La distancia de una nota

Ruido blanco y una melodia en construccion

El estudio de producción siempre tenía la misma mezcla de olores:
cables calientes, goma de auriculares gastados y el rastro dulce del café abandonado en vasos de cartón. Las luces eran bajas, apenas suficientes para iluminar los paneles acústicos que cubrían las paredes como escamas negras. Afuera, la tarde de Nueva York estaba gris, pero allí dentro no había ventanas que lo confirmaran.

Charlie encendió el ordenador, el teclado MIDI y el pequeño panel de mezclas con la precisión de un ritual que repetía tantas veces que ya no pensaba en ello. El zumbido inicial de las máquinas llenó la sala, una especie de respiración mecánica que anunciaba que el mundo se iba a reducir a formas de onda durante un rato.

Abrió el proyecto que había guardado la mañana anterior.
“Día gris — 7:12am”.

El nombre seguía pareciéndole absurdo, pero no sabía cómo llamarlo de otra forma. La progresión del pasillo norte estaba allí, desnuda. Cuatro acordes golpeando despacio. Ningún arreglo. Ninguna letra. Solo una estructura mínima que parecía pedir algo más.

Pulsó el teclado.
El sonido surgió por los monitores con una claridad que no tenía nada que ver con el piano desafinado del pasillo.
Más limpio, más preciso… pero menos vivo.

Hizo una mueca.
Repitió.
Otra vez.

El mismo patrón.
Como si el estudio, por más tecnología que tuviera, no pudiera replicar algo que pertenecía al eco de un pasillo vacío.

Se quitó la sudadera, dejó caer la mochila al lado y se pasó una mano por el pelo.

—Te juro que ayer sonabas mejor —le dijo a la pantalla, como si la melodía pudiera escucharlo.

Hubo un golpe en la puerta.

Leo entró sin esperar respuesta, con un sándwich a medio terminar y una bufanda ridícula con notas musicales bordadas.

—¿De verdad has empezado sin mí? —preguntó, dejándose caer en la silla giratoria—. Qué traición.

Charlie no apartó la vista del teclado.

—No sabía que venías.

—No sabía que venía hasta hace cinco minutos. Mi clase se canceló porque alguien encendió un incienso en el aula y la alarma se volvió loca. Un caos precioso. Como tu proyecto.

Charlie ladeó la cabeza.

—¿Qué tiene de caos?

Leo dio un giro completo en la silla antes de apoyar los codos en la mesa.

—Ese sonido. Tiene… algo. No sé. No lo reconozco.

Charlie frunció el ceño.

—¿Eso es bueno o malo?

—Es… curioso. Como si estuvieras intentando atrapar algo que se mueve más rápido que tú.

Charlie tocó otra vez la progresión.

Leo entrecerró los ojos.

—¿La escribiste aquí?

—No. En el pasillo norte.

—Dios. No me lo digas dos veces o me pongo romántico.

—No es romántico —respondió Charlie, demasiado rápido.

Leo levantó ambas cejas con lentitud, como si acabara de encontrar un secreto.

—No dije nada. Pero ahora tengo dudas muy interesantes.

Charlie rodó los ojos y giró la silla hacia la mesa.

—No es lo que piensas.

Leo sonrió.

—Juro que no pienso nada. Todavía.

Pasaron veinte minutos en los que Leo jugaba con filtros y Charlie intentaba añadir un arpegio que no terminaba de encajar. La melodía parecía empujarlo en direcciones que él no entendía. Como si hubiera sido escrita por alguien más. O para alguien más.

El teléfono vibró.
Un mensaje del profesor Grant recordando la evaluación de composición del viernes.

Charlie lo ignoró.

Se inclinó hacia el teclado MIDI y probó un acorde más abierto, dejando que resonara.
Había algo ahí.
En el silencio entre nota y nota.
Algo que lo llevaba de vuelta al pasillo, al eco, a ese instante en el que sintió ojos sobre su música sin que fuera incómodo.

El pensamiento se formó solo.
No lo invitó.

Ella escuchó esto.

No sabía qué hacer con eso.

Respiró hondo y ajustó un parámetro en la pantalla.

Leo se levantó.

—Voy por un café. ¿Te traigo uno?

—Sí —respondió Charlie sin apartar la mirada del sonido que se repetía—. Con leche.

—¿Con leche? ¿Desde cuándo tomas con leche?

—No sé —dijo él, casi distraído—. Desde hoy.

Leo lo miró como si acabara de descifrar la mitad de un acertijo.

—Vuelvo en cinco minutos.

La puerta se cerró.

Charlie volvió a quedarse solo con la melodía.
Reprodujo el fragmento entero.
Se quedó escuchando, con los ojos cerrados, dejando que el sonido se expandiera en la sala vacía.

Había algo suave, algo contenido, algo que no sabía nombrar.




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