La distancia de una nota

Repeticiones que acercan

El día siguiente amaneció más frío.
No un frío dramático, sino ese que se cuela bajo la ropa y obliga a encoger los hombros sin darse cuenta.
Charlie llegó al edificio de danza cargando su mochila, convencido de que solo estaba allí para devolver una partitura.

Pero al cruzar el pasillo principal, el coreógrafo —el hombre del jersey negro que nunca sonreía del todo— lo vio y levantó la mano.

—Miller.
Su tono era neutral, pero frenaba en seco.

Charlie se detuvo.

—¿Sí?

—El pianista titular sigue enfermo. —Se cruzó de brazos—. ¿Puedes cubrir también hoy?

Un breve silencio.
Charlie tragó saliva.
El recuerdo del ensayo anterior volvió como un eco: Lily girando, la música respirando con ella, el pequeño instante en el que ambos parecieron sincronizarse sin querer.

—Claro —respondió.

El coreógrafo asintió como si esa respuesta fuera obvia desde el principio.

—Empezamos en cinco minutos.

Charlie entró a la sala.
El calor alcanzó sus mejillas de inmediato.
La humedad, el sonido suave de las puntas golpeando madera, los murmullos cansados… todo parecía repetir el día anterior, pero con un matiz distinto.
Más familiar.

Cuando se sentó al piano y probó un acorde, Lily levantó la vista desde el centro de la sala.

—¿Hoy también? —preguntó, sin sorpresa real.

—Eso parece.

Ella asintió, sin la sonrisa amable del día anterior, pero con un reconocimiento que no había existido antes.
Un gesto pequeño, pero real:
ya no era un extraño.

El calentamiento comenzó con movimientos lentos, precisos.
Charlie tocaba casi en piloto automático, pero con la misma atención de siempre al movimiento.
Notó que Lily tenía el tobillo un poco más rígido.
Ella no cojeaba, pero su peso caía distinto.
Más contenido.
Más prudente.

El coreógrafo lo notó también.

—Lily, no bloquees la articulación. Quiero fluidez, no miedo.

—No tengo miedo —respondió ella, tranquila.

—Pues dímelo con el pie.

Charlie tocó un fragmento suave mientras ella repetía el relevé.
El segundo intento fue mejor, pero él podía sentir la tensión en el cuarto compás.

Pasaron a la secuencia del acto segundo.
La misma en la que Charlie ya había tocado el día anterior.
Esta vez, el silencio antes de que arrancara la música se sintió distinto.
Menos expectación tensa.
Más… hábito.

El coreógrafo levantó la mano.

—Compás doce, Miller. Igual que ayer.

Charlie asintió.

Cuando comenzó a tocar, algo encajó donde no había encajado el día anterior:
el tempo.
La respiración de ella.
La previsión del movimiento.

Era como conducir por una carretera que ya había recorrido antes.

Lily comenzó la secuencia.
Charlie detectó el instante en el que ella tomaba aire para el giro, el milisegundo previo al plié profundo, la forma en que flexionaba los dedos del pie justo antes de extender la pierna.

El coreógrafo levantó una ceja.

—Hoy estáis más juntos.
Miró a Lily.
—Mantén eso.

Ella no respondió.
Pero la forma en la que ejecutó el siguiente movimiento lo dijo todo.

En la pausa, Charlie se estiró las manos y bebió agua.
Lily se acercó a la barra, estiró gemelos, flexionó tobillos con cuidado.

—¿Puedo preguntarte una cosa? —dijo ella, sin mirarlo directamente.

Charlie se giró.

—Claro.

—¿Cómo sabes dónde respirar?
Formuló la pregunta con el ceño ligeramente fruncido, como si ella misma no entendiera por qué la hacía.

Charlie tardó un segundo en entender.

—¿En la música?

Ella asintió.

—No lo sé. —Se encogió de hombros—. Supongo que… escucho cómo te mueves.

Lily se quedó quieta.
Ese tipo de respuesta no era común en un campus donde todo se explicaba técnicamente, con cuentas, con precisión mecánica.

—¿Escuchas eso? —preguntó.

—Un poco —admitió él.

Ella miró al suelo.
Luego al espejo.
Luego al piano.

—Eso ayuda —dijo simplemente.

No sonrió.
No hizo ningún gesto suave.
Pero sus palabras tenían algo menos hermético que días atrás.

El coreógrafo aplaudió una vez.

—Volvemos. No os durmáis.

Lily dio un paso hacia el centro.
Antes de alejarse, dijo:

—Gracias por venir otra vez.

Charlie no supo qué responder.

Ella no esperó.

El resto del ensayo fue una repetición con variaciones.
Ella mejoró.
Él tocó más seguro.
El coreógrafo se frustró y luego se calmó.
Un bailarín casi se cae.
Otro dijo un chiste bajo que arrancó risas ahogadas.
Las luces de la sala parpadearon una vez, como siempre a esa hora.




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