Abril de 1784
La primera vez que pensé en la muerte no sentí miedo, sino curiosidad. Una lo bastante intensa como para preguntarle a mi padre si me permitía acostarme en el ataúd de mi madre. Casi me golpeó por ello.
No entendí su reacción en ese momento.
Para mí, la muerte no tenía nada de terrible. Mi madre yacía inmóvil, sí, pero no parecía haber nada en ello que justificara los susurros, las lágrimas contenidas o las manos temblorosas de quienes se acercaban a despedirse. Si acaso, había algo… silencioso. Sereno.
Las voces de los asistentes se mezclaban en un murmullo bajo, respetuoso, como si el dolor pudiera medirse en volumen. Nadie lloraba lo suficiente. Nadie gritaba. Todo era correcto, ordenado. Falso.
Yo no dejaba de mirar el ataúd.
Era más pequeño de lo que esperaba. La madera pulida reflejaba la luz de los candelabros y, por un instante, pensé que si me inclinaba lo suficiente podría verme a mí misma allí dentro, ocupando su lugar.
Esa idea no me horrorizó.
Me intrigó.
Recuerdo haberme inclinado ligeramente sobre el borde del ataúd, lo suficiente para observar mejor su rostro. Su piel había adquirido un tono pálido, casi perfecto, como si el tiempo hubiese decidido detenerse en ella por pura cortesía. Sus labios, antes cálidos, permanecían sellados en una línea ajena a todo. Se veía hermosa, etérea, como si fuese un ángel caído del cielo.
—No la mires tanto —dijo mi padre entonces, con una rigidez que no le conocía.
No le obedecí.
—¿Por qué? —pregunté.
Nadie respondió.
Claro que no.
Siempre había preguntas que no merecían respuesta.
Mis dedos rozaron el borde del ataúd. La madera estaba fría. Esperé sentir algo más. Algo que justificara todo aquello. Una presencia, tal vez. Un rastro de lo que había sido mi madre.
Pero no había nada.
Solo un cuerpo inmóvil bajo capas de tela y silencio.
Fruncí levemente el ceño.
—¿Está... realmente ahí? —pregunté, esta vez en voz más baja.
Nadie respondió.
Cuando alcé la vista, noté las miradas.
Esa fue la primera vez que alguien me miró como si hubiera algo mal en mí.
—Perdón —añadí enseguida, con una pequeña inclinación de cabeza—. No quise ser irrespetuosa.
A menudo era mejor suavizar las cosas.
Aunque no entendiera del todo qué había hecho mal.
Mi padre me tomó del hombro poco después.
Se me había olvidado que estaba detrás de mí. Su presencia ordenó el aire. Las conversaciones bajaron apenas, lo suficiente para marcar su autoridad sin hacerlo evidente.
—Aléjate de ahí.
Su voz no era fuerte. Nunca lo era. No lo necesitaba.
Lo miré por primera vez en toda la tarde.
No parecía triste, no mucho. Parecía… incómodo.
Como si la muerte fuera un asunto logístico más que emocional.
—Solo quería verla —respondí con suavidad.
No era del todo cierto.
No quería verla, a pesar de que se viera hermosa y etérea.
Quería entender.
—No es lugar para ti.
—¿Y cuál si lo es?
Esa pregunta sí le molestó. A pesar de que no la solté con dureza, más curiosa que otra cosa.
Lo supe por la forma en que tensó la mandíbula, apenas perceptible. Se acercó lo suficiente para tomar mi brazo sin que nadie se diera cuenta, con firmeza, sin llegar a ser brusco.
—Compórtate —murmuró.
Asentí. Siempre asentía. Mi madre me había enseñado en ese corto lapsus de vida a ser una damita perfecta, pero mi curiosidad siempre me ganaba.
Entonces fue cuando le hice la pregunta.
—¿Puedo acostarme con ella?
El silencio que siguió fue distinto a todos los anteriores.
Ya no era educado, era más pesado. Más real.
Por primera vez, varias personas dejaron de fingir. Desviaron sus miradas; otras se quedaron fijas en mí, como si esperaran que corrigiera lo dicho.
No lo hice.
—Quiero saber cómo se siente —añadí, bajando apenas la voz, casi como si compartiera un secreto.
Mi padre me soltó de inmediato.
Sus ojos no mostraban tristeza. Mostraban algo más tenso. Más rígido. Eran de algo más cercano a la ira.
—Retírate —dijo, seco.
—Padre, yo solo…
No me dejó terminar. El gesto fue mínimo, pero suficiente.
El golpe no llegó.
Pero la intención estuvo ahí, flotando entre nosotros como una promesa que decidió no cumplirse.