La distancia de una nota

El mismo camino distintas distancias

El día había terminado con una luz extraña sobre Nueva York.
De ese tipo de atardeceres que parecen duda más que final:
ni naranja, ni rosa, ni del todo gris.
Solo un color suspendido entre edificios que empezaban a encender sus primeras ventanas.

Charlie salió del edificio de música con los auriculares colgando del cuello, sin reproducir nada todavía. Sentía la mente ruidosa después de dos horas de teoría y un breve ensayo improvisado que no había ido tan bien como esperaba.
El aire afuera era frío, húmedo, casi pegajoso en la piel.
Un contraste con el calor del campus que siempre lo descolocaba por un rato.

Ajustó la mochila al hombro
y comenzó a caminar.

El cruce peatonal que separaba el edificio de música del de danza estaba lleno de estudiantes yendo y viniendo, pero había un ritmo común: el cansancio.
Pasos arrastrados, bufandas subidas hasta la nariz, conversaciones bajas, risas amargas por las horas interminables.

Fue entonces cuando la vio.

Lily caminaba adelante, quizá cuatro o cinco metros, con el cabello recogido demasiado apretado y algunos mechones escapando por detrás del cuello.
Llevaba las puntas en la mano, sujetas por las cintas, golpeando suavemente contra su muslo a cada paso.
El maillot estaba escondido bajo un jersey ancho, y aun así se notaba la postura perfecta que nunca abandonaba.

Iba con los auriculares puestos.
El mundo exterior parecía existir solo de forma borrosa para ella.

Charlie no aceleró ni frenó.
No cambió nada.
Solo continuó por el mismo camino que ambos tomaban todos los días, sin pensar.

La ciudad seguía.
El vapor escapaba por los respiraderos de la calle, dibujando columnas que se mezclaban con el frío.
Bocinas lejanas.
Un taxi frenando demasiado rápido.
Una pareja discutiendo por una entrada a un espectáculo.
El olor a comida callejera que salía de un carrito estacionado frente al puente peatonal.

Lily no miraba a nadie.
Dibujaba con el dedo algo invisible en la costura del jersey, como si marcara un compás que solo ella podía oír.

Charlie se colocó finalmente los auriculares, pero no puso música.
A veces necesitaba aislarse sin ruido.
Solo un marco para los pensamientos.

Y sin embargo, su mente tenía banda sonora.
Una progresión que ya empezaba a reconocer como suya… pero distinta.
La versión L.

Do – La – Re – Sol.
Una pausa.
Una respiración.
Algo que pedía quedarse.

Los pasos de Lily eran suaves, casi inaudibles sobre el pavimento.
Eso lo sorprendía siempre:
cómo alguien podía ocupar tan poco espacio y aun así llenar tanto.

Cuando llegaron al puente peatonal —ese que siempre tenía viento incluso sin tormenta—, una ráfaga levantó papeles, hojas secas y el bajo murmullo de voces dispersas.
Lily se llevó una mano al moño para evitar que se deshiciera.
Charlie apretó más su abrigo.

Ella nunca volvió la cabeza, pero hubo un segundo —mínimo, casi imaginado— en el que pareció aflojar el ritmo, como si escuchara algo más allá de la música dentro de sus auriculares.
Un instinto.
Una vibración.

Tal vez solo era el viento.

Cruzaron el puente.
Cada uno con su distancia.
Cada uno con su mundo.
Y aun así, compartiendo un trayecto que no habían coordinado jamás.

En el semáforo siguiente, Lily dobló hacia la residencia de danza.
Él siguió recto hacia la suya, que quedaba un poco más lejos.

El cruce se los tragó como si nada.

Charlie se quitó los auriculares.
Los sostuvo un instante en la mano.

No sabía por qué, pero la melodía de la tarde ya había cambiado.

El aire sonaba distinto.
Más lleno.
O quizá más claro.

Y antes de darse cuenta, tarareó muy bajo la línea vocal que había improvisado en el estudio horas atrás.

Por primera vez, no le pareció un sonido solitario.
Había algo acompañándolo.
Un eco casi imperceptible.

La ciudad, tal vez.
El viento.
O el paso de alguien unos metros por delante, que no lo había visto, pero había marcado el compás de su día sin querer.




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