La distancia de una nota

Voces que no siempre salen

La evaluación de composición era siempre igual, aunque nadie lo admitiera: una mezcla de tensión, silencio incómodo y demasiadas expectativas para una sala tan pequeña.
El auditorio auxiliar tenía olor a barniz viejo y bancos rectos que crujían cada vez que alguien se movía.

Charlie llegó con el teclado bajo el brazo y el portátil en la mochila. No esperaba un gran momento. Solo quería entender por qué su melodía no terminaba de abrirse, como si ocultara algo que él no sabía tocar.

Leo ya estaba allí, caminando de un lado a otro, murmurando cosas que solo él entendía.

—Voy a vomitar —anunció sin ningún dramatismo—. No literalmente, pero mi alma quizá sí.

Charlie dejó su mochila en una silla.

—No es para tanto.

—¿No es para tanto? —Leo se llevó una mano al pecho—. Presentar una pieza incompleta ante Grant es como leer poesía frente a un juez que odia las metáforas.

Charlie suspiró.
Leo había ensayado una pieza rítmica, llena de percusiones digitales y capas de sintetizador. La había escuchado un par de veces y sabía que estaba bien, mejor que muchas. Pero Leo nunca terminaba de creérselo.

—Relájate —dijo Charlie—. Sueles sorprenderlo.

—Sí, pero esta vez me siento como un piano sin teclas. Inútil.

Charlie sonrió.

—¿Quieres cambiar? Yo presento la tuya, tú la mía.

—¿Y revelar al mundo que tengo talento? Ni de broma.

La puerta se cerró y el profesor Grant entró con una carpeta gruesa bajo el brazo.

—Empezaremos por orden de inscripción —anunció—. Señor Collins.

Leo tragó saliva.
—Ese soy yo. Perfecto. Qué maravilla.

Subió al frente mientras Charlie se apoyaba en el respaldo de la silla, preparado para escuchar.
Leo tocó.
Y aunque su pie temblaba y una entrada llegó medio segundo tarde, la pieza tenía algo cálido, algo que hacía que uno quisiera escucharla de nuevo.

Grant tomó notas sin cambiar su expresión pétrea.

—Interesante… —dijo al final.
Leo casi se desplomó de alivio.

Luego fue el turno de otros alumnos.
Un par de composiciones clásicas, una electrónica demasiado ruidosa, una balada bonita pero incompleta.
Charlie escuchaba todo, pero sentía un cosquilleo inquieto detrás del pecho.
Su turno se acercaba demasiado rápido.

—Charles Miller—llamó Grant.

Charlie se levantó.
El teclado estaba frío bajo sus dedos.
Abrió el proyecto.
Respiró hondo.

Do — La — Re — Sol.
La progresión llenó la sala, suave, contenida.
Un sonido que parecía flotar en un borde, sin decidir si quería avanzar o quedarse donde estaba.

La línea vocal que añadió el día anterior entró después, apenas un murmullo convertido en instrumento.
Una voz sin palabras.

La sala se quedó más silenciosa de lo normal.
Incluso Leo dejó de moverse.

Cuando terminó, Grant no habló durante varios segundos.

Charlie sintió que el corazón le golpeaba las costillas.

—Tiene intención —dijo al fin el profesor—. Pero no está encontrando su dirección.
Miró a Charlie por encima de las gafas.
—Es como si la pieza supiera lo que quiere decir pero… usted aún no.

Charlie bajó la mirada.

—Trabaje la línea melódica. Hay una voz ahí dentro que todavía no está saliendo.

No sabía si era un elogio o una sentencia.

Regresó a su asiento con la sensación de haber expuesto más de lo que quería.

Después de la evaluación, la sala se fue vaciando con rapidez.
La gente hablaba en grupos pequeños, comparaba críticas, exageraba elogios, reía para disimular nervios.

Leo reapareció con dos refrescos en la mano.
Le ofreció uno.

—Para sobrevivir al trauma —dijo.

Charlie lo aceptó.

—No fue trauma.

—Para mí sí. Estuve a nada de llorar en formato arpegio.

Charlie dejó escapar una risa corta.

Se sentaron en las escaleras del edificio.
La tarde caía despacio, dejando una luz azulada que hacía el campus parecer otro lugar.
Un lugar más quieto, más honesto.

Leo bebió un sorbo.

—¿Sabes qué es lo peor? —preguntó—. Cuando sientes que lo estás dando todo y aun así parece que falta algo… algo que no sabes encontrar.

Charlie se quedó mirando sus manos.

—Sí. Lo sé.

Leo lo observó de reojo.

—La tuya tiene… no sé. Una grieta bonita. Como si estuviera a punto de romperse en algo más grande.

Charlie no respondió.
No porque no quisiera, sino porque no sabía cómo.

En ese momento, una figura cruzó el pasillo, visible a través de la puerta de cristal.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.