La distancia de una nota

Entre compases

El edificio principal del Manhattan School of Arts siempre olía a una mezcla imposible de óleo, barniz fresco y café derramado en los descansos. El hall tenía techos altos y cristaleras enormes por donde entraba la luz gris del invierno, atravesando polvo de yeso suspendido en el aire. El murmullo de voces se mezclaba con escalas de piano que alguien practicaba en el piso superior. Todo sonaba a creación, a algo que todavía no estaba terminado.

Charlie subió las escaleras lentamente, con el estuche de guitarra golpeando su cadera a cada paso. No llegaba tarde —solo no tenía prisa—. La bufanda le rozaba la barbilla y una corriente fría se colaba por debajo de la puerta principal cada vez que alguien entraba. Afuera, los taxis amarillos dejaban estelas de vapor, la ciudad rugiendo incluso a primera hora, como si nunca hubiera dormido.

La vio cuando giró hacia el pasillo de artes visuales.

Lily.
Cabello rizado, rojizo en las puntas, una carpeta llena de carboncillos bajo el brazo. Llevaba un abrigo largo color crema, y al caminar hacía tintinear dos pendientes mínimos, apenas visibles, pero que atrapaban la luz como si fueran agua. No estaba sola —hablaba con Maya, su compañera del departamento de artes visuales—,

una pintora con manchas de pigmento siempre en los dedos.

Y sus voces formaban una burbuja suave en medio del tránsito ruidoso de estudiantes., y sus voces formaban una burbuja suave en medio del tránsito ruidoso de estudiantes.

—Creo que apreté demasiado el carboncillo —decía Lily, mostrando un dedo manchado de gris.

—O demasiado café —respondió Maya, riendo—. Siempre pasa cuando dibujas medio dormida.

Charlie no intervino.
Ni siquiera redujo el paso.
Solo dejó que la escena le rozara, como un papel fino deslizándose entre los dedos.

En el aula 304, los ventanales mostraban una Nueva York gris, edificios altos como lápices gastados, vapor saliendo de las alcantarillas en la calle. Charlie afinaba su guitarra con movimientos lentos, casi ceremoniales. A su alrededor, compañeros afinaban violines, probaban teclados, tarareaban melodías incompletas que flotaban en el aire como plumas sin dueño.

Lily entró unos minutos después. Se sentó al frente, cerca de la ventana, con su cuaderno abierto y las mangas del jersey empujadas hasta los codos. Dibujó algo —una figura, un gesto, tal vez un rostro—; Charlie no lo alcanzaba a ver, pero sí el movimiento de su muñeca, seguro y suave a la vez, como si el lápiz supiera hacia dónde ir sin que ella lo obligara.

El profesor aún no aparecía. Nadie se quejaba —las clases en esa escuela rara vez empezaban puntuales—. A veces la inspiración llegaba antes que el docente y los alumnos ya estaban creando cuando él por fin cruzaba la puerta.

Leo (un pianista mordaz, siempre con comentarios sarcásticos listos pero sorprendentemente sensible con los acordes menores) dejó caer su mochila junto a Charlie.

—Otra mañana en el paraíso —dijo, mirando el techo alto—. Tres horas de teoría musical y mi cerebro pide un funeral.

Charlie solo sonrió.

Leo continuó—: ¿Vas a hablarle hoy? Digo… algún día tendrás que hacer más que mirarla.

Charlie afinó otra cuerda.
No respondió.
Ni falta hacía; Leo ya lo sabía.

La clase comenzó al fin con la llegada del profesor Grant, un hombre de barba canosa, gafas redondas y voz de jazz nocturno. Explicó la importancia del intervalo perfecto, pero sus palabras se diluían entre pensamientos dispersos, pinceles que chocaban en el estudio contiguo, golpes de batería lejanos que subían desde el sótano donde los de percusión ensayaban sin descanso.

Durante una pausa, Lily levantó la vista del cuaderno. No miró a Charlie en concreto —miró la sala, el movimiento, las luces, el invierno pegado a los cristales—, pero él sintió que la respiración le cambiaba de ritmo. Como si un acorde hubiera encontrado por primera vez la nota que le faltaba.

Solo un instante.
Nada más.

Y la clase siguió.

A media mañana, en la cafetería del campus, el vapor de las tazas empañaba el vidrio mientras fuera caían las primeras gotas de nieve. Lily esperaba su café, tocando la pantalla del móvil con el índice. Tenía auriculares puestos, y aunque Charlie no podía escuchar la música, parecía algo suave, melódico, cercano al pulso de su respiración. Algo como la promesa discreta de One Call Away. Una presencia que acompaña sin exigir nada a cambio.

Él pidió lo mismo —capuchino, sin azúcar— por inercia más que por gusto. A tres metros, dos bailarines discutían por un trozo de coreografía; un pintor mostraba un cuaderno lleno de manchas azules; una violinista dormía con los brazos cruzados sobre la mesa, agotada después de ensayar toda la noche. Era un campus vivo, excesivo, lleno de historias que no cabrían nunca en un solo cuadro.

Charlie se quedó quieto, taza caliente en las manos.
Sin palabras.
Sin prisa.

A veces, el principio es solo eso:
mirarse desde lejos, sin que nada suceda todavía.

Ni falta que hace que ocurra rápido.




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