La Dinastía (libro 12. Milyk et Vörkessel)

Cap. 12 Enemigo

 

En un lujoso despacho de un edificio en el centro de Manhattan, un hombre impecablemente trajeado miraba la pantalla de una Tv. Aquel no era la clase de individuo que pasase casi ningún periodo de tiempo mirando programas y ni siquiera noticias, pero la que estaban dando en aquel momento, sí era de su especial interés, ya que se trataba de lo sucedido en Lucía, la capital de Riùrik.

  • Bueno, parece que se les acabó la felicidad – escuchó una voz burlona a sus espaldas

Aquel malicioso comentario obedecía a que, en el ámbito internacional, Riùrik era conocida como una nación no solo muy próspera, sino que tenía una economía muy sana que era la envidia de muchos países, algo que se veía reflejado en el hecho de que tenía el PIB más alto del mundo. También contaban con un sistema de salud pública excepcional, y la demanda por los servicios médicos del hospital universitario de Riùrik, dejaba muy atrás a otros prestigiosos centros médicos del orbe.

En materia de educación también iban a la vanguardia, y su ciudad universitaria parecía dejar muy atrás a las casas de estudio más famosas a nivel mundial, pero entrar a Alexandria era una proeza que no alcanzaba cualquiera.

Por todo lo anterior, y de acuerdo a los medidores de calidad de vida, estaba muy alto en la lista, y quienes sabían de ello, solían decir que aquel era el país con la población más feliz, y, a pesar de ser una monarquía parlamentaria, al menos a ojos del mundo, en una reciente encuesta, habían determinado que sus habitantes amaban a los miembros de la dinastía reinante.

  • ¿Sabes lo peligroso que es emitir opiniones que no he solicitado?

El recién llegado sin duda debía saberlo, porque guardó prudente silencio mientras escuchaban los reportes de los enviados por los medios de comunicación internacionales, con relación el terremoto registrado ese día en aquel país.

  • Agradecemos tanto el interés como la ayuda ofrecida por las naciones vecinas, pero en verdad tenemos la situación controlada – estaba diciendo un vocero gubernamental
  • Maldito arrogante – escupió el que parecía el dueño de aquella oficina

Aquel individuo, y aunque era dueño de un imperio financiero, por principio parecía odiar a todo el mundo y, de hecho, casi no veía ni hablaba con nadie, de modo que eran poquísimas las personas que podían decir que lo habían visto siquiera una vez, algo muy afortunado por lo demás. Sin embargo, ese número de personas era en verdad poquísimo si se tenía en cuenta la cantidad de inversiones que tenía y que no se limitaba a un número más o menos grande de acciones en diversas compañías, sino que literalmente se había tragado consorcios enteros y era el único e indiscutido dueño de una grosera cantidad de las empresas y marcas más importantes del mundo.

A pesar de lo anterior, y suponiendo que alguien lo hubiese notado, lo que no era de ninguna manera, era feliz, pero, además, tenía una sola obsesión en la vida y eso sí lo sabían al menos sus más cercanos colaboradores, Riùrik.

El porqué de aquello en verdad nadie lo sabía, ya que ni siquiera había puesto los pies en aquel lugar jamás, pero lo que sí había hecho, era intentar por todos los medios, conseguir participación en las muy prósperas empresas de aquella nación, el asunto era que no lo había conseguido de ninguna manera.

Él no daba la cara nunca, así que su rostro no era conocido, mientras que su nombre sí, aunque por poquísimas personas, y el mencionado nombre podía abrir muchas puertas de la clase que permanecían cerradas con varios cerrojos, pero las de Riùrik eran las únicas que seguían firmemente cerradas para él.

No obstante, la manía de aquel individuo por esa nación, y suponiendo que sus hombres de confianza no lo tuviesen claro, les quedó clarísima en fecha reciente cuando ordenó que le consiguiesen una cita con el embajador riùriko en EE.UU., pero lo sorprendente no era eso, sino que pensaba enviar a otro individuo casi tan inaccesible como él.

Independientemente de lo que sus colaboradores pensaran, ocultaron bien esos pensamientos, pues nadie cuestionaba sus órdenes. Sin embargo, el enviado había sostenido una más bien corta reunión con el embajador, misma de la que salió hecho una furia, ya que el individuo lo escuchó, pero luego lo despidió cortésmente diciéndole que su país no estaba interesado en inversión extranjera y fue lo que tuvo que decirle a su jefe.

Aunque a él no le interesaba invertir en el país, sino adueñarse de las inversiones del mismo como lo había hecho con tantos otros, si ni quiera lo dejaban invertir en él, estaba mucho más lejos de poder adueñarse de nada, porque estaba perfectamente al tanto que las empresas del estado no tenían acciones en el libre mercado internacional, de manera que nadie podía adquirirlas.

Sin embargo, aquel había sido un error de su parte, y más pronto que tarde lo notaría, y la única ventaja que creía tener, era que, a quien un reducido mundo conocía como Carlo Reggiano, era Casiano Savaresce.

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Contraviniendo todas las órdenes médicas, Yves igual dejó la cama y con la colaboración de su grupo, quienes de ninguna manera se habrían negado a obedecerlo, aunque Darko luego los enviase al calabozo, le consiguieron sus ropas y abandonaron el Haigala.




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