La distancia de una nota

Versiones que respiran distinto

La noche cayó antes de que Charlie pudiera decidir si tenía hambre, sueño o simplemente demasiados pensamientos encima. El ensayo de la obra de invierno le había dejado una sensación rara en el pecho, como si hubiera ocurrido algo importante… pero demasiado silencioso para entenderlo.

Lo único que sí sabía era que no podía irse a dormir sin abrir el proyecto de la versión L.

La sala de producción estaba medio vacía cuando llegó.
Luces frías.
El olor leve a electricidad y café recalentado.
Un par de estudiantes saliendo mientras se quejaban del frío del pasillo.

Charlie se sentó en su mesa habitual, encendió el ordenador, conectó el teclado MIDI y abrió el archivo:

“Día gris — versión L”.
Guardado hacía apenas veinticuatro horas.

Le dio al play.

La progresión sonó como siempre:
suave, contenida, indecisa.
Pero él ya no la escuchaba igual.
No después de verla moverse al compás de una música que no era esa, pero que tenía la misma respiración.

Charlie apoyó los codos en la mesa y cerró los ojos.

El ensayo repetía escenas en su cabeza:
el giro ligeramente descompensado,
el silencio antes del salto,
la forma en que Lily sostenía el equilibrio como si necesitara pedirle permiso a la gravedad.

Y él ahí, acompañando sin entender del todo por qué tenía ganas de repetir una nota más larga de lo escrito.

Suspiró y abrió un nuevo canal en el proyecto.

—A ver si ahora sí —murmuró.

Tocó un fragmento.
Luego lo ajustó.
Probó una textura sintética, muy suave, apenas una sombra detrás del piano.
La quitó.
La volvió a poner.

Nada terminaba de encajar.
Pero algo sí buscaba encajar.

Se inclinó hacia adelante, tocando un motivo rápido, casi un susurro de tres notas que imitaban un pequeño giro.
Lo había visto en ella.
Esa secuencia exacta.
Ese instante entre un paso y otro donde todo parece equilibrio y caída al mismo tiempo.

Grabó el motivo.
Lo colocó debajo de la progresión.

Lo escuchó.

Se quedó quieto.

No era una melodía completa.
Tampoco una idea clara.
Pero había una dirección que antes no existía.
Una vibración distinta, como si por fin la pieza estuviera señalando hacia algún lugar.

Su teléfono vibró.
Mensaje de Leo.

“¿Sigues vivo o te secuestraron las bailarinas?”

Charlie respondió sin pensar demasiado:

“En el estudio. No sé qué estoy haciendo.”

Tres segundos después llegó la respuesta:

“Eso significa que estás creando. No te asustes.”

Charlie sonrió mínimamente.

—Idiota —murmuró, pero con cariño.

Volvió al proyecto.
Subió el volumen a la línea vocal que había grabado la semana anterior.
La escuchó mezclada con el nuevo motivo.
Algo se tensó, pero en el buen sentido.

Por primera vez, la versión L no sonaba como algo roto.
Sonaba como algo a punto.

Guardó la nueva edición:

“Versión L — 3.1”

Apoyó la cabeza en el respaldo de la silla y dejó que el cuerpo se relajara un poco.

No sabía qué estaba haciendo.
No sabía si tenía sentido.
Pero sí sabía que había una conexión entre lo que había tocado en el ensayo y lo que estaba creando ahora.

Una conexión que no entendía.
Una conexión que probablemente no quería entender demasiado pronto.

Miró la hora.
Demasiado tarde para seguir.
Demasiado temprano para dejarlo.

Cuando cerró el proyecto, se quedó en silencio un minuto entero.

La sala respiraba.
Él también.

La melodía, por primera vez, parecía querer existir.

Y no sabía si era por ella.
Pero tampoco podía negar que, desde que la vio girar en el centro de la sala,
todo lo que tocaba sonaba un poco más vivo.




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