No lo hablamos de inmediato.
Durante días nos movimos con una cautela nueva, como si el aire entre nosotros fuera frágil y cualquier palabra mal puesta pudiera romper algo que todavía no sabíamos nombrar. No era distancia, pero tampoco era cercanía. Era un espacio incómodo, honesto, donde ninguno podía apoyarse del todo en el otro. Y eso dolía.
—No quiero volver a lo de antes —dije una noche, mientras cenábamos sin mirarnos demasiado.
—Yo tampoco —respondió—. Aunque no esté seguro de qué viene después.
—Eso es lo que me asusta —admití—. Antes, al menos, sabía dónde pararme.
—Antes te sostenías —dijo—. No elegías.
La frase no fue cruel. Fue precisa.
—¿Y ahora? —pregunté—. ¿Qué hacemos ahora?
Dejó los cubiertos a un lado.
—Ahora vemos si podemos estar juntos sin usarnos —respondió—. Sin que uno sea el calmante del otro.
Sentí un nudo en el pecho.
—Eso suena a despedida.
—No —negó—. Suena a prueba.
Nos miramos por primera vez en toda la cena.
—No quiero que seas mi refugio —dije—. Quiero que seas una elección.
—Y yo no quiero ser tu necesidad —respondió—. Quiero ser tu deseo incluso cuando podrías irte.
El silencio se llenó de una tensión distinta. No oscura, no peligrosa. Vulnerable.
—No sé si sé amar así —confesé.
—Yo tampoco —dijo—. Siempre amé desde el control o desde la distancia.
—Y yo desde el miedo —respondí.
Sonrió apenas. Triste.
—Mirá qué combinación.
Esa noche no dormimos juntos. No como castigo. No como estrategia. Como un acto consciente. Cada uno en su espacio, sosteniendo la incomodidad sin anestesia. Descubrí cosas nuevas en ese silencio. Que podía llorar sin buscarlo.
Que podía calmarme sin su voz. Que no me desarmaba estar sola. Y, al mismo tiempo, descubrí algo inquietante: lo extrañaba incluso cuando no lo necesitaba. A la mañana siguiente me encontró en la cocina.
—Dormiste poco —dijo.
—Pero bien —respondí.
Asintió.
—Yo también.
Hubo una pausa.
—Quiero proponerte algo —dijo.
—Decime.
—No promesas —continuó—. No pactos. No condiciones.
—¿Entonces?
—Presencia libre —respondió—. Estar cuando queremos. Irnos cuando lo necesitamos. Volver solo si seguimos eligiendo.
—Eso es arriesgado.
—Exacto —dijo—. Por eso vale.
Lo miré largo rato.
—¿Y si en el camino descubrimos que no somos lo que pensábamos?
—Entonces será verdad —respondió— Y la verdad, aunque duela, es mejor que una dependencia disfrazada de amor.
Respiré hondo.
—No quiero que me salves —dije— Ni salvarte.
—Yo tampoco —respondió— Quiero caminar al lado no cargar ni ser cargado.
Me acerqué despacio. No por impulso. Por decisión.
—No te necesito —dije—. Pero te quiero.
La frase salió limpia. Sin vértigo. Su expresión cambió. No con alivio. Con respeto.
—Eso —respondió— sí puedo recibirlo.
Nos abrazamos. No fue un abrazo desesperado. Fue uno consciente. Y en ese gesto entendí que lo más oscuro no siempre es lo más destructivo. A veces, lo verdaderamente peligroso es amar sin cadenas, cuando ya no hay excusas,.cuando quedarse o irse pesa lo mismo. Porque ahora, si nos rompíamos,.no sería por miedo, ni por culpa, ni por necesidad.
Sería porque, aun libres,.no supimos sostenernos. Y esa posibilidad , real, adulta, irreversible, era el desafío más grande que habíamos enfrentado.