La diosa de oro, marfil y zafiro

La diosa de oro, marfil y zafiro

La luna brillaba esa noche estrellada, pero mis ojos titilaban junto a los suyos. Esa noche ella no solo era mi amiga: era ella. Alguien que había abierto otra puerta en la habitación de mi corazón. No sabía por qué, pero bajo esa luz me parecía más hermosa. Siempre había sido linda, pero esa noche la miré a través de otra lente. Solo quería besarla, y ella quería que lo hiciera. Así que lo hice.
Ese amor nacía, pero con él nacía también un problema. Su familia no quería esa unión. Ella no podía tener novio y menos que fuera yo. Cuanto más decían que no, más fuerte latía el corazón. Cada día, cada oportunidad para hablar, era un evento canónico. Nuestra historia tenía más episodios que La Rosa de Guadalupe. Cada escapada “como amigos” era una rayita más en el nivelómetro de aquello que llamábamos amor.
Los días pasaban y la interacción empezó a verse sospechosa. En una ocasión fui llamado por sus padres. Usaron una frase que se me quedó clavada: que las uvas verdes había que darles tiempo para madurar. Yo era algo mayor, sí, pero no tanto. Me hicieron prometer que ya no iba a acercarme a ella.
Un sentimiento de melancolía y tristeza abordó mi pecho. Pensé que solo querían quitarme su amor… y tal vez, solo tal vez, hubiera sido lo mejor. Pero de “tal vez” no se vive la vida. Asentí con la cabeza. Eran personas que respetaba. Terminamos la charla y me fui.
Los días siguientes dolían. Pesaba no estar cerca. Pesaba no verla. Pesaba no hablarle. Pesaba no tener su mirada y su olor cerca. Pesaba no tener sus besos.
Pero ella no podía guardarse lo que sentía. Entre enojo y celos, sabiendo que ya no estaría a mi lado, con ojos desafiantes y enamorados me dijo que no le importaba nada más, que me amaba y que nada podía quitar eso de su corazón. Aquello cayó en mi vida como un baño de agua fría y, al mismo tiempo, llenó mi corazón de alegría. La amaba, sí… pero ¿y la promesa que había hecho?
Solo la observé, le sonreí y me enamoré más. En ese momento nada valía más que aquella muchacha. Sentía que podía descartar lo que fuera con tal de tener su amor. Amaba su cara y su voz. Solo había campo para ella y nada más.
Decidimos que debíamos separarnos ante los demás. Frente a las personas solo éramos amigos: fríos, sin sentimientos, olvidados de la noche a la mañana, por una promesa hecha en una asamblea extraordinaria. Pero detrás nos veíamos. En un parque, en un centro de internet. El lugar era lo de menos; entre más alejado, mejor. Sentía que mi amor podía sobrepasarlo todo. La llamé mi diosa de oro, marfil y zafiro.
Las cartas se hicieron presentes. Cada semana una carta iba y otra venía. Tenían como sello el amor que nos sentíamos. Frases cursis, repletas de polisemia. El mundo era maravilloso. El aire era fresco. Olía a rosas, a tardes de verano en la playa, a café recién hecho. Olía a nuestro amor.
Nuestros encuentros aumentaron y no pudimos mantenerlo en secreto. Hasta que de nuevo estaba ahí yo, frente a dos miradas de total desaprobación y decepción. “¿No te dijimos que esto no se podía dar?” Mi cara estaba avergonzada. No sabía qué decir. Solo una verdad: les fallé, la amo y no lo puedo evitar.
Hubo una decisión: si esto no se acababa, nos iríamos a otro país. Ella debía estudiar y yo también. “Viva la vida”, “no se aferre”, me decían. “Ella no está preparada”, “usted necesita una mujer para casarse”. Y entonces dijeron la frase que me marcó: “Déjela madurar… tal vez más adelante pueda haber algo”.
