La Deuda De Las Sombras

Lo que regresa cuando bajamos la guardia

El pasado no volvió con violencia.

Eso habría sido más fácil Volvió con un nombre pronunciado en voz baja y una certeza incómoda: nada que no se cierra del todo desaparece. Solo espera el momento exacto para volver a reclamar espacio.

Estábamos bien. No felices de una forma ingenua, pero estables. Caminando uno al lado del otro sin sostenernos del brazo. Aprendiendo a elegirnos sin miedo. Y fue precisamente entonces cuando ocurrió.

—Lo vi hoy —dije.

Él no preguntó a quién. No necesitó hacerlo. Se quedó quieto, apoyado contra la mesa, como si esa sola frase hubiera desplazado algo que llevaba tiempo ordenando dentro de sí.

—¿Dónde? —preguntó.

—En la calle —respondí—. Fue breve. Casual.

—Nada es casual —dijo—. No cuando vuelve alguien que debería haberse quedado atrás.

Respiré hondo.

—No me habló —añadí—. Pero me miró como si todo esto no existiera.

—Eso es lo que más duele del pasado —respondió—. Nunca reconoce lo que cambió.

Me senté frente a él. Sentí algo extraño en el pecho, una mezcla de inquietud y algo parecido a la vergüenza. No por haberlo visto. Por lo que removió.

—Creí que ya no me afectaba —confesé—. Pero me equivocaba.

—¿Te hizo dudar? —preguntó.

La pregunta fue directa. Honesta.

—No —respondí—. Pero me hizo recordar quién era antes de vos.

El silencio se tensó.

—¿Y quién eras? —preguntó.

—Alguien que aceptaba menos —dije—. Alguien que se conformaba con migajas creyendo que eso era amor.

No apartó la mirada.

—¿Te pidió algo? —insistió.

—No —respondí—. Pero su sola presencia fue una pregunta.

—¿Cuál?

—Si lo que tengo ahora es real… o solo una etapa —dije.

La frase cayó pesada.

—Eso es una crueldad típica del pasado —dijo—. Hacerte creer que lo que construiste es frágil solo porque no existía antes.

—No es eso lo que me inquieta —repliqué—. Me inquieta que no supe responderle con la mirada.

Se acercó despacio.

—¿Qué viste cuando lo miraste?

—La versión de mí que sobrevivía —respondí—. No la que elegía.

Se quedó en silencio largo rato.

—Eso no es una amenaza —dijo al fin—. Es una prueba.

—¿Para quién?

—Para los dos —respondió—. Porque ahora no podemos refugiarnos en la dependencia… ni en el control.

—¿Te molesta que haya aparecido?

—No —admitió—. Me molesta lo que despierta.

—¿Qué cosa?

Su voz bajó.

—La tentación de volver a lo conocido cuando lo nuevo exige responsabilidad.

Me acerqué un poco más.

—No quiero volver atrás —dije—. Pero tampoco quiero fingir que no me movió.

—No te lo voy a pedir —respondió—. Prefiero que lo traigas acá… antes que lo escondas.

Esa frase me desarmó más que cualquier reproche.

—No quiero perder esto —dije—. No ahora que no lo necesito para estar de pie.

—Entonces no lo pierdas —respondió— Pero tampoco lo protejas mintiéndote.

Nos quedamos frente a frente, con el peso de una historia que no había muerto del todo y un presente que exigía más honestidad que nunca. Porque ahora el riesgo ya no era caer. Ni depender. Ni necesitar.

El riesgo era elegir mal. Y supe, con una claridad incómoda, que el pasado no había vuelto para llevárseme. Había vuelto para preguntarme si realmente sabía quedarme
sin traicionarme.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.