El correo llegó a mitad de mañana, cuando Charlie estaba fingiendo tomar apuntes en clase de teoría pero en realidad dibujaba pequeños rectángulos en el margen del cuaderno, como si fueran compases vacíos esperando notas.
Asunto: Necesitamos un pianista. Hoy.
Remitente: Grant, Departamento de Música.
Frunció el ceño y abrió el mensaje.
Miller,
el pianista asignado para el ensayo de la obra de invierno en danza se ha puesto enfermo. Han llamado pidiendo sustituto urgente. He pensado en ti. Es solo el ensayo de hoy.
Sala de danza principal. 17:00.
No llegues tarde.
Debajo, una línea más corta:
Considéralo práctica real de acompañamiento. Y una buena oportunidad de escuchar cómo respira tu música con cuerpos en movimiento.
Charlie se recostó en la silla.
El bolígrafo se quedó suspendido entre sus dedos.
No era la primera vez que acompañaba algo, pero nunca una obra grande del campus. Y desde luego, nunca un ensayo de danza clásica.
Lo imaginó lleno de espejos, cuerpos largos, correcciones estrictas y un silencio raro, distinto al de las aulas de música.
Leo le dio un codazo suave.
—¿Te han escrito una carta de amor o qué?
—Es Grant —murmuró Charlie—. Quieren que cubra al pianista de danza esta tarde.
—Oh, el glamour —susurró Leo, volviendo dramatismo con los ojos—. Ballerinas, sudor y exigencia. Suena brutal.
—Es solo un ensayo —dijo Charlie, más para sí que para él.
Pero la frase no lo convenció del todo.
La sala principal de danza era más grande de lo que imaginaba.
El techo alto, las paredes enteras de espejo y una línea de barras que corría de extremo a extremo como un subrayado. El suelo, de madera clara, tenía marcas casi invisibles de años de puntas, saltos y caídas controladas.
Había olor a resina, a desodorante barato mezclado con perfumes ligeros, y a esa cosa indefinible que deja el esfuerzo: una mezcla de calor humano y aire frío que entra por la puerta cada vez que alguien llega tarde.
El piano estaba colocado en una esquina, cerca del espejo, orientado hacia el centro de la sala. No era un gran cola, pero tampoco un simple vertical. Algo intermedio. Suficiente.
Charlie llegó unos minutos antes de las cinco, con la partitura que le había enviado Grant impresa y doblada por la mitad. Era una selección de fragmentos de Tchaikovsky y un par de adaptaciones modernas para la misma escena. Nada que no pudiera tocar. En teoría.
El coreógrafo —un hombre alto, delgado, con barba corta y jersey negro ajustado— se acercó a él.
—¿Miller, verdad?
—Sí.
—Gracias por venir. El titular está hecho polvo. Para hoy solo necesito que sigas estas marcaciones. —Le señaló el papel con el dedo, sin demasiadas palabras más—. Tiempo estable, sin acelerarte. Ellos ya están cansados.
Se giró antes de que Charlie pudiera responder.
—¡Calentamiento en barra! —gritó al grupo—. No quiero héroes, quiero precisión.
Una docena larga de bailarines se alineó frente a las barras.
Entre ellos, Lily.
Llevaba el maillot negro y unas mallas de abrigo grises, las piernas ya ligeramente rojas por el frío que aún no había desaparecido del todo. El moño estaba impecable, las puntas bien atadas, cintas cruzadas como si fueran parte de ella.
No lo vio, al menos al principio.
Estaba concentrada en ajustar la cadera, en mover los tobillos, en probar el peso de su propio cuerpo antes de que el ensayo empezara de verdad.
Charlie se sentó al piano.
Probó un acorde.
Luego otro.
El sonido llenó la sala con una calidez distinta a la de los monitores del estudio.
Aquí no había cables ni ondas digitales.
Solo madera, aire, músculos.
El coreógrafo levantó la mano.
—Barra básica. Comenzamos.
Charlie arrancó con los primeros compases indicados en la partitura.
Los movimientos en la barra comenzaron a la vez: pliés, relevés, tendus que parecían más fáciles de lo que eran.
Los pies de Lily se movían con una precisión casi dolorosa.
El cuerpo sabía la secuencia mejor que la mente.
Y cada vez que la música giraba, ella giraba con ella.
Durante un rato, Charlie dejó de pensar en sí mismo.
Era solo canal.
Sus dedos seguían las indicaciones, pero también a los cuerpos. Observaba de reojo cómo el movimiento cambiaba cuando él marcaba más el pulso, cómo una respiración colectiva se sincronizaba con el final de cada frase.
No era su melodía.
No era la versión L.
Pero algo de esa sensación volvía.
Música que alguien escuchaba con el cuerpo entero.
Después de unos veinte minutos, el coreógrafo aplaudió una vez.
—Suficiente barra. Centro. Pasamos al fragmento del acto segundo.
La energía cambió.
Los bailarines se separaron en grupos.
Algunos bromeaban entre sí, otros se estiraban en silencio.
Lily se quedó un segundo de más junto a la barra, aflojando las puntas. Su respiración era más profunda, pero no sonaba vencida.
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Editado: 01.01.2026