El pasado no reaccionó con furia.
Eso habría sido tranquilizador. Reaccionó con cálculo. Lo entendí cuando el mensaje no llegó a mí, sino a otra persona. Cuando dejó de buscarme directamente y empezó a rodearme, como solía hacerlo cuando quería desestabilizar sin exponerse. Fue una llamada de una compañera del trabajo.
—Che —dijo, dudando—. ¿Todo bien con vos?
—Sí —respondí— ¿Por qué?
Hubo un silencio breve.
—Porque alguien preguntó por vos hoy. Dijo que era un conocido de antes. Habló… raro.
Sentí un frío seco en la espalda.
—¿Qué dijo?
—Nada concreto. Solo cosas sueltas. Que estabas pasando por una etapa. Que te notaba distinta. Que esperaba que no estuvieras repitiendo patrones.
Colgué sin despedirme. No era un ataque frontal. Era una siembra. Cuando él llegó esa noche, no hizo falta que explicara demasiado.
—Empezó a moverse —dije.
Asintió despacio.
—Eso significa que no aceptó el límite.
—Está hablando de mí —añadí—. Con gente que no debería.
—Eso es más grave —respondió—. No por lo que dice sino por lo que insinúa.
Me senté, con el pulso acelerado.
—No quiero volver a esconderme —dije—. No otra vez.
—No lo vas a hacer —respondió—. Pero ahora necesitamos claridad.
—¿Qué tipo de claridad?
Se apoyó contra la mesa, cruzando los brazos.
—Esto ya no es solo emocional —dijo—. Está intentando reescribir tu historia desde afuera.
—Como antes.
—Exacto.
Tragué saliva.
—No quiero que vuelvas a intervenir —dije— No así.
—No voy a aparecer —respondió—. No voy a confrontarlo directamente.
—Entonces…
—Vamos a dejar registro —dijo—. Cada mensaje, cada acercamiento, cada comentario indirecto.
—¿Para qué?
—Para que, si vuelve a cruzar una línea, no pueda fingir inocencia.
—Eso lo va a enfurecer.
—Ya lo está —respondió—. La diferencia es que ahora no está en control.
El teléfono vibró. Un número desconocido.
No quise incomodarte..Solo me preocupa verte rodeada de gente que no te entiende.
Sentí náuseas.
—Ya empezó —dije.
Él leyó el mensaje sin tocar el teléfono.
—Está probando otra estrategia —dijo—. La del yo sé más.
—Siempre fue así —susurré—. Te hace dudar de tu propia percepción.
—¿Te está funcionando? —preguntó.
Respiré hondo.
—No —respondí—. Pero me obliga a recordarlo.
—Eso es lo que quiere —dijo—. Volver a ocupar espacio mental.
Me acerqué.
—Tengo miedo de que esto escale —admití— No a violencia. A desgaste.
—Ese es su terreno —respondió—.Pero no estás sola ahí.
—No quiero que esto nos consuma.
—No lo hará —dijo—. Siempre que no subestimemos lo que es.
—¿Qué es?
Me miró fijo.
—Una persona que perdió acceso —respondió— Y que no tolera perder narrativa.
El teléfono vibró otra vez.
No tenés que responder..Solo quería que supieras que no todos los cambios son crecimiento.
No contesté. Bloqueé el número. Pero el gesto no trajo alivio. Solo confirmó algo incómodo: esto no iba a terminar con silencio.
—¿Y ahora? —pregunté.
—Ahora esperamos —respondió—. Y observamos.
—Eso no me gusta.
—A él tampoco —dijo—. Y ahí está la ventaja.
Me tomó la mano. No con urgencia. Con firmeza.
—Si vuelve a cruzar una línea —añadió— no va a encontrarte confundida.
—¿Y qué va a encontrar?
—Una mujer que ya no necesita permiso para cerrar una puerta —respondió— Y a alguien dispuesto a sostener ese cierre sin reemplazarte.
Cerré los ojos un segundo. Porque entendí algo con una claridad incómoda: El pasado no había vuelto por amor..Había vuelto por control narrativo. Y esta vez, cada intento suyo iba a obligarnos a decidir si seguir creciendo juntos o permitir que la sombra marcara el ritmo otra vez.
El teléfono quedó en silencio. Pero supe que no era el final. Era apenas el primer movimiento de algo que todavía no había mostrado su forma más peligrosa.