Mi corazón se amarró a esa frase como quien depende su vida de una sola soga. Debí escuchar sus consejos. Al fin y al cabo también eran mis amigos, les tenía estima.
Me fui con la cabeza gacha pero con el corazón en alto. Lucharé, me dije. Cuando sea el momento, seremos lo que más deseamos. Creía de verdad que la diosa de oro, marfil y zafiro me amaba tal como yo la adoraba. Qué error el mío.
A los pocos días su rebeldía alcanzó otro nivel. Dijo que si no querían que estuviéramos juntos, luego no se quejaran. Conoció a alguien nuevo y, como había aprendido, se escondió para poder dar su cariño. Lo besó. Besó a otro chico. Y le gustó.
Yo pensé que él era el culpable. Pensé que la había seducido y había terminado afectando nuestra relación, esa en la que nos estábamos dando un tiempo para que algún día pudiéramos estar juntos.
Cuando me enteré fui a reclamar. Me enojé. Me sentí traicionado. Ella justificó su acto y dijo que él no significaba nada, que me amaba a mí. Sus ojos sabían exactamente cómo desarmarme. Le pregunté si estaba segura de que solo a mí me amaba. “De aquí hasta la luna”, dijo. Y todos los enamorados sabemos que esa es una promesa sin mentira. Un pinky promise.
Me fui creyendo que lo nuestro era real, que no había amor más grande que el nuestro. Como macho herido fui y encaré al tipo. Muy poco tiempo después ella decidió que lo mejor era darnos un tiempo. Le pregunté si de verdad eso era lo que quería. Le dije que moría de amor por ella. Insistió en que no quería problemas con sus padres. Yo lo tomé… y me fui.
Así dejamos de ser lo que éramos. No sé bien qué éramos… pero éramos algo.
Pasó poco tiempo y conocí a Adriana. Era bonita, inteligente, graciosa, buena persona. Me quería. Todo parecía estar bien, pero el problema era yo. No era Adriana. Amigos me felicitaban por la nueva chica, pero yo no la amaba.
Cuando Miranda se enteró, se molestó. Había sido desplazada y no le gustó. Me visitó sabiendo que Adriana estaba ahí. Luego hablamos a solas y me dijo que me amaba y que iba a luchar por mí. Después de eso me volví un agente secreto. Un espía con doble vida.
Adriana era mi novia. Pero Miranda también lo era.
Nos veíamos a escondidas. Adriana no sospechaba nada. No eran del mismo lugar. No tenía idea de que Miranda existía. Salía del trabajo con Adriana y al día siguiente, a escondidas, me encontraba con Miranda. De las peores decisiones de mi vida.
Un día dejé el celular cargando en el trabajo de Adriana sin borrar ninguna conversación. Horas después un compañero me dijo preocupado que Adriana estaba llorando. Ahí lo recordé todo. Me preguntó quién era Nancy, el nombre falso que yo había usado. Mentí. Le dije que era solo una amiga. Ella lloraba. Me pidió que me fuera.
No la amaba, pero había sido una mujer demasiado especial conmigo.
Todo se fue al carajo. Me sentía muy mal sabiendo que una persona tan hermosa estaba sufriendo por culpa mía. Mientras tanto, Miranda y yo seguíamos en un “sí y no”. Sus padres me volvieron a citar. El mismo libreto. Ella presente, pero sin luchar. Me fui enojado con ella y conmigo mismo. Me sentía tonto. Alguien me quería de verdad y yo seguía insistiendo en lo imposible.
Intenté arreglar las cosas con Adriana. Me dio otra oportunidad. Decidí quererla. No la quería realmente, pero tomé una decisión. Olvidaría a Miranda y todo estaría bien.
Me puse mi mejor ropa y la invité a mi casa. Adriana se veía realmente hermosa. La llevaba de la mano y todos lo notaban. Algunos sonreían, otros la miraban. Ella parecía decirme: “dejá tu locura, mirame bien, soy hermosa, no necesitás más”.
