La Deuda De Las Sombras

Cuando empecé a llamarlo amor

No ocurrió de golpe.

El amor o lo que yo empecé a llamar así no llegó como una revelación luminosa ni como una certeza arrolladora. Llegó despacio, casi con vergüenza, mezclado con rutinas, silencios compartidos y una calma que no era paz, sino tregua. Me descubrí pensándolo cuando no estaba. No con ansiedad. Con expectativa.

Esperaba el sonido de sus pasos.
El roce mínimo al pasar. Su voz diciendo cosas simples que, sin saber por qué, me ordenaban por dentro. Y cada vez que aparecía, la culpa bajaba el volumen. Eso fue lo que más me confundió.

Empecé a llamarlo amor porque necesitaba una palabra menos incómoda que dependencia. Porque amor sonaba más digno, más aceptable, menos peligroso que admitir que mi equilibrio emocional estaba empezando a tener su nombre. Una noche, mientras cenábamos en silencio, me escuché a mí misma decirlo.

—Te amo.

La frase cayó entre nosotros como algo frágil. Él no respondió de inmediato. Levantó la vista despacio, como si necesitara confirmar que no había escuchado mal.

—Decime algo —dijo.

—¿Qué?

—¿Eso que acabás de decir… te calma? —preguntó—. ¿O te expande?

Me quedé en silencio.

No lo sabía.

—No te estoy rechazando —añadió—. Te estoy cuidando.

—No quiero que analices todo —respondí— A veces solo se siente.

—Lo sé —dijo— Pero a veces se siente porque algo falta.

La frase me dolió más de lo que quise admitir.

—¿Creés que no te amo? —pregunté.

Se levantó despacio y se acercó a mí. No me tocó. Nunca lo hacía cuando sabía que yo podía aferrarme.

—Creo que me necesitás —respondió—. Y que eso se parece mucho al amor cuando uno está herido.

Sentí el pecho apretarse.

—Eso no lo hace falso —repliqué.

—No —admitió—. Pero tampoco lo vuelve suficiente.

Me levanté y caminé hasta la ventana. Afuera, la ciudad seguía igual. Gente viviendo vidas que no se detenían a preguntarse si lo que sentían era amor o una forma elegante de sobrevivir.

—Cuando estoy con vos —dije—, no siento miedo.

—Eso es importante —respondió—. Pero no es lo mismo que elegir.

Me giré para mirarlo.

—¿Y si elegir ahora es quedarme? —pregunté—. ¿Y si eso es amor?

Me sostuvo la mirada largo rato.

—Entonces necesito que te hagas una pregunta más difícil —dijo.
—¿Cuál?

—Si me amarías igual sin necesitarme para estar en pie.

El silencio fue brutal. Porque la respuesta no llegó. No de inmediato. Y eso, en sí mismo, fue una respuesta. Me acerqué despacio y apoyé la frente en su pecho. Sentí su respiración, firme, constante. No me apartó. Tampoco me abrazó.

—No me empujes a soltar algo que todavía no entiendo —susurré.

—No lo hago —respondió—. Pero tampoco voy a dejar que te engañes.

—No me estoy engañando —dije—. Estoy sintiendo.

—Y yo estoy viendo —replicó—. Y lo que veo es alguien que empezó a llamar amor a algo que todavía es refugio.

Me separé un poco.

—¿Eso te duele? —pregunté.

—Sí —respondió— Porque podría aceptarlo. Podría dejarte creerlo. Pero entonces, un día, cuando estés fuerte me vas a odiar por haberme quedado.

—No lo creo.

—Yo sí —dijo—. Porque te quiero lo suficiente como para no aprovecharme de tu fragilidad.

El silencio volvió a envolvernos. Esa noche me quedé despierta, pensando en cada gesto, cada palabra, cada momento en el que había sentido alivio solo por saberlo cerca. Y por primera vez me permití una idea que me dio miedo:

¿Y si no lo amaba todavía pero lo necesitaba tanto que había decidido llamarlo amor? La posibilidad me dolió más que cualquier rechazo. Porque si eso era cierto, entonces no estaba eligiéndolo a él.

Estaba eligiendo no caer. Y en algún punto oscuro de mí, entendí que el verdadero desafío no era perderlo. Sino descubrir quién era yo cuando ya no lo necesitara para respirar.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.