La Dinastía (libro 13. Ignar Arihan)

Cap. 25 Visitas extrañas

Una vez que Iziaslav había dado por finalizada la reunión, y que los levjaners habían abandonado el salón, Dylan y Lucía se habían sentado al lado de Alex que no se había movido y se sujetaba la cabeza con las manos.

  • Alex…
  • Soy un imbécil, Lucía —la interrumpió él y ella miró a su padre
  • No lo eres, hijo —dijo colocándole una mano en el hombro —es verdad que estuviste a punto de cometer una injusticia, pero no lo hiciste
  • Solo porque tú me lo impediste, papá
  • Bien, pero no tienes que castigarte de este modo
  • Seguro, lo que merezco es que me apaleen y me encierren…
  • Alex —lo interrumpió Lucía —estás diciendo tonterías
  • No son tonterías, Lucía Danielle. Iba a castigar injustamente a Istvan. ¡A Istvan! —exclamó —Por todos los dioses —agregó y volvió a hundir la cabeza entre sus manos

Dylan miró a Lucía e independientemente de si pensaba decir algo, ella pareció entenderlo antes de que se formase la idea, porque se levantó y abandonó el salón, mientras que Iziaslav habló por primera vez en todo el rato.

  • Vamos Alex, salgamos de aquí

Como aquella había sido también la idea de Dylan, y como Iziaslav le hizo una seña para que los siguiera, dejó que Iziaslav sujetara a Alex y sin esperar a enterarse de si el chico estaba de acuerdo o no, lo arrastró con él y en cuanto abandonaron el salón, Darko, Yvaylo y Boris los siguieron.

Si bien Dylan quería sacar a su hijo de allí, y posiblemente lo habría llevado a casa dedicándose luego a convencerlo de que no había cometido ningún crimen, Iziaslav parecía tener otras ideas para lidiar con la culpa, pues cuando Dylan lo notó, estaban en la taberna de Vanser. Por un momento pensó que aquella era una mala idea, porque en aquel lugar siempre había muchas personas, bien fuesen turistas que visitaban la taberna porque estaba catalogada como uno de los sitios que no debían perderse debido a que eran los fabricantes de la bebida nacional, o por devrigs que sostenían la misma opinión de Lucien con relación a que cualquier otra bebida era un asco.

No obstante, Iziaslav le llevaba ventaja, porque había enviado a Istval para que se encargase de desalojar el lugar, así que cuando llegaron, Dylan notó que el aykeri estaba allí, aunque despareció a toda velocidad y él supuso que no se había marchado, sino que estaría apostado a las puertas guardándolas en compañía de sus hombres, como en efecto era.

Aunque Vanser se alegró mucho de ver a su soberano, no hizo ningún escándalo ni reaccionó como cuando veía a Lucien, sino que saludó con la mayor corrección y unos segundos después habían aparecido las primeras botellas frente a ellos. Dylan y como de costumbre, las miró con algo que estaba a medio camino entre la aprensión y el disgusto, pero él era demasiado educado como para decir nada desagradable, sin embargo, ni siquiera habían dicho ni media palabra, cuando ya Iziaslav se había despachado dos botellas y estaba urgiendo a Alexander para que se bebiera la suya.

  • Alex, tú y yo sabemos que soy un maldito bastardo con un carácter de los mil demonios, y aunque también sabemos que los Korsacov cuentan no solo con mi afecto, sino con un profundo agradecimiento por muchos y muy variados motivos, cuando he perdido la batalla con el control, y no han sido pocas veces, los he apaleado o los he enviado a un calabozo. De hecho, lo hice en forma muy reciente
  • Tenías tus razones y…
  • ¿Las tenía? —lo interrumpió, pero Alex no se detuvo
  • …en cualquier caso tú eres nuestro soberano, y ninguno de ellos te reprocharía nada jamás
  • Yo estoy más seguro que tú, al menos de eso último, pero en cuanto a lo primero, es un hecho que no siempre he tenido motivos para actuar como lo he hecho, como no sea mi condenado mal carácter. Sin embargo, y parafraseando al Rybik, nada me da derecho a comportarme como el absolutista que soy, ni a cometer injusticias escudándome en mi autoridad
  • Yo no he dicho eso, haryk —dijo Dylan muy alarmado, pero Iziaslav lo ignoró, pues en ese momento su objetivo era sacar a Alex del pozo de autocastigo en el que se hallaba
  • Pero yo no soy tú, y no tenía ningún derecho a hacer nada —insistió el chico
  • Y no lo hiciste, pero, por otra parte, debemos agradecer a Isbarì que no seas yo —puntualizó —y lo que sí eres, es un ser humano, estabas furioso y eso no es un crimen, kicyk
  • No lo hice porque papá lo impidió —porfió el muchachito

Dylan había comenzado a ver a su hijo con preocupación, porque aparte de que no era propio de él ser tan terco, y cuando nada lo convencía de algo, simplemente dejaba la discusión y ya, y, por otra parte, había comenzado a beber a una velocidad endemoniada y eso tampoco formaba parte de sus hábitos.

  • Alexander, siempre he pensado que eres un individuo inteligente, y tan ecuánime como el objeto de discusión, así que deja de comportarte como si hubieses cometido un horroroso crimen, porque, aunque lo hubieses hecho, supongo que no has olvidado quién eres y, sobre todo, qué eres




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