El pasillo norte del edificio principal era distinto al resto.
Más estrecho, más silencioso, más viejo.
Las paredes estaban llenas de antiguos carteles de conciertos estudiantiles: fotografías sepia, tipografías que ya no se usaban, fechas que parecían de otra vida. Era un lugar al que solo iban quienes necesitaban un poco de calma o quienes se habían perdido sin querer.
Charlie había descubierto ese piano vertical de casualidad su primer mes en la escuela. Un instrumento olvidado, con dos teclas ligeramente desafinadas y una madera oscurecida por el tiempo. Su encanto estaba en eso: no pedía perfección, solo compañía.
A media tarde, después de una clase larga de armonía moderna, necesitaba despejar la cabeza.
Dejó la mochila en el suelo, levantó la tapa y dejó correr los dedos sobre las teclas, sin intención clara. Solo un acorde suspendido que sonó como un suspiro.
El pasillo estaba casi vacío, salvo por una ventana en el extremo que dejaba entrar luz oblicua, anaranjada, filtrada por el polvo. Afuera, los árboles sin hojas parecían esbozos a carboncillo.
Charlie tocó un motivo corto, repetido, probando variaciones mínimas. Una melodía en construcción. Algo que podría crecer más tarde o quedarse allí para siempre.
—Tienes un sonido bonito —dijo una voz detrás.
No era Lily.
Era Leo, apoyado en la pared, comiéndose una manzana como si no tuviera clase en diez minutos.
—No sabía que vinieras aquí —añadió.
Charlie siguió tocando, sin mirar demasiado.
—A veces. Cuando necesito… no sé. Silencio con eco.
Leo rió.
—Eso solo lo dices tú.
Una pareja de estudiantes pasó hablando de un casting para una obra contemporánea. Uno llevaba un tambor pequeño colgando del hombro; el otro un cuaderno lleno de bocetos. El pasillo parecía un corredor de ideas sueltas, todas chocando sin pedir permiso.
Charlie cambió de tonalidad.
Leo dejó la manzana en la mochila del amigo sin pedir permiso.
—¿Tienes ensayo luego? —preguntó.
—Quizá. O escribo un rato.
Leo señaló el portátil cerrado junto al piano.
—Eso significa que vas a producir hasta las tantas.
Charlie no negó ni confirmó.
Leo se fue sin despedirse, como siempre.
El pasillo volvió a quedarse quieto.
No pasaron ni dos minutos cuando se escuchó un clic suave al fondo.
Una puerta abriéndose.
Pasos ligeros, casi sin peso.
Lily.
Llevaba una chaqueta fina encima del maillot y las puntas colgando del cuello por las cintas, deshechas. Tenía el pelo recogido en un moño firme, más impecable que por la mañana, como si hubiera ensayado con disciplina feroz durante horas. Su respiración aún tenía el ritmo acelerado de alguien que no había terminado de dejar atrás la danza.
No miró a Charlie al principio.
Solo caminaba por el pasillo hacia las escaleras, con la mirada perdida en algo que no estaba allí.
Fue el sonido del piano el que la obligó a detenerse.
Un acorde menor, dulce, ligeramente quebrado por una de las teclas desafinadas.
Lily giró apenas la cabeza, un gesto mínimo, como si no quisiera ser descubierta. Charlie siguió tocando, sin saber si ella lo escuchaba o si solo estaba de paso. El pasillo norte tenía esa magia: cualquiera podía ser fantasía durante unos segundos.
Ella no avanzó.
Tampoco retrocedió.
Solo se quedó quieta, respirando.
Charlie notó una presión pequeña en el pecho. No era nerviosismo; era conciencia. Alguien lo escuchaba. Alguien que no solía detenerse por nada.
—Ese fragmento… —dijo Lily al fin, sin moverse— ¿es tuyo?
Charlie tardó en responder.
—Aún no. —Pausa, un acorde suave—. Quizá.
Lily asintió. No sonrió, no dijo nada más.
Pero algo de su postura se aflojó, como si una tensión imperceptible se hubiera derretido un poco.
—Es… —buscó una palabra, sin encontrarla—. Interesante.
Charlie dejó caer las manos sobre el regazo.
—Gracias.
Ella ajustó la chaqueta y volvió a sostener las puntas con una mano. Dio un par de pasos para marcharse. Luego se detuvo de nuevo.
—No sabía que había un piano aquí.
—Es el piano que nadie usa —dijo Charlie, con un hilo de humor en la voz.
—Quizá por eso suena así.
Lily no dijo si era bueno o malo.
Solo eso.
Una frase suspendida como un giro incompleto.
Siguió su camino.
El eco de sus pasos se apagó cuando dobló la esquina.
Charlie volvió a tocar.
Esta vez, la melodía encontró algo que antes le faltaba.
No sabía qué era.
Solo que la pieza respiraba distinto.
Más viva.
Más real.
#4825 en Novela romántica
#355 en Joven Adulto
romanticismo, amor juvenil novela romantica, amor lujuria pasión
Editado: 01.01.2026