La distancia de una nota

Barra, teclas y vapor

La mañana cayó sobre Nueva York como un telón pesado y lento.

El campus todavía estaba medio dormido cuando Charlie empujó las puertas del auditorio menor. El eco respondió primero, antes que cualquier instrumento. Hubo un olor a madera pulida recién abrillantada, a polvo apenas levantado de los focos, a frío que se escondía entre las butacas. Afuera, el cielo era una sábana pálida, sin sol, sin prisa. Una mañana para ensayar sin testigos.

Charlie dejó su mochila en la primera fila y abrió el piano Steinway con el mismo cuidado con que uno descubre una carta que no ha leído. Las teclas estaban frías, pero cedían al tacto con una dulzura tímida. Probó un acorde menor. Luego otro. Nada concreto aún: solo notas explorándose entre sí, como si no supieran todavía qué querían decir.

Respiró.
Los dedos empezaron a construir una progresión suave, repetitiva, íntima.

Do — La — Re — Sol
do — la — re — sol

Un mantra sin nombre.

Del otro lado del pasillo, en la sala grande de danza, la luz tardó en encenderse.

Lily entró envuelta en una sudadera gris demasiado grande, como si quisiera esconderse dentro. Llevaba el pelo recogido sin esmero, un moño imperfecto con mechones sueltos cayendo detrás de la nuca. El suelo aún guardaba el frío de la noche, y sus puntas golpearon el parqué con un sonido seco, breve, como gotas.

Nadie más había madrugado.
La sala era toda para ella.

Dejó su bolsa junto al espejo, sacó un pequeño altavoz, pero no lo encendió.
Se quedó quieta unos segundos en silencio.
Respiró profundo, estirando costillas, clavícula, cuello.

Afuera, la ciudad todavía bostezaba con sirenas lejanas.

Lily caminó hasta la barra.
Puntas en el suelo, talón elevado, rodillas alineadas — un ritual aprendido tantas veces que parecía oración.
Flexión.
Extensión.
Respiración.
Silencio.

O casi silencio.

Una vibración bajísima —apenas perceptible— atravesó la pared. El piano del auditorio colindante.

Un patrón repetido, suave, casi hipnótico.

Lily levantó la cabeza, sin apartar los dedos de la barra.
Escuchó.

Do — La — Re — Sol.
Una pausa.
Otra vez.

No lo reconoció como canción.
Tal vez solo como pulso.

El sonido no interrumpió su práctica. La sostuvo. Como si su respiración se adaptara al tempo que venía al otro lado.
Su pierna subió en développé lento, controlado;
el pie se estiró hasta línea perfecta;
el espejo devolvió la imagen sin dramatismo, solo verdad.

Ella siguió.
El piano también.

Sin saber que el otro existía allí por el mismo motivo:
soñar despierto antes de que el día exija algo a cambio.

Charlie dejó que la progresión creciera apenas un poco.
Un arpegio.
Un susurro más alto.
Nada que llamara la atención.
Solo una idea que quería nacer sin ser empujada.

El auditorio era un vientre oscuro, templado por la música.
Fuera, el vidrio se empañaba con el calor del interior.
Charlie jugó con una melodía sobre el acorde base, algo dulce, casi tímido.

Y entonces —muy leve, casi irreconocible—
escuchó algo más.

Un plié profundo.
El sonido sordo de las puntas contra el parqué aún frío.
Algo rítmico que no pertenecía al piano.

No dejó de tocar.
Solo aflojó el tempo, como quien escucha una voz que aún no comprende pero quiere entender.

Poco a poco, los dos espacios respiraron juntos.
Sin verse.
Sin buscarse.
Solo coexistiendo en una misma mañana fría en Manhattan.

Minutos —o siglos pequeños— pasaron.

Lily se detuvo al fin. El moño había perdido forma y un mechón rojo le caía sobre la oreja. Su pecho subía lento, cansado pero satisfecho. Tomó su cuaderno de dibujo y, sentada en el suelo con la espalda contra el espejo, trazó líneas rápidas de una figura en movimiento. No sabía si era ella misma o alguien más. Solo dejó que el grafito hablara.

Del otro lado del pasillo, Charlie guardó la progresión en el software de su portátil, etiquetándola con un nombre simple:

“Día gris — 7:12am”

Sin saber que al otro lado una bailarina acababa de dibujar algo con el mismo pulso.

No hubo encuentro.
No hubo palabras.
Solo una mañana compartida sin querer.

Y a veces, eso basta para que la historia empiece a vibrar un poco.

Muy poco.
Como una cuerda recién afinada.




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