Pero Miranda llegó a mi casa con mi mejor amiga. Yo la regañé. Casi las despaché. Adriana lo notó… pero se quedó. Pasaron semanas. Le puse empeño a la relación. Detalles, palabras bonitas, esperarla al salir del trabajo. Pensé: esto no está nada mal.
Un día, como muchos otros, fui a casa de Adriana. Estaba libre. La visité sin prisas. La pasamos bonito. Hablamos, nos reímos, compartimos tiempo como una pareja normal. Por momentos parecía una relación real. Ya no había mensajes escondidos. Ya no había nombres falsos. En mi vida, al menos eso quería creer, solo estaba Adriana.
Claro… a Miranda todavía la veía en el grupo social. Algunas veces hablábamos. Yo le recriminaba que por ella no estuviéramos juntos. Incluso había un líder que mediaba y decía que ella debía enfrentar a sus padres. Yo escuchaba, pero ya no vivía de eso.
Ese día se hizo tarde. Al salir, el cielo ya estaba oscuro. Casi llegando a mi casa sonó el teléfono. Era la madre de Miranda. Me pidió que fuera a hablar. No le avisé a nadie. Fui. En esa casa la señal del celular se iba. Hablaron largo rato. Cuando terminé pensé que ya estaba libre.
Al llegar a mi casa, mi madre estaba angustiada. Me dijo que había llamado a Adriana porque yo no contestaba y que estaba muy preocupada. La llamé. Desde el primer “aló” su voz fue un cuchillo. Me preguntó dónde estaba, si no me atreviera a decir que estaba con la tal Nancy otra vez.
Intenté explicar, pero con mi historial ya no era de fiar. Me dijo: “démonos un tiempo”. Entendí que esa era la despedida. No insistí. No quise ofender su inteligencia. Colgué.
No podía estar con quien amaba ni con quien decidí querer. La vida apestaba.
Ahogué mis penas con helado junto a mi mejor amiga. Decidí volver a estudiar, enfocarme en mí. Miranda volvió a acercarse. Me dijo que no había podido olvidarme. Yo tampoco.
Volvimos. Esta vez más visibles. Y llegó su cumpleaños.
La fiesta era grande, elegante, de gala. Llevé dos regalos. El primero fue un oso de peluche grande con globos de helio que decían “TE AMO”. No los envolví. Yo mismo los puse en la mesa de regalos para que todos los vieran. El segundo regalo lo guardé para el final.
Cuando la noche ya estaba avanzada, di la señal. Una trompeta rompió el aire. Mariachi. Yo lo llevé. Yo lo planeé. Yo lo pagué. Tomé una rosa, caminé hacia ella mientras cantaban, la besé y le dije feliz cumpleaños. Su madre sonreía, le encantaban los mariachis. Su padre se rió, me llamó loco y me estrechó la mano.
Pensé que por fin lo había logrado.
Días después su madre me llamó. Me dijo que aprobaban la relación. Me sentí en las nubes. Hasta que agregó que Miranda había dicho que no quería nada serio conmigo. La mandaron a llamar. Ella solo dijo que no sabía si estaba lista.
Me sentí idiota, usado, devastado. Me fui de ahí.
Me superé. Estudié. Trabajé. Obtuve mi título. Estaba tan feliz que fui a mostrárselo. La vi de la mano de otro. Todo encajó. Algo se quebró dentro de mí, literalmente.
Volví a mi vida. Me volví líder. Busqué estabilidad. Un día, cuando ella ya no tenía a nadie, la besé una última vez. La besé para despedirme. Para soltar. Para no volver a quererla más.
Desde ese día abandoné el amor y el odio. Solo la perdoné. Y la dejé ir.
Tiempo después soñé con alguien que no quería en ese momento. La vida dio un giro. Hoy es la musa de mi vida, mi razón de levantarme cada mañana.
Pero eso…
eso es otra historia.




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