porque me dominara. No lo necesitaba porque me obligara.
Lo necesitaba porque mi culpa había aprendido su forma. Porque su presencia era el único lugar donde el peso se volvía soportable. Y eso no era amor libre. Era un lazo nuevo, silencioso, peligroso. Uno que no se rompía huyendo sino aprendiendo a respirar sin él. Y todavía no sabía si quería hacerlo.