La devoción de los culpables

Capítulo 1

Junio de 1791

La casa era demasiado grande para la cantidad de cosas que realmente importaban dentro de ella.

Había habitaciones que no se abrían hacía años. No porque estuvieran en desuso, sino porque nadie había decidido qué hacer con lo que quedaba dentro.

Esa tarde, antes de vestirme, abrí una de ellas. No sabría decir por qué esa puerta en particular. No era la más cercana ni la más olvidada, pero algo en el pasillo, en el silencio, me llevó hasta allí.

El aire dentro estaba inmóvil. No olía a abandono, sino a algo contenido, como si la habitación hubiese decidido guardar lo que había visto. Mis dedos rozaron una superficie cubierta por una tela. Dudé un segundo, antes de retirarla. Debajo había un espejo, era antiguo, alto, tenía una ligera deformación en el vidrio, suficiente para alterar los bordes de lo que reflejaba, me observé en él, no como solía hacerlo frente al tocador, donde cada detalle debía corregirse. Aquí no había corrección. Solo yo.

Ahora recordaba bien, esta habitación solía ser de mi madre, un pequeño salón de entretención, la veo vagamente en mi memoria, frente a ese mismo espejo… no arreglándose, sino buscando algo que nunca supe nombrar.

Incliné levemente la cabeza. Por un instante, tuve la sensación de que mi reflejo no lo hizo exactamente al mismo tiempo, solté la tela y no volví a abrir esa habitación.

Los pasillos se extendían en silencio, cubiertos por alfombras que amortiguaban cada paso, como si incluso el sonido fuera considerado una falta de educación. Las paredes estaban decoradas con retratos que nadie miraba y relojes que marcaban el tiempo con una precisión que resultaba casi ofensiva. Todo en su lugar. Siempre.

Y, sin embargo, había algo en ese orden que no terminaba de encajar.

—Más recta.

La voz de mi madrastra llegó antes que su reflejo en el espejo.

Enderecé apenas la espalda, manteniendo las manos apoyadas con delicadeza sobre mi regazo. La tela del vestido se acomodó sin esfuerzo. Había aprendido hacía tiempo a no luchar contra esas pequeñas correcciones.

A veces me preguntaba si esa imagen en el espejo era realmente mía, o solo la versión de mí que los demás podían tolerar.

—No estás en una sala cualquiera —continuó—. Cada detalle habla por ti.

Asentí levemente.

—Lo sé.

—Entonces demuéstralo.

Su mano ajustó un mechón de mi cabello con precisión milimétrica, como si incluso pudiera determinar el curso de mi futuro. No me aparté. Nunca lo hacía.

Mi madrastra, Leonore, se había casado con mi padre dos años después de la muerte de mi madre. No era malvada como me habían hecho creer las otras niñas de sociedad, que decían que las madrastras eran malas y solo querían quedarse con los padres; no, Leonore se dedicó a mi crianza y a atender a mi padre, como una verdadera esposa y madrastra. Solo tenía un defecto: le importaba demasiado la opinión ajena, sobre todo la de las familias de alta alcurnia y de cómo me verían a mí porque tenía fama de ser rara.

El carruaje llegó a la hora exacta. Siempre lo hacía, Ronald; el cochero era bastante maniático con el tiempo.

Subí con cuidado, sosteniendo el vestido para evitar que rozara el suelo. Mi madrastra entró después, acomodándose frente a mí con la misma elegancia con la que hacía todo. Durante unos minutos ninguna habló.

Íbamos en camino a uno de los tantos bailes para damas y caballeros solteros de Newcastle. Hace ya un año, Leonore estaba centrada y empedernida en que su hijastra, o sea yo, debía conseguir esposo antes de cumplir los veinte, como si mi futuro fuera una extensión de sus propias aspiraciones sociales. La hija de una de sus amigas ya estaba casada y pronto tendría un bebé, así que había fijado su objetivo en conseguirme esposo.

El mes que venía yo cumpliría ya diecinueve años. Ella juraba que estaba contra el tiempo, cuando socialmente teníamos un colchón de cinco años más. Además, yo no sabía si quería casarme, a pesar de que me habían criado toda mi vida para eso, para ser la esposa perfecta.

Y en ese momento, me pregunté, no por primera vez, si todas las demás aceptaban ese destino con la misma felicidad, o si simplemente lo ocultaban mejor que yo.

Observé por la ventana cómo la ciudad se deslizaba lentamente, las calles cubiertas de nieve, rostros apresurados. Afuera, la vida parecía moverse sin pedir permiso. Nadie parecía preguntarse si estaba haciendo lo correcto; simplemente lo hacían.

—Esta noche habrá personas importantes —dijo finalmente—. Varones que valen la pena considerar.

—Sí, lo sé.

Ella sonrió con suavidad y un brillo en sus ojos me dijo que estaba complacida con mi respuesta, a pesar de ser seca y distante. Los bailes no me importaban mucho.

Desvié mi mirada nuevamente hacia el exterior.

Un grupo de personas se había reunido en una esquina. No parecían conversar. Había una tensión en la forma en que se mantenían cerca unos de otros, como si compartieran algo que los demás aún no sabían.

Y entonces lo vi, fuera del grupo.



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En el texto hay: misterio, amor, darkromace

Editado: 23.07.2026

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