La Deuda De Las Sombras

La distancia que no nos salvó

Decidí alejarme sin anunciarlo.

No fue una huida. Tampoco una ruptura. Fue algo más incómodo: un experimento conmigo misma. Necesitaba comprobar si podía respirar sin él cerca, si el mundo no se desarmaba cuando su presencia dejaba de sostenerme.

Empecé por lo más simple. No sentarme a su lado. No buscarlo con la mirada. No acomodar mis horarios a los suyos. Pequeñas ausencias. Casi educadas.

—Hoy voy a salir un rato —dije una tarde, mientras me ponía el abrigo.

—¿A dónde? —preguntó.

—No lo sé —respondí—. Necesito caminar.

Asintió. Demasiado rápido.

—Está bien.

No me pidió que volviera temprano. No me ofreció acompañarme. Eso me dio una punzada inesperada.

Caminé durante horas. La ciudad me pareció más ruidosa, más indiferente. La culpa seguía ahí, pero ya no tenía su voz para calmarla. Descubrí que el alivio no venía solo de estar lejos venía de saber que podía volver. Y eso no era libertad.

Los días siguientes repetí el gesto. Volver más tarde. Irme antes. Elegir espacios donde él no estuviera. Y, por primera vez desde hacía mucho, me sentí de pie. No mejor..No curada..Solo menos sostenida..Cuando llegaba, él siempre estaba.

—¿Todo bien? —preguntaba.

—Sí.

No mentía..Pero tampoco decía todo. Una noche no volví a dormir.

Le dejé un mensaje breve.

Me quedo en casa de una amiga. Mañana hablamos.

No era verdad. Pero tampoco era una traición. Era una prueba. El teléfono vibró una sola vez.

Está bien.

Nada más. No dormí. No por miedo, sino por una inquietud nueva: no lo estaba necesitando como antes y eso me dolía. Volví a la mañana siguiente.

Él estaba en la cocina. No había dormido. Lo supe por la forma en que sostenía la taza, por la rigidez de sus hombros.

—¿Dormiste bien? —pregunté.

—No —respondió—. Pero no es importante.

Me senté frente a él.

—Estoy intentando algo —dije.

—Lo sé.

—No es contra vos.

—Nunca pensé que lo fuera —respondió—. Pensé que era contra vos misma.

Bajé la mirada.

—Necesito saber si puedo estar sin vos… sin romperme.

El silencio se volvió espeso.

—¿Y? —preguntó—. ¿Podés?

—Sí —respondí—. No del todo bien. Pero sí.

Asintió lentamente.

—Eso es bueno.

—¿Eso es todo lo que vas a decir?

Dejó la taza sobre la mesa. Sus dedos temblaron apenas.

—No —dijo—. Pero es lo único que puedo decir sin pedirte que te quedes.

El corazón me dio un vuelco.

—No te pedí que me dejaras ir —dije.

—No —respondió—. Pero te estás yendo igual.

—Estoy aprendiendo a volver por elección —repliqué—. No por necesidad.

El silencio se tensó.

—Eso cambia algo —dijo.

—¿Qué cosa?

Me miró. Y por primera vez desde que lo conocía, vi algo parecido al miedo.

—Que ahora soy yo el que no sabe cómo estar cuando no estás —respondió.

La confesión fue mínima. Devastadora.

—No quiero que me necesites —dije—. Eso no es lo que busco.

—No te necesito para existir —aclaró—. Pero me estoy dando cuenta de que te necesito para no endurecerme otra vez.

Tragué saliva.

—Eso también es peligroso.

—Lo sé —respondió—. Pero no apareció por decisión. Apareció porque te quedaste cuando no debías… y ahora te vas cuando deberías quedarte.

Sonreí apenas. Triste.

—Tal vez estamos aprendiendo tarde.

—Tal vez —admitió—. Pero estamos aprendiendo.

Me levanté despacio y caminé hacia la habitación. No para huir. Para respirar.

—No me pidas que vuelva a ser como antes —dije desde la puerta.

—No lo haría —respondió—. Porque ya no soy el mismo.

Me detuve.

—¿Eso te asusta?

—Sí —dijo—. Pero también me importa.

El silencio cayó entre nosotros como algo nuevo. Porque ahora yo sabía que podía estar sin él y él acababa de descubrir que no quería estar sin mí.

Y ese cruce tardío, imperfecto, peligroso
no nos salvaba. Pero nos igualaba. Y en el dark romance, esa igualdad siempre llega cuando ya no hay salidas limpias.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.